The Objective
Anna Grau

Sánchez pone el «no a la guerra» y tú la pasta

«Engordamos una industria política desmesurada que no solo no se justifica por los servicios que ofrece, sino que devora los recursos necesarios para brindarlos»

Opinión
Sánchez pone el «no a la guerra» y tú la pasta

Ilustración de Alejandra Svriz.

Lo ha vuelto a hacer. Ha vuelto a liar a todo el mundo. Pedro Sánchez no tiene presupuestos, no tiene mayoría y hasta en la minoría que sí tiene, le crecen los enanos. Pero ha vuelto a liar a todo el mundo. A deslumbrarnos como conejos ante los faros de un coche con la promesa de «regalarnos» 5.000 millones de euros para capear al temporal del ‘no a la guerra’. Le ha salido redondo: él pone la propaganda y tú la pasta y todo lo demás.

Esos 5.000 millones que promete —que ya veremos si pasan el corte del Congreso— salen de nuestros faraónicos impuestos. Del lomo de los autónomos españoles, los más diezmados de toda Europa. De los impuestos de la luz, que son una salvajada y que se deberían haber bajado mucho antes, sobre todo cuando quedó patente que el sueño de las renovables produce monstruos (apagones) si nadie se molesta en invertir en la red eléctrica ni le da la gana reconocer que cerrar las nucleares era un suicidio. Igual que es un suicidio tanto impuesto a los carburantes.

¿Queda o no queda claro al fin que la fiscalidad desbocada es una máquina de fabricar inflación? Si Hacienda puede ajustarse el cinturón, es porque le venía ancho, muy ancho, recaudando hasta la demencia mientras las familias sudan para llegar a final de mes, llenar la cesta de la compra o pagar un alquiler decente. De los ya mencionados autónomos y de las pymes, ni hablamos.

Si fueran en serio, deberían hacer mucho más. Deflactar el IRPF. Bajar el IVA de los alimentos. Ajustar los impuestos a la realidad económica de la gente. No un ratito, no unos meses, no de quita y pon. Permanentemente. Tendrían que dejarnos auditar el contrato social en virtud del cual pagamos y pagamos y pagamos… a cambio de nada. A cambio de que cuando has acabado de cotizar no te quede un duro y dependas de lo que te quieran devolver (o no) vía paguita.

Si por lo menos te quedara el consuelo de que con eso se sufragan buenos servicios, que el Estado del Bienestar funciona. A mí casi me da un pasmo cuando oí al presidente del Gobierno ponerse estupendo y afirmar que este parachoques (que no escudo…) social «nos va a costar 5.000 millones de euros que podíamos destinar a becas, Sanidad y dependencia y que tendremos que usar para proteger al campo, a la industria y a las pymes. Cuando se habla de guerras y hay responsables políticos que no rechazan claramente la guerra, deben saber el coste de esta guerra. Estoy muy enfadado con la situación. Cada euro de este plan sale del esfuerzo de los contribuyentes y calculamos que con todas estas medidas se beneficiará a 20 millones de hogares y tres millones de empresas».

¿Cabe mayor monumento a la mala fe? ¿Desde cuándo la parte del león de nuestros impuestos va a becas, a Sanidad, a dependencia? ¿Cuánto han tenido que esperar los enfermos de ELA para que les empiecen a dar las primeras, rácanas ayudas, que hace tiempo se aprobaron por ley? ¿A Andalucía ahora mismo se llega antes en AVE o en burro? ¿Por qué están en huelga día sí, día también, los sanitarios y los maestros?

Ha tenido que ser en Cataluña donde la Síndica de Greuges (equivalente autonómico del Defensor del Pueblo) intente poner pie en pared con un informe proclamando que el emperador está desnudo. Este informe puntúa con un cero patatero la eficiencia de la Administración catalana (la que impone más presión fiscal de toda España, con centenares de cargos puestos a dedo que cobran más que el presidente del gobierno nacional) en casi todo: listas de espera sanitarias, educación por los suelos, vivienda inasumible, inseguridad… y de movilidad, para qué hablar. Rodalies sigue siendo el infierno en la tierra.

Puntualiza y matiza la Síndica que el desastre no es coyuntural, es estructural; es decir, que viene de lejos. Semejante informe, que se ha hecho en Cataluña, pero se lo podrían aplicar en muchas otras partes de España, no dice nada que los ciudadanos no sepamos. Los políticos también lo saben, aunque no están acostumbrados a que se lo restrieguen por la cara. No les gusta que les recuerden que si fuesen amas de casa su familia no llegaría a final de mes; y si fuesen empresarios, les echarían o acabarían en la cárcel. Por mala gestión.

Pero es verdad que el tema viene de lejos. Sin duda, la socialdemocracia, el Estado del bienestar, fueron grandes inventos, poderosos escudos frente a las sangrantes desigualdades de la era preindustrial. Valía y vale la pena pagar impuestos para tener un mundo mejor, más seguro, más próspero y mejor repartido. ¡Ay!, pero hace demasiado tiempo que el remedio viene siendo peor que la enfermedad. Que engordamos y engordamos una industria política desmesurada que no solo no se justifica por los servicios que ofrece, sino que devora los recursos necesarios para brindarlos. Cada vez pagamos a más gente por hacer peor su trabajo institucional.

Hace tiempo que pienso que la próxima revolución, de haberla, no será entre los de derechas y los de izquierdas, ni siquiera entre ricos y pobres: será entre los que mantenemos a la Administración y los mantenidos por ella. Solo una ingente propaganda que es casi lavado de cerebro explica que no haya ya mucha más gente que se dé cuenta de que esto no es escudo ni es contrato social; esto es un atraco. Déjenme decirle que no sé qué me da más miedo. Si lo que pasa por no querer darnos cuenta… o lo que puede llegar a pasar el día que sí.

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