The Objective
Teresa Freixes

Relato en tiempo de guerra

«El ‘No a la guerra’ actual, tiene sesgos manipulativos, puesto que lo fáctico que vivimos desmiente el mensaje que se pretende imponer»

Opinión
Relato en tiempo de guerra

Ilustración generada con IA.

«When war is declared, truth is the first casualty» (cuando se declara la guerra, la verdad es la primera víctima. Esto afirmaba Arthur Ponsonby en su libro Falsehood in Wartime (1928), en épocas en las que las guerras parece que se declaraban. Hoy ni tan siquiera se declaran, se perpetran, paradójicamente, puesto que contamos con toda una batería de regulaciones de Derecho Internacional que ni se aplican ni, muchas veces, se conocen y, quizás por ello, son susceptibles de manipulaciones de todo tipo. Incluso la misma frase de Ponsonby es utilizada en forma ambivalente, puesto que todos los implicados en un conflicto bélico, el que sea, quieren demostrar que es la otra parte quien manipula o, directamente, miente.

También Hanna Arendt constata la manipulación informativa, que puede llegar a crear sociedades ficticias, creando una realidad paralela que obliga a la población a actuar como si esa ficción fuera verdadera. En ‘Verdad y política’ analiza la mentira como herramienta de gobierno, que puede llegar, a fuer de ser asimilada, a producir efectos de verdad. Orwell, desde su propia experiencia, ‘Homenaje a Cataluña’ constituye una buena muestra de ello, advirtiendo, en ‘1984’, sobre la creación de una «neolengua» mediante la cual, el lenguaje va más allá de ser un medio de comunicación para pasar a revelarse como un mecanismo de control mental. El pensamiento de ambos resulta sumamente útil para analizar los relatos concretos con que nos están inundando en este tiempo de guerra.

Nos llenan los medios de comunicación de mensajes contra la guerra. El ‘No a la guerra’ se repite por doquier en tono pretendidamente «pacifista», resucitando el eslogan que se acuñó cuando la de Irak, también entonces víctima de un relato interesado, puesto que, cosa que la mayor parte de la actual ciudadanía desconoce, España no intervino en combate en tal guerra, aunque dio apoyo político y diplomático a la misma. Sí se integró, en 2003, tras la caída de Bagdad, en la Brigada Plus Ultra, compuesta por militares españoles y de El Salvador, Honduras, Nicaragua y República Dominicana, bajo mandato de la ONU (Resolución 1483) con las finalidades de contribuir a la seguridad en su zona de responsabilidad, apoyar la reconstrucción y el restablecimiento de servicios básicos, así como facilitar la transición política iraquí. Ahora, sólo nos falta incorporar el «OTAN no, bases fuera» para mostrar al mundo el buenismo subyacente en nuestra política oficial. Pero mejor creernos que vulneramos todo lo vulnerable en el pasado, porque así nos conviene en el presente.

Ese «No a la guerra» actual tiene sesgos manipulativos, puesto que lo fáctico que vivimos desmiente el mensaje que se pretende imponer, creando un relato que se ve contradicho por la realidad. Cuando se pretende estar en contra de una guerra a la que se califica de contraria al Derecho Internacional (en varios aspectos sí lo es, por parte de todos los implicados, atacando infraestructuras básicas y produciendo bajas en la población no combatiente) no tenemos en cuenta que no se pueden formalizar, en nombre del «No», apoyos militares directos (el envío de fragatas a zona implicada en el conflicto, por ejemplo) con la excusa de que se trata de un envío «defensivo». O nos implicamos o no nos implicamos. Tanta guerra se perpetra cuando se ataca como cuando se defiende militarmente una zona, pues la guerra puede ser tanto de agresión como de defensa, ya sea individual, de estado a estado o colectiva, involucrando a la OTAN u otras organizaciones; de hecho, la única guerra autorizada por la Carte de las Naciones Unidas (art. 51) es la defensa frente a una agresión. Y toda guerra, la de defensa incluida, está sujeta a las mismas reglas de trato entre combatientes y de protección a la población civil e infraestructuras básicas establecidas esencialmente en el Derecho Internacional Humanitario. Pero mejor creernos que somos pacifistas y no reflexionemos mucho cada vez que enarbolamos la pancarta y gritamos en las calles.

No se puede fundamentar el rechazo a la guerra alegando de manera sesgada y unilateral la violación del Derecho Internacional por parte de Estados Unidos e Israel, por atacar Irán sin previa resolución autorizadora del Consejo de Seguridad de la ONU, sin tener en cuenta que también constituye una violación del Derecho Internacional la no aplicación de la obligación que tienen todos los estados de proteger a su ciudadanía, acordada en 2005 por Naciones Unidas bajo el rótulo de la «responsabilidad de proteger», tras los crímenes de guerra en Bosnia y Ruanda. Tan Derecho Internacional es la prohibición de la guerra de agresión como la responsabilidad de proteger. Irán no ha protegido a su población, sino que ha perpetrado violaciones de los derechos vitales de sus ciudadanos, miles de ellos asesinados por ejercer lo que consideramos derechos básicos de reunión y manifestación. La Guardia Revolucionaria, incluso, ha puesto en marcha el programa ‘Combatientes Defensores de la Patria para Irán’, que permite la participación de niños y niñas desde los 12 años. Todo ello contra el Derecho Internacional, que también prohíbe la implicación de menores en los conflictos bélicos. ¿Cómo va a actuar cualquier soldado profesional contra un niño soldado sabiendo, como sabe, que ello constituye un crimen de guerra? Pero mejor creernos que sólo las intervenciones estadounidense e israelí son contrarias al Derecho Internacional.

