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Paseo por el amor y la muerte

"Leyes aparte, todos sabemos que negarse al confinamiento, tanto en el affaire madrileño como en el londinense, era negarse a la muerte y apostar por la vida"

Foto: YVES HERMAN | Reuters

No quisiera pecar de frívolo, pero entre las fúnebres estadísticas diarias, el contrapunto ha estado en dos sucesos amorosos y su trasfondo de infidelidad, un elemento que a todos cohesiona frente a la noticia. La primera ha ocurrido en España y trata de periodistas confinados que ahora están desconfinados en todas las revistas de corazón. De hacer prensa a ser objeto de la misma, un paso frecuente y paralelo al de aquellos periodistas de política que acaban en políticos ellos mismos. Suele ocurrir en tiempos prerrevolucionarios y revolucionarios: mejor el amor y menos perjudicial para la sociedad.

La segunda trata del druida del equipo de Boris Johnson, ya que una vez la ciencia hace aguas frente al mal, llegan los poderes mágicos. Aquí en España tenemos a Simónix y allí en Gran Bretaña tienen a Cuarenténix, pillado en flagrante adulterio, como solía decirse en el pasado siglo, durante el confinamiento por él propuesto a su jefe, que prefería bailar el tango con el virus. No sólo eso: enfermo Cuarenténix del Covid19 –también le ocurrió a Simónix– parece que puede haber contagiado al marido de su amante, por vía interpuesta, ya saben. En momentos difíciles las conductas heterodoxas dan la medida de nuestra osadía formulada como modo de supervivencia. Ocurre en las pestes, ocurre en las guerras y ocurre a veces en la vejez, que es otra antesala de la muerte. En Cuarenténix pudo la pasión sobre el peligro que él mismo conjuraba. Paseo por el amor y la muerte.

Éste era el título de una película que dirigió John Huston y que yo recordaba, equivocadamente, como la historia de amor entre dos jóvenes en una Europa medieval asolada por la peste, muy adecuado. Pero al consultar la filmografía de Huston he visto que no era la peste sino la Guerra de los Cien Años. La memoria también se pierde en los confinamientos, donde cada día es una especie de Día de la marmota y al fin y al cabo, los protagonistas de aquella película se amaban en medio de la desolación y el miedo, como Ferguson –nombre del druida– y su amante lo han hecho en el vacío letal de la distopía que vivimos. Pero si los primeros eran muy jóvenes, ellos son adultos y sin embargo los más afectados y los peor amenazados por la peste han sido los mayores. ¿Es la pasión una vía de reafirmación en la vida cuando la muerte, por edad, asedia con más armas como es el caso de la plaga de Wuhan o de donde sean el murciélago y el pangolín, el maligno reservorio y su fatídica dispersión?

Tanto Yasunari Kawabata como Gabriel García Márquez, uno en La casa de las bellas durmientes y el otro en Memoria de mis putas tristes nos han contado que sí, y no sé si ahora se lo dejarían contar, ni a uno ni a otro, de la misma forma. Ya es que hay mucha amnesia que si no les montaban un escándalo post-mortem. Pero en ambos libros el amor se ciñe al erotismo como fuente de vida y no al revés. Esto me ha hecho pensar en el frío Paul Valéry, al que la edad lo pilló enamorado de una mujer treinta y dos años más joven que él, que tras siete años de apasionamiento acabó abandonándolo. A los dos meses, Paul Valéry moría y de nada le sirvió su gelidez intelectual; ni como bastión ante la desgracia le sirvió. Antes se había reflejado en Goethe, también partidario del amor en la edad provecta, pero más cínico, más romano pasado por Weimar, en cuestiones sentimentales. Lo común a todos –incluidos los personajes de las novelas del japonés y del colombiano– era su negación de la muerte a través del amor. Como los personajes de la película de Huston. Como, en el fondo, ha ocurrido –lo sepan o no– en los casos de los periodistas españoles y del científico británico y su amante. Leyes aparte, todos sabemos que negarse al confinamiento, tanto en el affaire madrileño como en el londinense, era negarse a la muerte y apostar por la vida. ¿Con cuántos habrá ocurrido sin haber sido descubiertos?

Con la afición numérica que nos atosiga y aturde, una estadística sobre la materia –con comparativas entre comunidades autónomas– tal vez nos despertaría más de una sonrisa. Aunque no haya motivos, creo que nos las merecemos. Las sonrisas, digo.

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