Gonzalo Gragera

Para qué vida eterna

La revista <em>Nature</em> ha publicado un ensayo en el que asegura una edad imposible de driblar cuando se asoma por las campanas el toque de agonía. Cuando nos espera paciente el domicilio social del otro barrio. Aquel desde el que, excepto Lázaro y Cristo, nadie más vuelve, nadie más pica billete. Al menos que se sepa. Los autores del artículo son para recitarlos a las seis de la mañana, regreso de boda en el autobús, cuando por cierto, ahora que sacamos el tema, aquello se asemeja más a un capítulo de <em>The Walking Dead</em> que al fin de una fiesta. Pero los nombres de los genios, que nos salimos por la tangente: Xiao Dong, Brandon Milholland y Jan Vijg. Obviando la ironía de que un científico se dedique a estas investigaciones y estudios sobre la muerte con el nombre de Xiao, el artículo pone el límite de nuestra vida en 122 años. A lo sumo, 125.

Opinión

Para qué vida eterna
Gonzalo Gragera

Gonzalo Gragera

1991. En la actualidad colabora en la cadena COPE –Sevilla-, en Zenda y en The Objective. Su último libro es La suma que nos resta (Premio de Poesía Joven RNE), editorial Pre-textos.

La revista Nature ha publicado un ensayo en el que asegura una edad imposible de driblar cuando se asoma por las campanas el toque de agonía. Cuando nos espera paciente el domicilio social del otro barrio. Aquel desde el que, excepto Lázaro y Cristo, nadie más vuelve, nadie más pica billete. Al menos que se sepa. Los autores del artículo son para recitarlos a las seis de la mañana, regreso de boda en el autobús, cuando por cierto, ahora que sacamos el tema, aquello se asemeja más a un capítulo de The Walking Dead que al fin de una fiesta. Pero los nombres de los genios, que nos salimos por la tangente: Xiao Dong, Brandon Milholland y Jan Vijg. Obviando la ironía de que un científico se dedique a estas investigaciones y estudios sobre la muerte con el nombre de Xiao, el artículo pone el límite de nuestra vida en 122 años. A lo sumo, 125.

Alrededor de la muerte siempre hubo una curiosidad tan eterna como la propia condición de aquella. En los primeros pasos de la civilización, fue el germen de religiones, creencias y filosofías. Casi un objeto de culto. Ahora, en estos compases de la posmodernidad, tan dados a la negación/relativismo de las categorías universales, la muerte es un ser que nadie se atreve a mirar a la cara. Que se esquiva como a solidarios de onegés en las avenidas de las capitales. Desde elbotox de Carmen Lomana al interés que despiertan estudios como este que hoy traemos.

Y yo que la vida eterna no la quiero ni en pintura. No una vida de materia, carnal, me refiero. Qué sopor. Qué hastío. Qué apatía. Qué desgana. Ver cómo se suceden los acontecimientos de la historia, repetidos no en tiempo pero sí en forma, saber con certeza de funcionario lo que pasará por la mente de aquel, por la estrategia del otro, por el curso de los acontecimientos. Saludar las mismas guerras de siempre, los mismos desconciertos, alegrías, seducciones, inventos, catástrofes. Ver que al fin España acordó un pacto de gobierno justo antes de que alguien diga que nos vamos a juicio. ¿Al de la Gürtel? No, amigo, al final.

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