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¿Salvar al capitalismo de sí mismo?

No hay consenso sobre si se trata de un bache pasajero o de si estamos al borde de entrar otra vez en recesión

Foto: Andrew Harnik | AP

¿Necesita el capitalismo ser salvado de sí mismo? Esta era la provocadora pregunta que planteaba el Financial Times hace pocos meses. Y la cuestión parece haberse puesto de moda. El mundo se encuentra al borde de una nueva crisis tras la Gran Recesión sufrida hace tan sólo diez años. No hay consenso sobre si se trata de un bache pasajero o de si estamos al borde de entrar otra vez en recesión. Pero el ciclo expansivo, comparado con anteriores salidas de una crisis, se ha demostrado muy corto. No ha dado tiempo a reparar los daños causados por la crisis ni a corregir los excesos que la provocaron. La guerra comercial declarada por la Administración de Trump a medio mundo y la amenaza de un Brexit desordenado han impactado en las expectativas de crecimiento globales, pero la discusión va más allá. John Maynard Keynes advertía en Las Consecuencias Económicas de la Paz de los dañinos efectos de la humillación económica impuesta a Alemania tras la Gran Guerra. Ninguno de los líderes que firmaron el Tratado de Versalles le prestó la debida atención. Lo siguiente a la miseria económica de la República de Weimar fue el acceso de Hitler al poder y el horror de la II Guerra Mundial y la posterior Guerra Fría que atenazó y dividió al mundo. Convertido hoy el capitalismo en el modelo dominante, ¿conviene revisar las consecuencias de su hegemonía en el mundo?

La caída del muro de Berlín hace 30 años supuso el fracaso del comunismo por su fallido sistema económico y, más importante aún, por la ausencia de libertades individuales. El capitalismo desde entonces se ha erigido como el único sistema económico (y social), abrazado incluso parcial e interesadamente por el régimen comunista de China, lo que le ha permitido convertirse hoy en la segunda potencia económica mundial. Un ejemplo que han seguido otros tantos gobiernos autoritarios en el mundo. Pero su supremacía ha tenido también indeseables consecuencias. Sus abusos acabaron provocando la crisis financiera de 2008 que arrastró al mundo a la peor recesión sufrida desde la Gran Depresión de los años 30, cuyos costes sociales, que se concretan en un preocupante aumento de la desigualdad en las economías avanzadas y emergentes, han erosionado la confianza de la ciudadanía en las instituciones nacionales y multilaterales que lo sostenían. De ahí han surgido los monstruos que hoy amenazan a las democracias liberales. Líderes populistas, a derecha e izquierda, se han convertido en alternativa de Gobierno o directamente hoy nos gobiernan.

¿Qué tienen en común Trump y su Make America Great Again y los líderes de Europa del Este como el húngaro Orban o el partido polaco Justicia y Libertad? ¿O en Francia Le Pen y Salvini en Italia? ¿O la extrema izquierda y la ultraderecha en Alemania? ¿O en España Vox, Podemos, Junts per Cat, la CUP, Bildu y ERC (sí, ese socio necesario para sacar adelante el cansinamente llamado Gobierno de Progreso de Sánchez y Pablo Iglesias)? ¿Y qué decir de Tarcip Erdogan en Turquía, Putin en Rusia, Modi en India o Xi Ping en China (y Hong Kong)? A todos les une lo mismo. Un discurso proteccionista, la reivindicación de la soberanía en una clave populista y de repliegue nacionalista, contra un enemigo externo o interno, siempre inventado o cuando menos forzado, que hoy por hoy les permite canalizar la frustración de parte de la ciudadanía y les renta votos (donde se pueda votar…) o apoyo popular (donde no). Tan crecidos y dañinos como para atreverse a desafiar los pilares del sistema y, en algunos casos, doblegarlos en su beneficio. En el libro How Democracies Die, sus autores Steven Levitsky y Daniel Zibaltt ya lo advierten. Hoy las democracias no mueren por un golpe de Estado o por una revolución. Mueren por el abuso y la deslegitimación de las instituciones que las sustentan y la desaparición de la lealtad que ha de haber siempre entre los enemigos políticos que representan la voluntad popular.

