The Objective
Andreu Jaume

Las raíces del odio

«Es el sentimiento de alteridad que la modernidad fomenta, unido a la igualdad total de la masa, lo que produce el odio gregario que caracteriza a nuestra era»

Opinión
Las raíces del odio

Imagen generada con IA.

Más allá de su intrínseca puerilidad institucional, la herramienta que el Gobierno ha presentado estos días para tratar de controlar el odio en la esfera digital invita a pensar en un sentimiento que sintomáticamente es característico de la modernidad. La revolución tecnológica ha servido como metal conductor de una forma de separación que se hizo hegemónica en cuanto entró en crisis la idea de verdad común y tradicional, propiciando la emergencia de una nueva individualidad que a partir de entonces se caracterizó por la alteridad, en contraposición al principio de identidad que había regido en la Antigüedad. Recordemos por ejemplo el tremendo grabado de Goya titulado Murió la verdad, perteneciente a los Desastres de la guerra. En la estampa se representa el entierro de una mujer joven que, sin embargo, irradia una luz cegadora. Un obispo preside el sepelio mientras a la izquierda la Justicia con la balanza se cubre el rostro y a la derecha unos encapuchados tiran paladas de tierra sobre el cadáver de la verdad. Y al fondo se arremolina ya la masa que el pintor fue el primero en detectar, esa masa en la que, al decir de Canetti, «reina una igualdad absoluta e indiscutible».

Y es justamente el sentimiento de alteridad que la modernidad fomenta, unido a esa igualdad total de la masa, lo que produce el odio gregario que caracteriza a nuestra era y que no es, sino otra muestra del nihilismo imperante. ¿Pero de qué está hecho ahora este odio que utiliza máscaras ideológicas y religiosas sin fundamento? ¿No es una réplica, aún más vacía, de los totalitarismos del siglo pasado? ¿Y cuál es exactamente su mecanismo? En Otelo, Shakespeare indagó en el odio ciego como nunca antes se había hecho. Yago odia al moro sin convicción y solo por el gusto de odiarlo. Por ello, cuando se confiesa a sí mismo su sentimiento, dice: «I hate the moor, / And it is thought abroad that ‘twixt my sheets / he has done my office: I know not if’t be true, / but I, for mere suspicion in that kind, / will do as if for surety» («Odio al moro, / y se dice por ahí que entre mis sábanas/ ha ocupado mi puesto: / no sé si es verdad, / pero yo, por mera sospecha de ese tipo, / actuaré como si lo fuera». 

Yago recoge un rumor que culpa a Otelo —a su raza, en el fondo— de haberse acostado con su mujer, pero él mismo sabe que es improbable, aunque para el caso da lo mismo porque él decide actuar como si fuera verdad. Es decir, lo importante en su forma de odiar no es el objeto, sino el vacío que se abre a causa de ese objeto imaginario y que él llenará con su acción maléfica, instilando en la imaginación de su amo el fantasma de la infidelidad de Desdémona, otro vacío que Otelo llenará a su vez con su propio odio. Yago se convierte así en el dramaturgo dentro de la obra que orquesta una tragedia de individuos cegados por sí mismos que avanzan en un mundo de pronto sin posibilidad de confianza ni afirmación. Cuando «la bestia de las dos espaldas» del ficticio adulterio de Desdémona con Casio se apodera de la imaginación moral de Otelo, por lo demás muy limitada, de pronto el espacio compartido y seguro que antes era el mundo se transforma en un infierno para siempre escindido. ¿Y por qué? Porque no hay ninguna razón. Al final, Emilia, doncella de Desdémona y esposa de Yago, al descubrir la diabólica trama, le pregunta a su marido por qué ha causado todo aquel mal y el locuaz Yago no es capaz de articular ni una sola palabra. Su silencio es la prueba definitiva y ominosa acerca del sinsentido de su odio.

Si nos vamos a las lenguas de los muertos, que siempre conservan una forma desaparecida de ser, nos encontramos con que, por ejemplo, en hebreo bíblico, el verbo odiar, «sane» («שָׂנֵא»), no significa propiamente odiar en términos modernos, sino más bien «evitar, rehuir, apartarse». El pictograma del que descienden las letras hebreas del verbo remite a una imagen de una espina que es a la vez semilla y que, por tanto, representa un mal que está enraizado y que es necesario evitar. El odio premoderno suponía un mundo compartido y común en el que destacaba por encima de todo la pertenencia de unos y otros a una misma naturaleza, así como la necesidad de afianzarse en lo verdadero. Solo así se entiende que Jesús, en el Evangelio de Lucas (14:26), diga: «Si aquel que viene conmigo no odia a su padre, a su madre, a su esposa, a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, y aun a su propia alma, entonces no puede ser mi discípulo».

En el griego evangélico, para odiar se utiliza el verbo «miseo», pero es evidente que Jesús habla en un mundo de sobreentendidos hebreos y que, por tanto, no se está refiriendo a odiar al modo de Yago, sino solo a «amar menos», a una cuestión de preferencia y desapego de lo más cercano y tribal para seguir el ejemplo de alguien que representa a toda la humanidad, por encima de la procedencia y el linaje. De la misma manera, cuando San Pablo recuerda (Romanos 9:13) que Dios «amó a Jacob y odió a Esaú», en realidad está hablando del derecho de Dios a escoger, sin que ello implique la condena de nadie. Se trata, por tanto, de una cuestión de identidad y no de alteridad en un mundo que todavía se rige por significados universales. Ahí el odio aún no representaba una separación total ni tampoco denotaba esa forma de igualdad constitutiva de la masa donde ya no puede haber elegidos y donde cada vez es más difícil que uno abandone su resentimiento tribal. 

Las modernas democracias se fundan en un pacto que diluye toda diferencia natural en una igualdad legal que paradójicamente ha ido propiciando con el tiempo un sentimiento cada vez más violento de angustia y extrañeza, de horror vacui existencial, espectro a su vez de una identidad absoluta y perdida. Ante esa situación, agravada por la constante producción informativa de los medios de comunicación, que tienden a uniformizar el mundo en una incesante cinta de catástrofes, el sujeto —los restos de lo que fue un yo— reacciona con el mecanismo del odio como única forma de afirmación e indiferenciación, emboscándose mediante una jerga tribal que, hoy como ayer, ha sido la principal arma arrojadiza del odiador profesional. La revolución tecnológica ha creado el espacio idóneo para esta perfecta forma de odio anónimo que sabotea sin descanso cualquier idea de comunidad o de bien común, obligando a la masa a organizarse en diversos frentes populares que reaccionan como cardúmenes al grito de consignas cada vez más primarias. El hater de empresas y partidos es ahora un Yago virtualizado al infinito que susurra al oído del votante la diaria perversidad que su imaginación necesita para sobrevivir sin necesidad de hacer nada público. 

Ello explicaría, en buena medida, la progresiva desaparición de la conciencia cívica y de la protesta social. La ciudadanía asiste cada día con creciente apatía a la devastación política de su mundo, en España lo mismo que en Inglaterra, Rusia o Estados Unidos, porque de alguna manera siente que ya no hay nada que hacer y que lo mejor es cuidar de su bolsillo y poner en casa puertas blindadas y contraventanas. Por eso el odio se ha convertido en el más potente narcótico de una sociedad que ya no alberga ninguna esperanza, ni individual ni colectiva, más allá del sueño de destruir un día a un enemigo ubicuo y en el fondo invencible porque está enraizado en uno mismo.

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