The Objective
Luis Antonio de Villena

¿Es Trump de derechas?

«Si pensamos en teoría política y en un mundo mejor, Trump sólo puede ser visto como un envanecido patriarca que disfruta jugando con los rifles»

Opinión
¿Es Trump de derechas?

Ilustración de Alejandra Svriz.

Donald Trump es un hombre conservador, pero sobre todo (y más allá del conservadurismo) alguien ávido de más y más poder y que se deja llevar, terrible en alguien con tanto poder, por sus ocurrencias. Cuando accede a este segundo mandato, muchos que no terminan de salir de la debacle histórica de la izquierda, hecha de añicos y trampas en muchos casos, ven a Trump como un paladín que «pondrá las cosas en su sitio» y se ve el aplauso conservador, ahora menos unánime. Hace un año, criticar a Trump se veía como propio de un izquierdista extremo y peligroso, sin embargo, las críticas al presidente de EEUU desde la derecha tradicional, moderada y respetuosa con derechos, libertades y justicia internacional son ya abiertas.

El paladín de la necesaria libertad de Venezuela controla al chavismo, pero el chavismo persevera, y la pobre María Corina (que tanto se emocionó con Trump) parece haberse quedado en agua de borrajas. Y además se ve —en todo— que el presidente USA no es el caballero de la libertad por amor de la libertad, sino por los dos motivos básicos en su vida toda: el dinero y el poder o viceversa. ¿Qué esperar de alguien que ha llegado a la política desde su previa condición de multimillonario? Trump proclama querer «un nuevo orden mundial», y en ello está un tanto como el elefante en la cristalería, pero ese orden, de entrada, es muy simple: Estados Unidos en el pináculo mundial, policía y jefe, y el dinero que empieza con el petróleo de Venezuela y ahora con el dinero que acaso deban pagar los petroleros para cruzar el estrecho de Ormuz. La libertad, el libre comercio, no son gratis. Nada lo es de facto en este mundo. 

Trump no es un personaje de derechas, es un hombre de imperio y capricho. Desdeña y maltrata a Europa y los europeos prácticamente callamos. Quiere que florezca la ultraderecha (Orbán y compañía), pero no dudará en decir que tampoco la necesita para nada, simples compañeros de viaje que no darán problemas. Alguien clásico de derechas, pienso estilo Churchill, jamás diría que iba a destruir una civilización o que devolvería a Irán —una gran cultura detrás— a la edad de piedra. Ahí no hay ideología, hay salvajismo. Me pregunto si esas son formas que pudiera tener nuestro ultraderechista Santiago Abascal. Aires de duro tiene (incluso más que Trump), pero carece de su poder y sus medios. Trump se opondría al éxito de la derecha moderada —entre nosotros el PP— como de una manera, para mí incomprensible e inexplicable, Vox entorpece la llegada de los populares al poder en las autonomías donde han ganado. Que Extremadura esté todavía esperando una mañana feliz de Abascal me resulta impresentable. Pero reconozco a Trump en el estilo del jefe de Vox, aunque haya otras muchas distancias. Si —vengamos a lo de acá— llamamos «derecha» a Feijóo o a Juanma Moreno, dos ejemplos; Trump no es de derechas, porque verá a los referidos como meros buenos chicos, y no se trata de eso.

La guerra contra Irán (ahora se dice que ideada por Netanyahu, que supo involucrar a Trump) debe estar costando mucho más dinero de lo que se dice o imaginamos. ¿Por qué se hace esta guerra, de pronto? Porque EEUU, supuesto paladín de la libertad —de nuevo—, quiere acabar con la dictadura teocrática de los ayatolás, y la gente de Irán se echa a la calle esperando un cambio de régimen que no llega, pero sí una brutal represión y, aparte, más de 40.000 muertos entre los manifestantes. No olvidemos, Trump se olvida del cambio de régimen (como en Venezuela), pero trata de llegar a una paz que reparta dinero. ¿Eso es de derechas? Tampoco olvidemos que los ayatolás son una execrable dictadura de derechas dentro de un islam ultraconservador.

También se asoma Trump a la empobrecida dictadura cubana (esta de izquierdas), pero no parece tener prisa, porque Cuba tiene poca materia para el negocio. Con el azúcar y el tabaco no va ahora muy lejos. Antes de ir a Cuba, Trump debe ver fuentes de ingreso. El gran líder de la libertad mundial es sólo la llamada, el banderín de enganche, la apariencia, pero siempre debe haber más. Los venezolanos, me ha dicho un conocido desde allá, están esperando hechos, no palabras. Y Delcy puede ir hablando más suavecito, pero lo básico no ha mudado. ¿Se ha vuelto demócrata Diosdado Cabello? ¿Es un gesto de cambio en Cuba el hecho de que, durante un fuerte apagón nocturno en La Habana, uno de tantos, todo esté a oscuras, menos el hotel donde se aloja, sin penas, la tropa podemita que llegó para defender la Revolución? Se me ocurre a mí que un genuino líder de derechas primero buscaría el orden, el ir solidificando el camino, terminándolo, en lugar de que todo parezca estar a la mitad. Y Trump todavía no ha terminado nada, aunque lo haya soliviantado todo.

«Me pregunto si esas son formas que pudiera tener nuestro ultraderechista Santiago Abascal. Aires de duro tiene (incluso más que Trump), pero carece de su poder y sus medios»

El presidente USA no es un adalid de la derecha, es un cesarista imperialista y amante del dinero, que sólo puede contentar a quienes quieren crecer —en Europa— a costa de su poder. El papa León XIV, estadounidense de nacimiento, es ahora mismo, con mesura, uno de los principales líderes anti-Trump. Hablamos de extrema derecha, pero, además, de un volatinero del abismo. 

La política de lo real hace indispensable que tratemos con Trump, usando sonrisa y tratando de frenar sus algaradas. Estar en su contra, a las claras, tiene el peligro de chocar contra un bloque de granito. Se imponen precaución y cuidado. Pero si pensamos en teoría política y en un mundo mejor —tan difícil—, Trump sólo puede ser visto como un envanecido patriarca que disfruta jugando con los rifles. Un caprichoso infantiloide oscuro. No es la buena derecha. No me gusta.    

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