¿Cómo poner coto a los excesos del modelo capitalista para poder seguir asociándolo a las sociedades liberales y abiertas, garantes hasta ahora del progreso económico, los derechos individuales y la cohesión social, que son los valores que representan lo mejor de las democracias avanzadas? El caso de la Unión Europea es el más contundente: con un 7% de la población mundial, su economía representa el 25% del PIB global y más del 50% del gasto social del planeta.

The Economist se pregunta por qué el socialismo en su sentido más clásico, en línea con los ideales marxistas representados por la fallida Unión Soviética, entusiasma a los votantes más jóvenes, identificados por la publicación como los Millennial Socialists.

Es un fenómeno transfronterizo. Ya sea los fans de Bernie Sanders en EEUU o los de Jeremy Corbyn en el Reino Unido o nuestros podemitas nacionales. El caso es que en la década posterior a la crisis, en la que los niveles de vida de la clase media han descendido, parece que las ideas de la izquierda radical están en alza. Y toda una serie de libros intentan explicar o legitimar las razones. ¿Se pueden atribuir al capitalismo todos los males de las sociedades modernas? ¿El estrés, el racismo, la violencia de género, los profesores mal pagados?

Son las reivindicaciones de esa izquierda joven. Que legítimamente defienden los derechos de las minorías. Y que en el caso de algunos, como Podemos, les confunde hasta el extremo de apoyar el derecho a decidir de los independentistas catalanes que no llegan a representar ni a la mitad de esa sociedad. ¿Qué quedó del 15M? ¿Por qué hacer la vista gorda a un posible socio de Gobierno que se dice de izquierdas pero que defiende la independencia en una clave insolidaria y ha apoyado desde hace años a un Gobierno que ha ejecutado los más drásticos recortes en Sanidad y Educación en una de las comunidades más ricas de España?

En su último libro, Capitalism Alone, Branko Milanovic, un académico de izquierdas ex economista del Banco Mundial, reconoce sin ambages el triunfo del capitalismo como modelo de organización social, pero cree que sólo puede asegurar su supervivencia si produce una sociedad más justa y evita los excesos del pasado. ¿Cómo? No está claro, pues la lucha tradicional de los trabajadores, contrapeso hasta hace poco a los abusos del sistema, representados por los sindicatos, se ha desdibujado al reducirse el peso la industria en las economías modernas. El capitalismo, admite, trae prosperidad y garantiza las libertades individuales. Pero tiene un coste moral y no garantiza la estabilidad. El incremento de la desigualdad y todas sus consecuencias es el gran desafío.

No se sabe si los socialistas milenials leen a Milanovic pero ellos creen en un cambio más radical. Mucho más gasto del Estado para proveer una sanidad pública universal y un Green Deal que lidie con el cambio climático. Hasta aquí, casi todos podemos estar de acuerdo. Pero para que el Estado financie esos gastos es necesario la existencia de una actividad económica privada (la pública ya se ha demostrado una vez y otra fallida; el último ejemplo es el coste del rescate financiero a las cajas de ahorro) que genere los ingresos a los que gravar con impuestos. Y esos millennials socialistas rechazan ese sistema. Y hablan de la democratización de la economía. Una propuesta de difícil ejecución y dudosos resultados, según reconoce el propio Milanovic.

En el citado artículo del Financial Times se dan datos que reflejan el crecimiento de la desigualdad de las rentas más bajas frente a las más altas en los últimos 30 años. Y menciona a varios empresarios y banqueros preocupados por la deslegitimación de un sistema que les ha permitido triunfar y enriquecerse pero que está en cuestión por los abusos cometidos. ¿Su respuesta? 181 presidentes de las compañías más importantes del EEUU han firmado un manifiesto para poner límites al poder de los ejecutivos y defender los intereses de los accionistas. Una iniciativa aplaudida por algunos activistas sociales, pero criticada por hipócrita e insuficiente por el senador Bernie Sanders y frontalmente rechazada por el establishment de Wall Street y, por supuesto, Trump.

Y para terminar, una cita del universalmente reconocido como padre del capitalismo, Adam Smith: “La riqueza no está destinada a apoyar los intereses de una clase sobre otra, si no el bienestar de toda una nación”. La famosa mano invisible del mercado estaba allí, según Smith, para procurar “todo lo que beneficie al interés de la sociedad entera y no de unos pocos”. Ahí queda.

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