La malevolencia de Vox
«Vox debe olvidarse de su malevolencia y escuchar al electorado que les ha situado ya por tres veces seguidas con el mandato de negociar y gobernar con el PP»

Ilustración generada con IA.
Se habla de malevolencia cuando se actúa con mala intención o se desea hacer daño a otros, cuando se habla de una voluntad de hacer el mal. Malevolente es el estilo, el tempo y hasta las formas, con el que el partido de Santiago Abascal está fingiendo que negocia con el Partido Popular en las tres comunidades en las que se han celebrado recientemente elecciones. Más de tres meses han pasado de las elecciones extremeñas y nada se ha avanzado. Detrás, en el mismo atasco, Aragón y Castilla y León.
Pareciera que la dirección de Vox sigue pensando que han sido ellos los ganadores de las tres elecciones. Cierto es que son imprescindibles en la formación de gobierno. Y cierto también es que los sondeos empiezan a manifestar un hartazgo de su potencial electorado ante esta tardanza en cerrar acuerdos con los populares, como si les gustara más impedir la estabilidad en esas comunidades que reconocer que su electorado apostó mayoritariamente por un gobierno de los dos. Algo ya se vio en Castilla y León, donde el imparable ascenso de Vox quedó totalmente frenado.
Ha revelado Alberto Núñez Feijóo que justamente después de las últimas elecciones a las Cortes de Castilla y León, volvió a hablar personalmente con Abascal, al que transmitió el mensaje de que «no podemos defraudar a la gente». En esa charla acordaron ambos seguir negociando para los tres gobiernos, con especial urgencia para Extremadura. Algo que finalmente se produjo en Mérida el pasado 25 de marzo.
No parece que la actitud de Vox haya cambiado nada en su tarea de minar los triunfos del PP. Algunas de sus exigencias en las negociaciones extremeñas son de un surrealismo enfermizo o de una malevolencia crónica. Exigir en unas negociaciones autonómicas que se rechacen todos los acuerdos firmados por el PP y el PSOE en Europa era ya un desvarío. Añadir la exigencia de que la UE rompa el reciente acuerdo de Mercosur o de que ponga fin al Pacto Verde Europeo solo puede ser calificado de malevolencia.
Si ya es complicado toda negociación con Vox en temas fundamentales como la inmigración, las políticas de igualdad y diversidad, la educación, la memoria histórica o la violencia de género, la inclusión de demandas que trascienden las competencias de la comunidad y de las nacionales solo puede ser entendida como la voluntad de bloquear de una forma cínica las negociaciones.
«Los sondeos empiezan a manifestar un hartazgo de su potencial electorado ante la tardanza en cerrar acuerdos con los populares, como si les gustara más impedir la estabilidad en esas comunidades»
¿Qué sentido tiene que el partido de Abascal exija desde Mérida que el PP haga que la UE, compuesta por 27 países, rompan el reciente acuerdo de Mercosur que ha tardado casi veinte años en firmarse? Más allá de los problemas que este acuerdo traiga a agricultores y ganaderos europeos, y, por tanto, también a los españoles, es inconcebible que se ponga como condición en una negociación autonómica.
¿Es este el modelo racional de Vox a la hora de negociar? Más bien es un modelo malintencionado de negociación con el que buscan, para alegría de un derrotado ‘sanchismo’, entorpecer, dilatar y retrasar todo intento de estabilización del cambio que el electorado ha votado ya por tres veces consecutivas. Lo estiran cuando ya estamos en precampaña en Andalucía. Redoblan exigencias al PP como si con ello quisieran cumplir el deseo de Sánchez de que el temor a las exigencias de Vox consigan movilizar al electorado socialista que huye de María Jesús Montero. Vox puede repetir error de cálculo y hacer que parte de sus votantes prefieran que Juanma Moreno repita mayoría absoluta.
Dijo Abascal tras las elecciones en Castilla y León que la intención de Vox era entrar en los gobiernos autonómicos. Lo dijo, pero luego lo entorpece. Será porque no les fue mal cuando hace años se fueron en masa de todos los gobiernos en los que estaban. Creían, y siguen creyendo, que el estar fuera de la responsabilidad de gobernar les consigue más rédito electoral que el día a día de estar en un ejecutivo, donde era mucho más visible la incompetencia de muchos de sus cargos.
No les fue mal porque, más allá de mantener a su electorado convencido de extrema derecha, han conseguido el trasvase de otros grupos de votantes y no solo procedentes del PP, sino incluso del propio PSOE y hasta de Sumar. No son ya solo votantes indignados con el gobierno socialista por sus escándalos de corrupción, sino también a mucho desencantado y afectado por una situación económica que les está golpeando de lleno, mientras escuchan a Pedo Sánchez decir que la economía va como un cohete.
En estos dos últimos años Vox ha crecido y también sus propios escándalos internos con tramas de dineros, sueldos y fundaciones sin aclarar. O esas purgas al estilo ‘abascalista’ en las que cae todo el que disiente o duda del líder. Caen incluso los que destacan más que el líder. Esto está siendo Vox: un partido que no quiere gobernar en las instituciones en coalición y un partido en el que internamente solo gobierna uno y su camarilla.
Hasta hace poco su táctica de golpear al PP le funcionó. Tras Castilla y León esa táctica puede ser suicida. La parte de ese electorado que les ha llegado puede irse igual de rápido si ve que no sirve para consolidar un cambio institucional estable que aleje al PSOE de los sillones. Ya les pasó a Ciudadanos y a Podemos, dos partidos que creyeron que podrían bloquear para crecer y gobernar, y ante su inoperancia, sus votantes prestados les dejaron con lo puesto.
No es de recibo que Vox en vez de aclarar las denuncias sobre irregularidades en el partido publicadas por los medios lo reduzca todo a acusar al PP de poner «zancadillas» en la negociación. En plena Semana Santa, Vox mandaba una carta a la militancia firmada por su secretario general, Ignacio Garriga en la que acusaban directamente a Feijóo y a su equipo de que se conozcan las polémicas internas de Vox. También de qué dos de los políticos que estuvieron desde el principio con Abascal, como Iván Espinosa de los Monteros o Javier Ortega Smith, hayan criticado la falta de democracia interna y la purga contra ellos.
En su carta, Garriga acusaba a Feijóo, a su jefa de gabinete, Mar Sánchez y al secretario general, Miguel Tellado. De ellos decía: «Son ellos, ese clan gallego con prácticas de contrabandistas de ría, los que han contactado con arribistas y despechados para poner en marcha la maquinaria mediática contra el tercer partido de España».
Eso es ahora Vox. La tercera fuerza política de España que si aspira a gobernar solo lo puede hacer tras negociar y acodar con la primera fuerza política de España que es el PP. No parece muy elegante el insultar a tu futuro socio. Tampoco eso de acudir a matar a los mensajeros. Vox, como el resto de las fuerzas políticas en esta España democrática, está sometida al escrutinio de los medios.
Eso de «maquinaria mediática» ya está muy manido. Suena a Sánchez cuando habla de la máquina de bulos cada vez que sale algún escándalo nuevo en su gobierno, partido o entorno familiar. Vox debe olvidarse de su malevolencia y escuchar al electorado que les ha situado ya por tres veces seguidas con el mandato de negociar y gobernar con el PP.