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Pan, circo y silencio

Han visto la noticia aquí mismo: restaurante de Brooklyn en el que no se permite hablar.

Han visto la noticia aquí mismo: restaurante de Brooklyn en el que no se permite hablar. Y la podemos completar con un par de ocurrencias anteriores, como el restaurante totalmente a oscuras en el que uno debe adivinar lo que come y bebe, o el restaurante en el que se come tumbado en un comedor que remeda los triclinios romanos. De estos últimos recordamos uno en Madrid, pero debió de durar poco tiempo, porque hace muchísimo que no hemos vuelto a oír hablar de él: bien desaparecido estará. Y, con todo, lo de comer recostado es infinitamente menos ofensivo que lo del silencio obligatorio o la oscuridad total para la sensibilidad de cualquier persona que vea en el acto de comer algo más que una necesidad fisiológica que se puede hacer menos tediosa con alguna ocurrencia bufa.

Las grandes civilizaciones de Oriente y Occidente, y no digamos las nacidas alrededor de nuestro Mediterráneo, se definen y se dignifican por su cocina y por la forma de disfrutarla tanto como por su literatura o su ciencia. La comida, si proviene de unos buenos productos en sazón hábilmente manipulados por manos artesanas, y si está acompañada de una bebida de origen natural que la acompaña armoniosamente (y puede ser el vino, pero también la cerveza, el sake y algunas cosas más), nos lleva sin esfuerzo, no ya al placer del tragón satisfecho, sino al estado de realización y bienestar en el que participan la charla con los demás comensales, la contemplación de unas viandas y unas copas atractivas, su degustación y los comentarios bienhumorados sobre todo ello. Un acto profundamente cultural y de comunión.

Comer con los ojos ciegos, comer sin articular palabra serán curiosidades que, en esta etapa helenística y bastante decadente de nuestra civilización, pueden atraer a gentes en busca de novedades morbosas y a las que el aroma, el sabor y la conversación traen al pairo. Pero, para los demás… ¡Patético!

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