Demasiado relato para tan pocas nueces
«El desgobierno se ha convertido en la nueva normalidad. Porque cuando la política se limita a competir por el relato, deja de hacerse cargo de la realidad»

Imagen generada por IA.
El patrón se repite siempre igual, aunque cambien los protagonistas. El lunes a primera hora estalla la noticia y el escándalo. A mediodía se despliega una oleada de opiniones en redes que rápidamente alimenta la indignación tribal. El martes se apuntala el antagonismo. El miércoles, sin embargo, el foco ya ha cambiado y nadie parece preocuparse del asunto de ayer. Todo se disuelve en menos de cuarenta y ocho horas.
Lo vemos cada semana, lo padecen los tertulianos, que viven entre sobresaltos, y lo asumimos como si fuera algo normal. Cada asunto irrumpe en la agenda pública como urgente y decisivo, pero se desvanece con la misma rapidez. No es que los asuntos sean menores —a menudo son lo contrario—, pero no hay tiempo para el matiz ni para la sedimentación. Sólo queda la reacción indignada, cubierta inmediatamente por el manto del siguiente escándalo. Así se genera la extraña forma de anestesia política y moral en la que nos movemos.
Puede parecer exagerado, pero ocurrió tal como lo cuento. Cuando el viernes pasado, nos despertamos con un informe europeo sobre el apagón de abril del año pasado, solamente pensé en un lacónico: «Ah, aquello…, es cierto». Poco después me incomodó esa respuesta casi anestesiada. Parecía asumir que no valía la pena preocuparse por sus conclusiones porque, fuera cual fuera la valoración, no tendría impacto en la política española. Las consecuencias de aquel evento ya las conocíamos, lo íbamos a pagar a escote entre los ciudadanos.
Este fenómeno tiene mucho que ver con la hiperinflación narrativa en la que vivimos, con marcos de usar y tirar. Cuando los posmodernos hablaban del fin de los grandes relatos, difícilmente podían imaginar que el resultado sería su sustitución por microrrelatos diseñados para durar apenas unas horas. Lo llamativo es que quienes los producen siguen considerándolos una estrategia ganadora. Se equivocan. En un ciclo de presente continuo, sin un pasado que explique ni un futuro que ordene, ningún relato logra imponerse. A lo sumo, se cierra la posibilidad misma de que pueda existir uno compartido.
«La política ha dejado de ser un espacio de deliberación para convertirse en una batalla por definir la realidad»
Antes los relatos pretendían ordenar la realidad, hoy compiten por imponerse sobre ella. Estos nuevos chamanes de la comunicación no construyen sentido, lo saturan. Y en esa saturación, incluso quienes consumen estos marcos participan más por una dinámica emocional que por una adhesión racional. En el fondo, no se trata de persuadir, basta con sentir la pertenencia. Por eso todo resulta tan intenso y, al mismo tiempo, tan efímero.
Vivimos rodeados de explicaciones y, sin embargo, tenemos la sensación de que nadie nos explica nada. La fragmentación política española agrava este problema desde hace años. Sin mayorías claras y con incentivos constantes para la confrontación, cada actor compite por imponer su interpretación inmediata de los hechos. El resultado no es una pluralidad que crea comunidad, sino una superposición de versiones incompatibles que se neutralizan entre sí. De esta forma, la política ha dejado de ser un espacio de deliberación para convertirse en una batalla por definir la realidad.
Romper esta dinámica no será sencillo. Exige recuperar algo hoy escaso: el tiempo y la responsabilidad. En este ruido cotidiano, que produce tan pocas nueces, el desgobierno se ha convertido en la nueva normalidad. Porque cuando la política se limita a competir por el relato, deja de hacerse cargo de la realidad. Y entonces ya no es que no sepamos cómo se gobierna, sino que, al parecer, eso ha dejado de ser lo importante. Salvo, quizá, para quien sólo se juega su propia supervivencia política.