«Tanta guerra se perpetra cuando se ataca como cuando se defiende militarmente una zona, pues la guerra puede ser tanto de agresión como de defensa, involucrando a la OTAN u otras organizaciones»

Tampoco procede intentar «reforzar» el relato pacifista oficial negando, aparentemente, el uso logístico de las bases conjuntas que tenemos acordado con Estados Unidos, en Rota y Morón, mediante tratado, cuando se sabe que es imposible controlar qué destino y actividad tienen los barcos y aviones una vez que «desparecen del radar» y se sabe también que tienen implicación directa en el conflicto. Pero mejor creernos que la prohibición surte efecto y que los barcos y aviones que zarpan o despegan de las bases, o vuelven a ellas, sólo son de reconocimiento o están haciendo prácticas.

O el pueril «cierre del espacio aéreo» español a los aviones americanos, de imposible realización cuando, a pesar de que están previstas excepciones, la regulación del cielo único europeo choca directamente con tal exclusión; aparte de que es total y fácilmente practicable orillar la península ibérica porque somos un minúsculo espacio en el marco de la amplitud territorial del conflicto. ¿Qué vamos a hacer si un avión militar estadounidense lo invade? ¿Lo derribamos en pleno vuelo? Mejor creernos que la voluntad gubernamental es plenamente respetada, porque al Gobierno español no le tose nadie.

Nos han contado también una milonga cuando, con todo lujo de detalles y aspavientos, se ha acusado al gobierno de Israel de no permitir el culto cristiano, impidiendo la celebración de la misa de Ramos en la Iglesia del Santo Sepulcro, en Jerusalén. Como si de un rechazo unilateral a la libertad de culto se tratara, nuestro presidente del Gobierno ha saltado como un resorte afirmando que ello es una violación del derecho a la libertad religiosa (algún que otro gobierno europeo, el italiano o el francés, por ejemplo, también han «picado» en falso). Y bien estaría la protesta si realmente de eso se tratara. Pero no, no ha habido una prohibición unilateral contra el culto cristiano pues, como consecuencia de la caída de misiles iranís cerca de tal iglesia, lo que hizo el gobierno de Israel fue prohibir toda concentración de personas en los lugares de culto del centro de Jerusalén, sean cristianos, judíos o musulmanes, Muro de las Lamentaciones y Explanada de las Mezquitas (Mezquita de Al‑Aqsa y Cúpula de La Roca incluidas). Precisamente esa es su obligación: proteger a la población civil. Por ello han sido prohibidas todas las concentraciones de más de 50 personas en la zona. Pero mejor creernos discriminados por razones religiosas, aunque no haya fundamento para ello, pues así creamos o reforzamos determinados vínculos sentimentales. 

Podríamos continuar señalando las incongruencias y debilidades del «relato» a que nos tienen sometidos con motivo de la guerra. Como sería algo parecido a la historia interminable, sólo señalaré otro, de especial significado. Me refiero al «no belicismo» que implica prácticamente el pretender ocultar semánticamente el aumento de gasto militar efectuado recientemente, en marzo de 2026, por el Gobierno de España, aprobando partidas de defensa por valor de 2.135 millones de euros (incremento superior al 25% respecto al mismo periodo del año pasado). Alardear de no querer asumir los acuerdos de incremento de los gastos de defensa ante nuestros socios, pese a las consecuencias que puede comportar en el marco de las relaciones internacionales, no implica que, en la práctica, no haya otra que irlos asumiendo. Y ello sin contar con los fondos europeos inmovilizados al respecto que, un día u otro tendremos que aplicar. Menos mal que no tenemos presupuestos que lo reflejen sin ningún género de dudas. Pero mejor creernos que destinamos el dinero del contribuyente a servicios sociales e inversiones estratégicas, no a favorecer a la «industria de la guerra» como hacen y/o defienden otros.

El relato, lo que intentan que nos creamos, cobra toda su importancia en el marco de la psicología de las masas. Desde los clásicos que, como Platón y Aristóteles ya lo intuyeron, hasta las primeras aproximaciones fundamentadas de Le Bon hace más de 100 años y las más actuales de Durkheim o Lewin y Foucault, nos ha quedado claro que mediante «el relato» las emociones se amplifican, desaparece la responsabilidad individual, se crean dinámicas de grupo y se refuerza el control social en aras del ejercicio de un poder iliberal, situado al margen de las coordenadas propias del Estado de Derecho, la democracia y los derechos humanos. Pero tranquilos, que lo que el relato nos muestra evidencia que lo que realmente importa es que con él contribuimos a que, al menos, no gobierne la derecha.

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