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Miguel Angel Cortes

Hace 30 años: un proyecto con ideas, equipos y resultados

«La lección sigue vigente: las transformaciones duraderas solo se sostienen sobre proyectos sólidos y amplios acuerdos»

Opinión
Hace 30 años: un proyecto con ideas, equipos y resultados

José María Aznar. | EFE

Más allá de la alternancia, la etapa de gobierno de José María Aznar que empezó en 1996, hace ahora 30 años, se puede medir en sus resultados y poner de relieve que muchos de ellos cambiaron de forma duradera aspectos relevantes de la economía y la sociedad española.

Desde el primer momento se demostró que el cambio político venía acompañado de un proyecto sólido de Gobierno. Cuando la alternancia no se apoya en ideas claras, propuestas coherentes y planes concretos, acaba siendo frustrante. El éxito de las dos legislaturas de José María Aznar residió precisamente en la existencia de un rumbo definido, un liderazgo firme y equipos preparados para transformar una visión política en acciones de gobierno. El respaldo rotundo en las elecciones de 2000 fue la confirmación de que ese proyecto había sido comprendido y era avalado por la sociedad española.

La victoria de 1996 fue más que el desenlace de una coyuntura política favorable o el fruto de una estrategia electoral eficaz. Fue, sobre todo, la culminación de un trabajo previo, sostenido en el tiempo y cuidadosamente elaborado, que había ido dando forma a un proyecto político coherente, reconocible y preparado para gobernar. 

En ese proceso desempeñó un papel decisivo la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales, creada en Castilla y León en 1989, con la convicción de que las ideas tienen consecuencias. FAES fue un espacio de estudio, debate y articulación de políticas, atento a los grandes retos de la Nación: la regeneración democrática, la situación de una economía estancada y la posición de España en Europa y en el mundo. Así surgieron diagnósticos y propuestas reformistas, homologables a los de las grandes democracias occidentales. Cuando llegó el momento de gobernar, ese trabajo previo se tradujo con rapidez en decisiones y reformas concretas, reflejando una idea central: la acción no se improvisa y el poder democrático solo es eficaz y duradero cuando se apoya en ideas claras, preparadas y asumidas con responsabilidad por equipos competentes.

El nuevo Gobierno mostró pronto la coherencia entre ideas, equipos y dirección política mediante un ambicioso programa de privatizaciones y una desregulación responsable, concebidos no como dogma ideológico, sino como una visión moderna del Estado: regulador y garante del interés general, pero no gestor directo de sectores abiertos a la competencia. Estas decisiones impulsaron la eficiencia, la inversión y la modernización de sectores estratégicos, favorecieron la proyección internacional de las empresas españolas, sanearon las finanzas públicas y dinamizaron la economía, creando las bases de un crecimiento sostenido y de una intensa creación de empleo, que durante los ocho años de gobierno de Aznar se tradujo en casi cinco millones de nuevos ocupados.

La concepción de la política como continuidad histórica se plasmó de forma decisiva en la entrada de España en el euro, que no fue una decisión técnica, sino una estrategia política que exigió disciplina presupuestaria, credibilidad fiscal y profundas reformas estructurales. El Gobierno asumió ese esfuerzo con la convicción de que el euro era un anclaje definitivo en el núcleo de la Unión Europea, y Aznar ejerció en ese proceso un liderazgo activo y exigente, impulsando incluso a otros socios, como hizo en la cumbre de Valencia con Italia. La estabilidad alcanzada fue así el resultado de una política económica coherente que devolvió a España credibilidad y confianza dentro y fuera de sus fronteras.

Otro gallo le cantaría hoy a la Unión Europea si se hubiera aplicado la «Estrategia de Lisboa» aprobada por el Consejo Europeo en el año 2000 e impulsada por Aznar y Blair. Fue el intento más ambicioso de modernización económica de la Unión Europea, orientado a convertirla en una economía competitiva basada en el conocimiento, la innovación, la educación y un mercado interior plenamente integrado. Se trataba de que el crecimiento económico y la prosperidad de los europeos estuvieran en el corazón de todas las decisiones.

