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¿Recesión o no recesión?

Si la otra noche en el debate de los cinco candidatos escucharon promesas de gasto o de subidas de impuestos, no se fíen. No hay margen ni para unas ni otras

Foto: Mark Lennihan | AP

“El aliento del otoño empieza a helar los caminos”. La búlgara Georgieva, nueva directora general del Fondo Monetario Internacional, usó esta cita del poeta Pushkin para referirse al momento que vive la economía mundial. Todos los datos corroboran el enfriamiento de la actividad. En el caso de España, el último disgusto nos lo ha dado Comisión Europea, al anunciar que reduce en cuatro décimas, hasta el 1,9%, la previsión del crecimiento para 2019 y el 1,5% en 2020. El FMI considera que el mundo entra en recesión si en su conjunto de su PIB crece por debajo del 2,5%. Su previsión para este año es que avance un 3%, la tasa más baja desde la crisis financiera de 2008 pero aún por encima del fatídico umbral, y un 3,4% el año que viene. Lo que supone una ligera recuperación. ¿Estamos entonces al borde de una nueva recesión mundial o se trata sólo de un bache? ¿Se nos acabarán helando los caminos, como dice el poeta ruso, o el frío aliento será pasajero?

Algunos economistas creen que el pesimismo es exagerado y ven sólo un parón en medio de una fase de expansión. Los analistas de Oxford Economics, citados por el Financial Times, señalaban recientemente que de las 45 principales economías del mundo que estudian, sólo cinco han sufrido un retroceso en el segundo trimestre del año. Las tres mayores, el Reino Unido, Alemania y Taiwan representan un 6% del PIB mundial. En cuanto a renta per cápita (PIB por habitante), que es otra manera de analizar el crecimiento económico, esta aumentó un 2% en 2019 y no fue negativa, como ha ocurrido en las cuatro recesiones que ha sufrido el mundo en los últimos sesenta años. Y otro dato: el peso de las economías emergentes ha pasado de ser un tercio en los años ochenta a representar hoy un 60% del PIB mundial. Y en su mayoría, salvo las de Latinoamérica, crecen saludablemente y con vigor. Un factor que puede ayudar a que el presente parón que sufre EEUU, Japón, la UE y relativamente China, sea más suave gracias al consumo de productos importados por parte de estas economías emergentes con un creciente papel en el comercio mundial.

Hay más motivos para no sucumbir al pesimismo: las dos grandes incertidumbres que más han dañado el crecimiento en el último año parece que se han ido despejando en las últimas semanas. Por un lado, la guerra comercial declarada por EEUU a China especialmente pero también a sus principales socios comerciales y aliados, como la UE o Canadá, en algunos sectores estratégicos, parece ir reconduciéndose. La Administración Trump ha llegado a algunos acuerdos con Pekín y ha descartado por el momento aplicar aranceles a la industria europea del automóvil. Wall Street se lo ha agradecido. ¿Será que la proximidad de las elecciones presidenciales y su baja popularidad le han hecho entrar en razón? Por otro, Boris Johnson parece haber recapacitado y tras llegar a un nuevo acuerdo con la UE, posible gracias a las impensables cesiones británicas en la cuestión de la frontera entre las dos Irlandas, defiende ahora una salida ordenada del Reino Unido de la UE y está convencido de que su gestión va a ser premiada en las próximas elecciones generales. Dicho esto, visto el imprevisible carácter de ambos líderes, no hay que descartar que un desafortunado tweet de Trump o una pataleta del intempestivo Johnson puedan descarrilar todo ello.

Los responsables de las políticas monetarias y fiscales de los países más afectados por el enfriamiento pueden por su parte ayudar a que el presente bache no se convierta en un socavón. Su capacidad para estimular la economía está, sin embargo, limitada. La razón: la munición de los bancos centrales está prácticamente agotada. Todavía la Reserva Federal estadounidense tiene algo de margen para bajar sus tipos de interés, pero desde luego no es el caso de Europa o de Japón, donde los intereses son cero o incluso negativos. China, que sufre el bache con un envidiable crecimiento del 6%, no tiene problemas en intervenir como le plazca en su economía, monetaria o fiscalmente, para intentar situar la tasa de crecimiento por encima del 10%, como ha registrado de media en la última década. El régimen autoritario de Pekín tiene como límite la pérdida de la confianza de los inversores en su sistema. Un escenario lejano hoy por hoy.

Ante las limitaciones de la política monetaria, la mirada se dirige a la política fiscal. Porque la idea es evitar a toda costa la japonización de Europa y de EEUU. Desde la burbuja inmobiliaria de los noventa, el país asiático apenas ha crecido y su inflación es cero o negativa. El BCE de Mario Draghi venció la crisis del euro pero no ha logrado en sus ocho años de presidencia acercar la inflación al objetivo del 2% que está en el mandato de la institución. Y ello pese a sus generosas y nada ortodoxas políticas de estímulo. Su sucesora en el cargo, Christine Lagarde, puede hacer poco más que mantener las políticas expansivas con efecto limitado adoptadas hace un mes por el italiano.

Dada la parálisis de los agentes económicos y la eficacia limitada de la política monetaria, ¿debería el gasto público tomar el relevo para reactivar la demanda? ¿Vuelta a Keynes? Relativamente. No hay muchas las economías con sus cuentas saneadas que se puedan permitir hacerlo. Alemania, que tiene superávit fiscal y financia su deuda a tipos de interés negativos, podría gastar más. Pero su miedo atávico a la inflación y su tendencia al ahorro atraganta políticamente la medida.

¿Y España? En comparación con sus socios de la eurozona es uno de los países que más crece. Pero también lo hace con los mayores desequilibrios. Si la otra noche en el debate de los cinco candidatos escucharon promesas de gasto o de subidas de impuestos, no se fíen. No hay margen ni para unas ni otras. Ya se lo advirtió el BCE en su último boletín económico. La razón: su elevada deuda pública (cercana al 100% de su PIB) y la existencia de un elevado déficit público de carácter estructural (el más alto de la eurozona).

Así que toca depositar la confianza en que las menores tensiones comerciales y la previsible salida con acuerdo del Reino Unido permitan recobrar paulatinamente la confianza a los agentes económicos. La reciente subida de los mercados de valores son un buen indicio. ¿Será suficiente para evitar que el pesimismo convierta el enfriamiento en recesión a modo de profecía auto-incumplida?

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