Laura Fàbregas

"Por mis cojones"

"Esta incapacidad de llegar al pacto también tiene esta variante testicular. Amigos míos muy sinceros que trabajan en ministerios me cuentan que a veces es 'exceso de testosterona', que imposibilita la resolución de conflictos"

Opinión

"Por mis cojones"
Foto: Francisco Seco
Laura Fàbregas

Laura Fàbregas

Vivo entre Madrid y Barcelona. En tierra de nadie. Me interesan las causas incómodas. Pero lo importante no es lo que se dice sino lo que se hace.

Hay una frase en la vida política madrileña muy manida e incluso tópica pero no por ella menos cierta que es la de «por mis cojones». El empecinamiento español que ve el entente y la negociación como signo de debilidad. Solo en algunos casos es bueno y portador de grandes gestas, como explica Jorge Bustos en su libro Vidas Cipotudas. Este peculiar rasgo ha sido bien aprovechado por el nacionalismo para marcar distancias y sostener que Cataluña es una tierra acostumbrada al pacto. Algo de cierto hay también en ello, y no hay que quitarle mérito. Pero también es la idealización de una pequeña diferencia. Un narcisismo, que diría Freud, con una clara intención política. A menudo en Cataluña el acuerdo ha llegado porque la oposición era una mera ilusión y la existencia de un enemigo externo facilitaba la cohesión y el cierre de filas en torno a un líder.

En el resto de España, sin embargo, esta incapacidad de llegar al pacto también tiene esta variante testicular. Amigos míos muy sinceros que trabajan en ministerios me cuentan que a veces es «exceso de testosterona», que imposibilita la resolución de conflictos. Aunque una famosa dirigente andaluza solía terminar las reuniones «por su coño». Y a ver quién le iba a la contra. Puede ser tan solo una cuestión de tiempo, habituarse a un sistema político cada vez más fragmentado y en el que el pacto deviene ahora obligatorio. De momento parece que los electores premian el «no es no», sea del lado que sea. La pureza se impone al pragmatismo. Y todo apunta a que las redes sociales contribuyen a la segmentación política y al empobrecimiento de la conversación pública.

Cada vez hay menos matices. Y, en consecuencia, no son pocos los que les cuesta entender que «tener cojones» es justo lo contrario que remarcar el posesivo. Y que la valentía es ceder y no imponer. Si no, solo queda el regreso paulatino al bipartidismo.

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