El viaje comienza ahora
«Apenas puede creerse que los participantes de la misión sean representantes de la misma civilización que tiene un Gobierno que prioriza la polarización»

Ilustración generada con IA.
La rueda de prensa de los astronautas de la misión Artemis II —Christina Koch, Victor Glover, Reid Wiseman y Jeremy Hansen— a su regreso a la Tierra, cargada de sabiduría y belleza, me recordó el libro titulado justamente Regreso a la Tierra. Memorias y reflexiones de nueve astronautas al volver del espacio. La idea del volumen, del editor Jacobo Zanella, de la editorial independiente mexicana Gris Tormenta, es explorar la literatura que sobre el espacio han escrito los astronautas, centrándose no en las peripecias del viaje, sino en el impacto de volver a casa tras verla desde el espacio. No la Ilíada, sino la Odisea.
Los nueve testimonios que recoge el libro, más una selección de fragmentos al final de otros muchos astronautas, son reveladores, puntos de vista novedosos sobre la experiencia humana a tomar en cuenta y cuya belleza filosófica recuerda la de los primeros exploradores aéreos, desde el ya citado en estas páginas Antoine de Saint-Exupéry hasta Amelia Earhart. El libro incluye a dos héroes enfrentados de la Guerra Fría, Yuri Gagarin y Neil Armstrong, de cuyos testimonios se borra la geopolítica: más allá del uso político que hayan sufrido, son hermanos de una experiencia, pioneros de la saga humana.
Entre lo que se puede extraer de ese libro, impresiona, primero, los cambios físicos del cuerpo, que implican un reaprendizaje al regresar. Hay que volver a aprender a caminar, a levantar peso, a medir las distancias. En la gravedad cero del espacio, el cuerpo crece y todo se reacomoda. Nuestros cuerpos y su funcionamiento son hijos de la fuerza de gravedad. Liberadas de esa presión, débil pero constante, las vértebras se separan; la columna se estira. Esa misma liberación tiene un precio: el hueso se debilita, pierde densidad, se vuelve frágil sin la carga continua de la gravedad. Rodolfo Neri Vela cuenta que incluso tuvo que aprender a caminar de nuevo. Por eso, los tripulantes de la nave Orión estuvieron haciendo ejercicio todo el tiempo.
Después está el impacto de entrada, que en las naves soviéticas era particularmente intenso y que las estadounidenses atenúan… en la medida de lo posible. Entrar en la atmósfera es, en palabras de uno de los testimonios, como el impacto del choque directo en una carretera a bordo de un carrito de la montaña rusa más salvaje e inclinada del mundo. La turista espacial Anousheh Ansari relata los amarres brutales que impone la posición de regreso, los vendajes, la presión, la lucha del cuerpo por no ceder al desmayo. En ese trance, la rusa Soyuz es una máquina áspera, desnuda, casi sin concesiones, en comparación con los más o menos confortables cohetes de la NASA.
Y luego, la incertidumbre. Durante los primeros vuelos no se sabía con precisión dónde había caído la nave, y era una carrera contra el tiempo localizarla en el mar, ya que los astronautas podían estar de cabeza o en cualquier posición. Pero esto, con todo, no dejan de ser pequeñas indisposiciones físicas frente al verdadero impacto, que es mental.
Los testimonios de Regreso a la Tierra pueden dividirse en dos: los «místicos» y los «centinelas». Los primeros son aquellos que, al estar en el espacio, sienten una extraña fuerza que los conecta con el cosmos, como si todo adquiriera de pronto un sentido más profundo y dejara de existir el dentro y el afuera y todo formara parte de un tejido inmenso del que la Tierra y los hombres forman parte armónica. Es un fraseo que recuerda a Aldous Huxley con la mescalina. Es el caso de Edgar Mitchell, que dejó la NASA para fundar el Instituto de Ciencias Noéticas, desde donde, con ecos de religiones orientales, exploró las conexiones entre los seres humanos y el universo.