No se trataba de declaraciones retóricas, sino de un programa de reformas estructurales que anticipó con lucidez los retos de la globalización y del cambio tecnológico. Sin embargo, la Unión abandonó pronto ese rumbo y lo sustituyó por una hipertrofia regulatoria y una deriva proteccionista que la han convertido en una potencia normativa, pero rezagada en competitividad, innovación y oportunidades, especialmente para los jóvenes. A Europa no le faltaron diagnóstico ni ambición, sino continuidad política para sostener una estrategia que supo anticipar el mundo que se avecinaba. El miedo a las reformas, un cierto sectarismo ideologizado, la presión de los intereses corporativos y la falta de liderazgo, tanto comunitario como nacional, nos han conducido a esta encrucijada.

Durante la etapa de Aznar, la renta per cápita y el nivel de vida de los españoles avanzaron con fuerza, impulsando una rápida convergencia real con la Europa más avanzada, fruto de políticas de estabilidad, reformas estructurales, disciplina presupuestaria y apertura económica. El abandono posterior de ese marco explica en buena medida la pérdida de convergencia y el estancamiento relativo del bienestar que España arrastra desde entonces.

«A Europa no le faltaron diagnóstico ni ambición, sino continuidad política para sostener una estrategia que supo anticipar el mundo que se avecinaba»

La integración plena de España en la OTAN reflejó la voluntad de consolidar consensos sin rupturas también en la política exterior, reforzando el compromiso atlántico del país y su papel como aliado fiable. A partir de la cumbre de la OTAN en Madrid en 1996, durante la presidencia de Clinton, se estableció una relación especialmente estrecha con los Estados Unidos, basada en la cooperación estratégica y en la defensa compartida de valores democráticos, sin renunciar por ello a una política europea activa.

Capítulo aparte merece el impulso dado a la Comunidad Iberoamericana de Naciones, entendida no como una retórica identitaria, sino como un espacio efectivo de diálogo y cooperación política, económica y cultural, basado en la historia compartida, la defensa de la democracia y el respeto mutuo. Esa visión se concretó en la reforma más ambiciosa del sistema, articulada en torno al Informe Cardoso, elaborado por Fernando Henrique Cardoso a propuesta conjunta de Aznar y Lula Da Silva, que redefinió objetivos, métodos y ambición política del proyecto iberoamericano. España reforzó así su papel como puente entre Europa y América Latina y una triangulación con los Estados Unidos, pronto interrumpida, pero con frutos palpables mientras duró. Aquella proyección iberoamericana, dotada de una arquitectura política coherente y de una visión estratégica de largo plazo, fue una constante de esos Gobiernos y contribuyó a dar a la política exterior española una dimensión propia, reconocible y duradera.

La lucha contra el terrorismo fue uno de los ejes centrales de aquellos Gobiernos, afrontada sin atajos ni concesiones, pero con el pleno uso de los instrumentos del Estado de derecho para defender la libertad. Frente a ETA se construyó un amplio consenso nacional, se reforzó la cooperación internacional y se actuó no solo contra los terroristas, sino también contra las estructuras políticas, sociales y financieras que los sustentaban. El asesinato de Miguel Ángel Blanco marcó un punto de inflexión moral, con precedentes como el de Gregorio Ordóñez, y el propio atentado sufrido por Aznar reforzó la convicción de que el terrorismo solo podía ser derrotado con la ley, aplicada con toda su firmeza. Esa política sostenida y coherente debilitó decisivamente a la organización terrorista y demostró que la democracia, cuando actúa unida y sin complejos, es más fuerte que el miedo.

Aquel ciclo reformista no incurrió en rupturas institucionales ni en tentaciones constituyentes: el cambio político no fue una impugnación del pasado, sino una actualización responsable, que fue ambiciosa porque se apoyaba en la confianza en la sociedad española, en ideas claras, equipos preparados y un liderazgo consciente del alcance y de los límites del poder. 30 años después, la lección sigue vigente: las transformaciones duraderas solo se sostienen sobre proyectos sólidos y amplios acuerdos, y por eso muchas de aquellas decisiones —incluida una visión de Europa hoy injustamente olvidada— siguen interpelando a una España y a una Unión Europea que necesitan, de nuevo, ambición, rumbo y liderazgo.

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