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Aloma Rodríguez

La vida en suspenso

«Las cosas se acaban, como ha sucedido con la revista Rockdelux, que ayer anunció su cierre después de treinta y cinco años»

Opinión

La vida en suspenso

Me gustaría no hablar del tema, hablar tal vez de un libro que me haya gustado mucho, una peli o una serie. Pero no puedo: no puedo porque me cuesta concentrarme en la lectura, no he tenido demasiada suerte con las películas –excepto con los Diarios de Perlov, pero no me atrevo a escribir aún de ellos– y las series que he visto –Pure– aún no sé qué me han parecido. En realidad, imagino que lo que sucede es que no puedo escapar del tema. No se me va de la cabeza el estado de alarma ni que ahora, además, caminamos hacia la incertidumbre política: mañana se vota la prórroga del estado de alarma y esto ya se ha convertido en un a ver quién puede más, solo que quienes perdemos somos los ciudadanos. La crítica ya es imposible porque es todo posición, lo mismo pasa con la justificación de las decisiones y medidas: cuesta mucho distinguir los argumentos de las defensas cerradas. Como ha sucedido con muchas otras cosas, esto siempre ha sido (un poco) así, solo que esta crisis lo ha hecho más visible. ¿Estoy de acuerdo porque me han convencido o me han convencido porque estoy de acuerdo?

Y mientras tanto, seguimos con la vida suspendida, congelada, esperando la vuelta a la normalidad para comenzar la reanimación lenta y progresiva. Pero eso es también una ilusión: entre tanto, las cosas se acaban, como ha sucedido con la revista Rockdelux, que ayer anunció su cierre después de treinta y cinco años y casi cuatrocientos números. La publicación era uno de los pocos prescriptores que quedaban, en lo musical, casi el único. Me acuerdo cuando un amigo me mandó la breve reseña que habían hecho de mi libro ahí, no era especialmente positiva, pero era como si me hubieran invitado por fin a la fiesta del capitán del equipo. Me gustaba mucho la sección del músico y escritor Remate y los recopilatorios de lo mejor de (el año, la década, etc.). Los compraba esperando poder ponerme al día, agradeciendo que alguien se tomara la molestia de separar el grano de la paja por mí. La desaparición de Rockdelux deja un hueco, pero no sé si los huérfanos somos bastantes como para alimentar otra publicación. Guardo algunos ejemplares en cajas encima del armario, otros (el que tiene a Soleá Morente en la portada, de abril) todavía están en la mesa baja del comedor. Ahora me alegro de haberme puesto cabezona el día que mi novio me sugirió que los tirara.

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