Católicos contra fachas
«Los católicos se han convertido en el gran obstáculo del imperio judeo-protestante (o más bien pseudo-judío y pseudo-protestante»

Ilustración generada con IA.
Una nueva fachosfera mundial se está configurando bajo el liderazgo internacional de Trump y Netanyahu, desplazando a aquella derecha tradicional nuestra, la de capitalismo renano, realismo geopolítico y democracia cristiana. Como venimos de unas décadas en que se ha llamado «facha» a cualquier cosa —desde los agricultores o la homosexualidad hasta la astrología y los paseadores de perros, como escribió Orwell—, conviene clarificar la definición de esta «fachosfera» que desde Washington y Tel Aviv somete a las derechas europeas a presión política y OPA económica del Likud y el MAGA Republicano.
Esta neofachosfera es neoliberal en lo económico: con más o menos aranceles y aplicando más o menos bloqueos y sanciones, pero siempre con una mano en la motosierra para recortar gasto público y la otra mano en la cachiporra para zurrar al que proteste porque lo recortado por la motosierra vaya a la industria de la cachiporra. Es también neofascista en lo geopolítico: partidarios de un proyecto nacionalista étnico en Oriente Próximo, junto con un supremacismo imperialista yanqui en lo global, que ya habla abiertamente de su «superioridad genética» y de «exterminar civilizaciones para siempre». Y finalmente es neoconservadora (neocon) en lo moral y social: aparentemente preocupadísimos por la patria y la fe y la familia, pero completamente despreocupados de su destrucción a manos de las multinacionales de sus amigos (del X de Musk a Onlyfans) o las bombas de sus colegas (como las iglesias o los niños del Líbano o Palestina). Les preocupa la patria y la fe y la familia solamente cuando están amenazadas por el enemigo woke-antifa-vegano-trans-islamista (es decir, nunca, porque tal cosa rara vez existe, y cuando existe es un subproducto de las multinacionales de sus amigos y las bombas de sus colegas).
En esa obsesión suya por la «batalla cultural» contra los delirios de «lo progre» —batalla ya ganada y nada épica—, pretenden ocultar y diluir su propia naturaleza, mucho más perversa y criminal que la de cualquier progre, en tanto lo woke no deja de ser un patético exceso de empatía que termina en odios ridículos, mientras que lo de ellos es una carencia absoluta de empatía con un odio serio —porque tiene el poder y la fuerza— que —para mayor peligro— se disfraza de amor y respetabilidad y patriotismo y virtud y orden civilizatorio. Tras su «batalla cultural» se esconde otra que dio origen al concepto en el siglo XIX: la «Kulturkampf» (en alemán «lucha de cultura») que libró la Prusia de Bismarck contra la Iglesia católica. Su objetivo era eliminar del mundo protestante la influencia cristiano-católica en la cultura y la educación. Y este sigue siendo, a día de hoy, el objetivo de ciertas élites en EEUU e Israel. Lo ha sido desde el origen de ambos —y quien lo dude, desconoce la historia de los pioneros de las Trece Colonias y del sionismo religioso fundacional de los rabinos Kook padre e hijo—.
Los católicos se han convertido en el gran obstáculo del imperio judeo-protestante (o más bien seudojudío y seudoprotestante, pues, ¿qué «Estado judío» bombardearía durante el pésaj la sinagoga judía de Teherán? ¿Y qué potencia protestante habría saboteado la infraestructura energética de la cuna de Lutero?). Ya les molestaba el papa Francisco, que —según los papeles de Epstein— era el objeto de conspiraciones en su contra por parte de Steve Bannon (el mismísimo padre de la actual «batalla cultural»). Ahora les molesta el papa León, que estaría recibiendo por parte de esta «Alianza Epstein» amenazas de «volver a los tiempos de Aviñón», en que el papado era silenciado y sometido por los poderes de este mundo.
Frente a la «fachosfera epsteiniana» de la economía neoliberal, la geopolítica neofascista y la moral neocon, el papa León está reafirmando la justicia social en lo económico, la paz mundial en lo geopolítico y el amor desprejuiciado hacia el prójimo en lo moral. Esta combinación es para ellos peor, mucho peor, que todos los enemigos woke-antifa-vegano-trans-islamistas del mundo junto con cien mil Putins, Kim-Jong-Uns y ayatolás. Se les derrumba todo el castillo fantasmagórico que edificaron en nombre de la «batalla cultural», intentando aunar bajo su anillo único al catolicismo con sus contrarios: negacionistas de la justicia social (como Milei), genocidas y defensores de la violencia y el ojo por ojo (como Netanyahu y Trump), partidarios de los vientres de alquiler, el transhumanismo, la compraventa de órganos, de niños y todas cuantas aberraciones liberales y herejías modernistas caben sobre la tierra. Pero no se puede servir a dos señores, y son ahora muchos de aquellos «batalladores culturales» los primeros en romper con esta abominación de la desolación y decantándose por la opción católica: desde conversos provenientes del MAGA-ísmo más radical (como los polémicos Nick Fuentes o Candace Owens en EEUU), hasta Eduardo Verástegui en México o Emmanuel Danann en la Argentina de Milei.
Se acabó tragar con los Agustín Laje en Argentina y los Ben Shapiro en EEUU, que predicaban una «batalla cultural» que ya había sido condenada muchas veces por el magisterio católico como una herejía: maurrasiana, pelagiana o inmanentista. Se acabó invocar el nombre de Dios en vano para deshumanizar al enemigo ideológico, de clase, raza o género; se acabó que intenten subordinar lo religioso a lo político y nacionalista y a la retórica del poder; se acabó acusar a Vaticano, obispos y hasta la última parroquia del barrio de ser «marxistas» cuando defienden al pobre, «islamistas» cuando critican la guerra o «antipatriotas» cuando acogen al refugiado. Se acabó la esquizofrenia de acusar a la Iglesia de tibia y cobarde exigiéndole que se politice al servicio de las derechas, mientras que a la vez se la acusa de estar demasiado politizada cada vez que se pronuncia en una dirección que no les gusta a ellos. Se acabó fingirse cristiano solo por ser fetichistas de lo irrelevante —el ritual, la apariencia formal, las ideas de jerarquía y orden social— y querer imponérselo a los demás con el único fin de sentirse ellos superiores. Roma vuelve a estar en guerra abierta contra el imperio mundial de Babilonia y la Sinagoga de Satanás.
Todos aquellos que ante los horrores de esta fachosfera decidan permanecer junto a ella, están fuera del catolicismo. Así lo deja caer el papa León respondiendo a los delirios de «guerras santas» de Hegseth, o el arzobispo de la conferencia episcopal yanqui Paul Coakley afirmando la inmoralidad de las amenazas civilizatorias de Trump, o el cardenal Pizzaballa negando las falsedades de Netanyahu sobre «alianzas judeocristianas» y un «Israel escudo de Occidente», o el obispo yanqui Joseph Strickland condenando el «cristianismo sionista» de los neoevangélicos como una herejía. Está de moda ser cristiano y católico, en parte por el disco de Rosalía y la película de Los domingos, pero sobre todo está de moda a la hora de estudiar teología, marcar nuestra postura y no permitir que nos sigan engañando los fariseos de toda la vida que recitan la ley a su servicio y los demonios que desde siempre citan como quieren la escritura. Y que den gracias de tener un Papa «blandengue» o «moderadito», como dicen ellos, porque en tiempos de un catolicismo más «muscular» ya se nos estaría llamando a otra cruzada en Nuevo Mundo y Tierra Santa.