The Objective
Gabriel Tortella

Sí a la guerra

«Lo inteligente sería aprovechar el atolladero en que se ha metido el amigo americano para resolver la discordancia entre dos aliados naturales, Europa y EEUU»

Opinión
Sí a la guerra

Imagen generada con IA.

Ha llegado el momento. Europa no debe perder la ocasión. Este ser extraño que, gracias a ser presidente de Estados Unidos, es el hombre más poderoso del mundo, se ha metido él casi solito, pero inducido por las malas compañías (léase: Benjamín Netanyahu), en un callejón sin salida de esos en que, para repetir una frase manida, se sabe cómo se entra, pero no cómo se sale (o cuándo). Es una gran ocasión para Europa.

La ventaja de ser imprevisible es que permite pillar al adversario desprevenido; pero presenta el problema de que a veces es el mismo sujeto el que, tratando de ser imprevisible, se sorprende a sí mismo. Trump cree que a él le ha dado muy buen resultado ser imprevisible; no sabemos si tiene razón, porque su historia empresarial está lejos de ser un éxito indiscutible; en todo caso, él cree que sí le ha dado buen resultado y se dedica a dar sorpresitas tanto a amigos como a contrincantes (si es que él es capaz de distinguir entre unos y otros).

Por otra parte, es muy difícil empezar una guerra totalmente por sorpresa, porque una ofensiva no se puede improvisar, y menos si las operaciones van a tener lugar a miles de kilómetros de distancia. Para llevar a cabo un ataque se necesita movilizar un ejército, y esto requiere tiempo; además, la movilización de un ejército es prácticamente imposible de ocultar. Se puede sorprender al enemigo con un bombardeo aéreo inesperado, porque para esto no se necesita previo movimiento de tropas y material; así ocurrió el pasado mes de junio, en que Estados Unidos, con apoyo israelí, bombardeó una serie de emplazamientos en Irán donde se sabía o sospechaba que se estaba trabajando en la fabricación de bombas atómicas. Pero esto es lo que se llama una operación o intervención quirúrgica, sin pretensión de afectar al gobierno del país, a diferencia de lo que ocurre en la guerra recientemente iniciada en Irán. 

Es posible que, pese a todo, en su anterior ataque, el que llevó a cabo contra Maduro en Venezuela, a Trump le funcionara la agresión (o golpe de mano) por sorpresa, porque llevaba tiempo amagando con acciones contra lanchas portadoras de drogas y haciendo ver que su objetivo era el tráfico de estupefacientes, no el Gobierno chavista per se.

Pero en el segundo caso, en la guerra contra el régimen tiránico y teocrático iraní, la única sorpresa radicó en cuándo y cómo se llevaría a cabo la acometida; pero que esta iba a tener lugar parecía fuera de toda duda. La consecuencia de esta previsibilidad es que, mientras el ejército estadounidense se colocaba en posición de ataque, los iraníes sin duda estaban preparando su defensa, poniendo a sus tropas en situación de alerta y colocando en puntos apropiados y lo más protegidos posible los misiles con los cuales están sembrando el terror en todo el Oriente Próximo.

El resultado de esta media sorpresa es que se pilló desprevenida a toda la plana mayor del Gobierno iraní, que dio muestra de una estulticia realmente asombrosa reuniéndose en pleno en un local conocido, conspicuo y altamente vulnerable, lo que permitió el descabezamiento del Gobierno y todo el alto mando político iraní en una acometida muy efectiva por parte de israelíes y americanos. Probablemente, en cambio, el alto mando militar iraní no estuviera convocado a esa desventurada reunión política, lo cual explicaría la relativa efectividad con que está resistiendo el ejército persa, para sorpresa, y no precisamente agradable, de Donald Trump.

Y ahora resulta, en efecto, que la imprevisibilidad de Trump se ha vuelto en contra suya. Estos malditos iraníes no se rinden y la guerra está provocando, entre otras muchas cosas, un alza del precio del petróleo, lo cual tiene pésimas repercusiones en el ánimo del ciudadano medio de Estados Unidos, que ya no era muy partidario de la guerra contra Irán antes de que esta se iniciara y que amenaza ahora con estar muy enfadado a la hora de votar en las elecciones, parciales pero decisivas, del próximo noviembre. Trump está asustado y molesto ante esta perspectiva porque teme que, si las elecciones favorecen a los demócratas, como todo parece indicar, los dos últimos años de su mandato van a ser para él un calvario, por haberse convertido en la personificación del proverbial «pato cojo», habiendo perdido el control del Parlamento e incluso, lo que es aún peor, el control de su propio partido.

Para paliar la gravedad de la situación en que se ha metido, Trump necesita urgentemente detener el alza del precio del petróleo, y una manera de conseguirlo es garantizando el paso de barcos petroleros por el estrecho de Ormuz, cuya orilla norte es, sin embargo, el propio Irán, que, naturalmente, lo controla de manera casi total. Es difícil ver cómo podría impedirse que este país, aunque acorralado, siga cerrando el paso de barcos por el estrecho que es casi un mar interior suyo.

El caso es que Trump, con su falta de previsión, su confusión mental y su fanfarronería, ahora, después de un año largo deprecando a sus socios (o exsocios) europeos, quiere que le ayuden a desatascar el estrecho de Ormuz. La reacción europea, a mi modo de ver, está siendo conservadora y miope: le han respondido que no quieren involucrarse en un conflicto que no es el suyo (de ellos). Cierto, y la negativa no es injustificada; pero sí es falta de visión. Lo inteligente sería aprovechar el atolladero en que se ha metido el amigo americano para resolver la actual discordancia entre dos aliados naturales, Europa y los Estados Unidos. El ‘no a la guerra’ equivale a ahondar la distancia entre Trump y sus aliados europeos, y en gran parte justifica sus críticas.

En otras palabras, Europa tiene hoy una situación ideal para conseguir que la América de Trump vuelva a ser un aliado verdadero de Europa; una ocasión que no debe desperdiciar. En lugar de desentenderse, Europa debe adoptar una actitud magnánima y proponer a Trump un quid pro quo: «Nosotros te ayudamos en tu guerra de Irán y tú nos ayudas en la guerra de Ucrania. Deja de apoyar a Putin en su invasión de Ucrania, que en realidad es una agresión a Europa y a la democracia, y Europa te ayuda a salir del laberinto persa en que te has metido». 

Ayudando a Estados Unidos e Israel en su lucha contra la dictadura de los ayatolás, Europa contribuiría a devolver el gobierno de Irán al pueblo, empresa noble y a la larga beneficiosa para una paz duradera; y si, además, conseguía de paso lograr un fin honorable a la invasión rusa de Ucrania, pondría fin a otro conflicto que hoy parece insoluble. En las presentes condiciones, resulta imposible terminar con la agresión rusa en Ucrania sin la colaboración de los Estados Unidos. Pero si América se pusiera claramente del lado de Ucrania y de Europa, algo que evidentemente no hace desde que Trump ganó las elecciones, Putin tendría muy difícil doblegar a Ucrania, y se esforzaría por encontrar una salida airosa. 

Colaborando con Trump en Irán sería factible recomponer la armonía occidental que existió durante la Guerra Fría. Esperemos que ni el despecho del presidente americano ante la negativa europea, ni esta misma, sean definitivos, y que pueda así llegarse a un acuerdo de colaboración con él.  

En definitiva, Europa debiera intervenir en una guerra para poner fin a dos de una tacada y recomponer una alianza secular (la de Europa y América) que puede y debe ser la clave de la paz en el mundo.

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