Esa es una sensación, pese a todo, minoritaria. La mayoría de los cosmonautas siente lo contrario: el vértigo de la soledad. El frío inmenso, desolado e incuestionable universo, sin sentido, brutalmente indiferente, contrasta con la belleza azul de la Tierra, diminuta y aislada. Y de ahí surge el llamado urgente a cuidarla, a entender que la humanidad es una sola, que en el espacio no se distinguen fronteras ni banderías. Los vuelve, casi sin quererlo, preceptores natos del humanismo. Son los centinelas.
Una de las ventajas de vivir en una ciudad pequeña —no escribo pueblo porque mis vecinos me matan— como Aranjuez es que en la noche aún se ven las estrellas. Y es algo que no deja de sorprenderme. Miro hacia arriba buscando respuesta a preguntas no formuladas. Lo que más impresiona es que estoy viendo un mapa, una suma de constelaciones, que en realidad no existe. Lo que se presenta ante mí como presente no es más que una superposición de pasados. Alfa Centauri, a su vez compuesta de estrellas con desplazamientos temporales, está a cuatro y pico años luz: veo algo que sucedió hace cuatro años. Esto se combina con Venus, mi condena, a seis minutos de distancia. Y eso es lo más cercano a mis atribulados días. Otras estrellas ya no permiten consuelo: el tiempo produce vértigo. Basta alzar la vista una noche cualquiera para contemplar algo que está a miles de años de distancia de mi presente.
Me recuerda a mis lecturas enfebrecidas de Roger Penrose. Los físicos teóricos que saben comunicar sus exploraciones son, de algún modo, los filósofos de nuestro tiempo, ya que se hacen las preguntas fundamentales. Con Penrose descubrí que el presente es un hechizo, una intuición humana equivocada. Que en la estructura del espacio —si uno acepta ese vértigo— ya están escritos de alguna manera el pasado, el presente y el futuro. Y todo por culpa de la velocidad de la luz. Volvemos a los griegos, ahora a los trágicos. Con una singularidad: no niega el libre albedrío. Es decir, que lo que decida hacer, que soy libre de hacerlo, de alguna forma ya está inscrito en la arquitectura del universo.
Volviendo a la rueda de prensa de los héroes que han regresado del primer viaje a la Luna en 50 años, emociona oír a Hansen decir: «Cuando nos miran, no nos están viendo solo a nosotros, nosotros somos un espejo que los refleja; si les gusta lo que ven, miren un poco más allá: esto son ustedes». O a Koch, expresando cómo ha aprendido el sentido de una tripulación, cuyos miembros luchan unidos «cada minuto» con un mismo propósito, que están «dispuestos a sacrificarse por los otros, que infunden gracia, que se hacen responsables, que necesitan los mismos cuidados y tienen las mismas necesidades», que están profundamente unidos, y lo compara con la Tierra entera, allí lejos, pequeñísima, flotando en mitad de la oscuridad, un «bote salvavidas colgando imperturbablemente en el universo», y acaba apostillando: «La Tierra es una tripulación».
También a Glover, lejos de los identitarismos impuestos, reconociendo que sí, puede servir de ejemplo para otros niños negros que quieran ser astronautas, igual que pasa con su compañera Koch y las niñas, pero que le gustaría que eso perdiera el sentido, porque la historia que han hecho pertenece a la humanidad, no a ninguna raza o sexo.
Apenas puede creerse que los participantes de la misión Artemis II, Christina Koch, Victor Glover y Reid Wiseman —Jeremy Hansen es canadiense—, sean representantes de la misma civilización que, hoy, tiene un Gobierno que prioriza la polarización, el miedo, la exclusión, el capricho, la estupidez y la irracionalidad. Que convivan en el mismo plano de realidad seres tan distintos como Donald Trump y estos astronautas es perturbador, un capricho de los astrólogos más que de los astrónomos. Dejo para el final las palabras del comandante Wiseman —un apellido como destino—, quien dijo que formar parte de este hito y alcanzar el espacio es fantástico, pero mejor aún es el regreso, que es muy especial ser humano y vivir en la Tierra rodeado de tus amigos y familiares. Asombra de verdad entender, en suma, que para estos cuatro exploradores, el viaje apenas empieza.