The Objective
Teresa Giménez-Barbat

La gente rara de este periódico que están leyendo

«El hundimiento de los ingresos por publicidad y la dependencia creciente de subvenciones la han convertido en un oficio precario»

Opinión
La gente rara de este periódico que están leyendo

Imagen generada por la IA.

Hace un tiempo, un amigo bienintencionado me vino más o menos a decir que por qué escribía en periódicos como el que tienen en su pantalla en vez de buscar acomodo en los tradicionales, mucho más respetables (según él) y que pagan mejor. Se refería, aclaro, a algunas cabeceras catalanas. Interesante cuestión. Quizá es que, por un lado, no doy el perfil por distintas razones (algunas ni haría falta explicarlas). Y que, por el otro, sigo sintiendo una profunda repugnancia por aquellos 12 periódicos que, en noviembre del 2009, publicaron un editorial conjunto titulado La dignidad de Cataluña.

Esos medios están que dan pena y somos testigos de su colapso. La irrupción del periodismo digital, el hundimiento de los ingresos por publicidad y la dependencia creciente de subvenciones y ayudas públicas han convertido la profesión en un oficio precario. Periodistas y colaboradores cobran cada vez menos, mientras los grandes grupos editoriales se ven obligados a buscar patrocinios que condicionan su línea editorial. En este ecosistema frágil, la información se ha convertido en un caramelo estratégico para las potencias que compiten por influir en la opinión pública global. Una muestra de ello la ha dado precisamente esta semana en este periódico mi amigo Javier Benegas en su artículo El rastro chino sobre la injerencia de Pekín en la prensa occidental. La crisis económica hace irresistibles estos incentivos.

Mientras tanto, la mayor parte de la legacy media repite de forma mecánica eslóganes izquierdistas que solo movilizan a la ciudadanía en un sentido determinado. Guadalupe Sánchez lo ha expuesto también con crudeza aquí mismo esta semana en su Carta abierta al español ensimismado. En ella denuncia cómo los medios amplifican polémicas fáciles y distracciones mientras silencian o minimizan la corrupción estructural, las comisiones millonarias o las mordidas en la obra pública. Por eso resulta especialmente gratificante que, en medio de este panorama desolador, los duros trabajos de investigación independientes obtengan al fin la confirmación pública que obliga al resto a plegarse. Este diario ha destapado, con rigor y sin miedo, la trama de corrupción del PSOE: las declaraciones de Carmen Pano en el juicio a Ábalos, las bolsas de papel y plástico con fajos de billetes entregados en Ferraz para obtener licencias de hidrocarburos, las mordidas de 600.000 euros, los 90.000 en efectivo cerca de los ascensores de la sede socialista, los 500.000 euros en una bolsa deportiva para el rescate de Air Europa… Parece que, en un acotado territorio, el periodismo serio termina imponiéndose.

Pero el resto sigue igual. Les traigo un mero ejemplo. En estos momentos críticos, inmersos en una guerra que puede significar un cambio de fuerzas geopolíticas trascendental, la información de algunos medios permanece tan sectaria como siempre. Basta leer el artículo de Milagros Pérez Oliva en El País titulado Israel se ensaña con El Líbano. La columnista emplea el verbo «ensañar» para describir la acción israelí sin dedicar ni una línea a recordar que Hezbollah es, en la práctica, un ejército de ocupación iraní afincado en El Líbano desde hace décadas, dedicado a atacar sistemáticamente a Israel, a Estados Unidos y a lo que en general denominan «Occidente». A nosotros. Y el tratamiento de la noticia no es casual; es la misma lógica selectiva que ignora los 46 muertos del accidente ferroviario de Ademuz cuando movilizó, como dice Guadalupe, a una sociedad que lloraba por el perro Excalibur. 

En definitiva, la prensa tradicional agoniza entre la precariedad económica, las influencias interesadas y los sesgos ideológicos que distorsionan la realidad. Frente a ello, algunos ofrecen un trabajo riguroso, independiente y sin miedo que insinúa que, tal vez, el periodismo verdadero sigue siendo posible. En tiempos donde la información es un campo de batalla geopolítico, mostrar algo de esperanza no es triunfalismo: es una exigencia democrática. Porque sin verdad, no hay libertad.

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