The Objective
César Calderón

'Zugzwang'

«El nombramiento de Carlos Cuerpo al frente de Economía obliga al PP repensar su manual de ataque si no quieren que sus movimientos se vuelvan contra ellos»

Opinión
‘Zugzwang’

Ilustración de Alejandra Svriz

Hay una figura en el ajedrez que los grandes maestros llaman zugzwang: la posición en la que cualquier movimiento que hagas empeora tu situación. El término lo popularizó Nimzowitsch, el excéntrico ajedrecista letón que escribía sobre el dominio de las columnas abiertas con torres y del bloqueo de peones con la misma pasión con que polemizaba con cualquiera que se atreviese a contradecirle en los cafés de Copenhague. El zugzwang no es la derrota clásica, es algo bastante más perturbador: significa tener piezas sobre el tablero, ventaja posicional, y descubrir que moverte te perjudica y que tu mejor estrategia, paradójicamente, sería no mover ninguna pieza.

Los partidos políticos raramente caen en un zugzwang real. Pero sí en algo muy parecido, una suerte de parálisis táctica involuntaria, que consiste en encontrar tan cómoda una posición teóricamente ventajosa, que renuncian al riesgo de atreverse a ganar aunque tengan el terreno a favor. Es la trampa del equipo que se pone por delante en el marcador y decide defender, defender, defender, hasta que el rival encuentra el gol en el descuento. No pierden por inferioridad técnica ni física, pierden por conservadurismo, por pereza, por confundir resistir con avanzar.

En un contexto en el que el manejo de la economía va a ser clave, el nombramiento de Carlos Cuerpo al frente del Ministerio de Economía es un movimiento que deja al PP en una «posición zugzwang», ya que les obliga a repensar su manual de ataque si no quieren que sus movimientos se vuelvan contra ellos.

María Jesús Montero era un blanco cómodo: intensidad desbordada, retórica Kalashnikov, capacidad olímpica para irritar a los indecisos e incluso a los propios votantes del PSOE, un verdadero chollo. Cuerpo no es eso, Cuerpo transmite sentido común, sobriedad cartuja, humildad franciscana, bonhomía, la apariencia de un ministro que ha leído los mismos manuales que los analistas encargados de criticarle. Contra él, la agitación chunda-chunda del PP será ineficaz porque el adversario no ofrece el flanco al que estaban apuntando. Tendrán que inventar otro discurso.

Porque el problema del PP no es Cuerpo. El problema del PP es su propia base electoral, o más exactamente, la relación que mantiene con ella. Su sociología es tan estable —lo hemos comentado en estas páginas con datos— que no crece ni siquiera cuando Vox desciende. Ahí está el problema: un partido que lidera todas las encuestas, que acumula escaños suficientes para gobernar con su socio, pero que no suma ni un punto adicional cuando ese socio cede terreno. El flujo que debería producirse pero no se produce. Los votantes que abandonan Vox no van —de momento— al PP. Van a la abstención, a la fragmentación, a cualquier sitio menos a Génova.

«El votante que se fue a Vox no volverá mientras el PP se limite a  recordarle cada mañana que el enemigo es Sánchez, eso ya lo sabe»

Una cosa es gobernar gracias a la suma con Vox, otra bien distinta es construir una mayoría propia de gobierno. El PP desde el mes de junio del pasado año está instalado en la comodidad del discurso antisanchista con la sorprendente certeza del que ha encontrado un filón retórico que basta para llevarle a la Moncloa. Pero ese discurso tiene un efecto secundario que sus estrategas parecen subestimar: activa los anticuerpos de muchos de los que podrían incorporarse. El votante que se fue a Vox por razones de intensidad ideológica no volverá mientras el PP se limite a  recordarle cada mañana que el enemigo es Sánchez, eso ya lo sabe. El votante moderado del PSOE tampoco. Ambos necesitan que el PP les diga algo sobre España, sobre lo que haría para mejorar la vida real de la gente real. Y que lo diga una y otra vez sin salirse de ese frame hasta el día de las próximas elecciones.

La paradoja es que ese discurso alternativo existe y es, a tenor de lo que uno observa en campaña, sorprendentemente sencillo; de hecho es el mismo que está usando con éxito Juanma Moreno en Andalucía y que se basa en una idea que ahora mismo sería revolucionarla: algo parecido a «Voy a gobernar para todos».

No hace falta recurrir a las meditaciones de Marco Aurelio ni al Delenda est Carthago de Catón: basta con mirar qué hicieron los Ejecutivos europeos que lograron mayorías suficientes tras años de bloqueo. Todos, sin excepción, bajaron los decibelios antes de las urnas. Todos buscaron complicidades más allá de su núcleo duro. Todos transmitieron la imagen de un partido que ya se sentía responsable del futuro, no solo indignado por el presente.

Según las encuestas el PP lleva desde junio del año pasado por debajo del resultado que obtuvo en las elecciones de 2023. Mientras no entiendan por qué, ahí seguirán.

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