Gonzalo Gragera

Principios básicos

«Lo que ocurrió este pasado fin de semana en Vic no puede justificarse con oraciones adversativas. La violencia no puede ser una respuesta legítima en democracia»

Opinión

Principios básicos
Foto: Enric Fontcuberta| EFE
Gonzalo Gragera

Gonzalo Gragera

1991. En la actualidad colabora en la cadena COPE –Sevilla-, en Zenda y en The Objective. Su último libro es La suma que nos resta (Premio de Poesía Joven RNE), editorial Pre-textos.

Ni las intimidaciones alrededor de la casa del vicepresidente del Gobierno y de la ministra de Igualdad; ni los escraches de aquellos ya lejanos 2012, 2013; ni las pintadas con amenazas en los negocios de la familia de Albert Rivera. Tampoco los insultos y los escupitajos a las representantes de Ciudadanos en las manifestaciones del 8M. Y por supuesto, no se puede consentir la más mínima agresión a quien prepara un mitin de campaña. Lo que ocurrió este pasado fin de semana en Vic no puede justificarse con oraciones adversativas. La violencia no puede ser una respuesta legítima en democracia.

No sabría decir si ha sido la reacción general tras los altercados, pero aún se dan estas situaciones: nos cuesta defender al adversario ideológico, pues tenemos la sensación —equivocada, claro— de que al hacerlo estamos comprando su discurso político. En este caso ha sucedido en la izquierda, por el simple hecho de que los agredidos son de Vox, pero también, claro está, ha ocurrido en la derecha, cuando los afectados han sido dirigentes de Podemos. Ha sido relativamente compartido el tuit del escritor y doctor en Filosofía Xandru Fernández, quien escribió: «Que sí, hombre, que a lo mejor ni tú ni yo tiraríamos nada a una caravana de Vox cuando pasa por nuestra calle, pero ni un minuto de mi tiempo pierdo en abroncar a los que sí lo hicieron. A ver si los fascistas van a ser ellos y no los otros». Se entiende que él no se dedicaría a, no sé, tirar objetos punzantes a alguien, pero que si otros lo hacen, pues tampoco está mal el asunto. Los otros, Vox en este caso, por su discurso de odio, tienen lo que se merecen: más odio, violencia, agresividad. Es esta una tesitura peligrosa. Por muchos motivos. Para empezar, uno un tanto obvio: porque estás legitimando una conducta fascista que, parece, te repugna. Habrá quien diga que defenderse del fascismo con esas formas no es fascismo: una especie de legítima defensa, comprensible legítima defensa. Bueno. Por ahora, el hecho, este hecho concreto en Vic, empieza con un partido que va a dar un mitin a una localidad catalana y otros que van a reventar un mitin de un partido en una localidad catalana. Y ya.

Causa perplejidad las veces que leemos calificaciones de terrorismo o violencia en actos que no son tales —casi siempre sucesos que nos sirven para sobredimensionar y hacer de nuestra ideología un bien de primera necesidad—. Sin embargo, qué rápido tiramos de circunloquios, falacias, rodeos, el clásico sentimentalismo, cuando nos topamos con actos de violencia, innegable violencia, contra aquellos que no nos provocan la menor simpatía. Es inquietante la influencia de la ideología en nuestro criterio. El poder de la animadversión en la construcción de nuestros análisis, de nuestras percepciones. Cómo nos determina la inquina ideológica. Más aún, claro, cuanto más nos acercamos a los extremos —que en España son los populismos—.

Si se afirma que lo ocurrido en Vic es intolerable no nos estamos posicionando a favor de las ideas de Vox —un partido que, sin duda, y en numerosas ocasiones, ha aprovechado la animadversión para trabajar su política—. Estos disturbios son inaceptables porque van contra un principio elemental, básico, de cualquier democracia: la intimidación, la trifulca, la agitación callejera, la agresividad, no es una opción a la hora de hacer política.

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