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Réquiem

Leo a Ajmátova. Afuera hace frío y llueve con furia. La luz, intermitente, va y viene en la isla. Enciendo unas velas. A esta hora ya sé que caerá la noche antes de que llegue la aurora. Leo a Ajmátova escribir sobre la muerte: la muerte del hijo que la madre quiere narrar en un réquiem deshecho por el dolor. La vejez, la nieve húmeda, el llanto, las colas interminables de madres llorando por sus hijos, de madres apegadas a una esperanza sin horizonte; una esperanza triste de nanas de la cebolla. “¿Y usted puede describir esto?”, le preguntaron una mañana junto a la cárcel. Era otra madre, como ella. Y Anna Ajmátova contestó: “Puedo. Y entonces, algo como una sonrisa resbaló en aquello que una vez había sido su rostro”. La necesidad de testimoniar, de guardar la memoria, de preservar el sufrimiento de miles y miles de madres por sus hijos presos en las cárceles de Stalin. “Puedo describirlo”, dijo Ajmátova, oculta tras su pobreza; puede hacerlo y lo hará en un Réquiem que relata el largo entierro de la humanidad masacrada por el hombre y por las ideologías. “En tus labios –leemos– el frío de un icono”. Los santos han muerto. El mundo calla.

Ajmátova sabe en Leningrado lo mismo que la enfermera Etty Hillesum en el campo de Westerbork, o que Simone Weil en su exilio londinense. Sabe lo mismo que el teólogo protestante Dietrich Bonhoeffer en las cárceles de Hitler. Sabe que la humanidad se encuentra en “la medianoche de la historia” –como tituló el profesor Reyes Mate su libro sobre Walter Benjamin– y que la poesía debe testimoniar la negra oscuridad y valerse de la escasa luz que preserva la esperanza. “Contra toda esperanza” tituló precisamente sus memorias de aquellos años Nadiezhda, viuda del poeta Ósip Mandelstam. “La esperanza canta siempre a lo lejos”, le replica Anna Ajmátova. No la niega. No niega la luz de la vida. Su hijo murió, como tantos de sus amigos, como su marido. Pero ella sabe que debemos apegarnos a esta esperanza contra toda esperanza. A pesar del dolor. A pesar del horror que nos envuelve en días como hoy en Mallorca, cuando la naturaleza caída destruye la vida y el esfuerzo humano. Y, como Lot, nuestros ojos intuyen que no debemos mirar atrás, sino adelante, contra toda esperanza, en nombre de la esperanza.

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