Daniel Ramirez Garcia-Mina

San Fermín en cinco postales

Los mejores sanfermines son los que no se planean, aquellos que fluyen como el vino que se derrama, como los toros que galopan por la Estafeta, como los gigantes que danzan sobre los adoquines.

Opinión

San Fermín en cinco postales

Los mejores sanfermines son los que no se planean, aquellos que fluyen como el vino que se derrama, como los toros que galopan por la Estafeta, como los gigantes que danzan sobre los adoquines.

Dice John Hemingway, nieto del escritor, que Pamplona atraía a su abuelo porque, durante siete días, ofrece la oportunidad de morir cada mañana. Algunos mueren para volver a nacer, llenando sus corazones de alegría, de sonrisas que se dibujan una vez al año, de viejos amigos que aparecen poniendo nombre a las multitudes, de nuevas caras que se harán eternas. Otros mueren día tras día, brindando con Baco por el hedonismo más puro, ese que ocupa noches y días enteros, aquel que rodea el tiempo de una intensidad fugaz, de momentos difíciles de recordar.

Los mejores sanfermines son los que no se planean, aquellos que fluyen como el vino que se derrama, como los toros que galopan por la Estafeta, como los gigantes que danzan sobre los adoquines. Sin embargo, ese torbellino de pañuelos colorados y corazones indomables siempre acaba acercándose a algunos sitios que, en medio de tantas historias inéditas, se repiten año tras año. San Fermín tiene sus postales, fotos que cambian de contenido, pero que dejan un escenario intacto, grabado a fuego para el recuerdo.

Chupinazo, un loco de madera

La plaza del Ayuntamiento vuelve a reunir a más de tres personas por metro cuadrado. Los nombres y apellidos se desvanecen. Las caras y los cuerpos forman parte de una multitud indivisible, de una marea que, con violencia, se mueve de un lado para otro, intentando expulsar de ese agujero negro a cuantos pueda.

Los balones hinchables y aquellos que están subidos a hombros de alguien coronan el éxtasis de la locura, el final de la cordura, el principio de lo inmortal.

Algunos intentan escapar. Los pocos balcones vacíos de la plaza son abordados desde abajo. Cuando alguno consigue subir, el resto aplaude la épica de lo que cualquier otro día hubiera sido un allanamiento de morada.

Pero siempre hay alguien que se lleva la palma, que protagoniza la ausencia de racionalidad más destacada. Un hombre, de menos de metro sesenta, intenta entrar en la plaza armado de una puerta –sí, una puerta– tan solo cinco minutos antes de que estalle el chupinazo. La madera, bañada en vino, golpea cabezas, manos y brazos una y otra vez. ¿Adónde irá aquel hombre?

El encierro, la vida en un segundo

Son las siete y media. Luis se acaba de levantar. Ha dormido esta noche. Haber descansado es su requisito ineludible para ponerse delante de un toro; un atisbo de seriedad en medio de la locura. De camino al recorrido trota de vez en cuando. Intenta desprenderse del frío del amanecer, ese que contrae los brazos y las piernas, que contrasta con el humo y la calidez del chocolate de los churros.

Se coloca en la calle Mercaderes, en plena curva, igual que hacía su padre hasta que un cabestro le pisó la cabeza. Ahora, orgulloso de su hijo, probablemente esté viendo el encierro por la tele. Su madre, en la cama, espera una llamada que la tranquilice.

Los balcones están llenos. Un par de metros de altura separan el miedo de la expectación, la adrenalina vivida de las miradas ávidas de espectáculo, que observan desde las alturas un terror teatralizado, incomprensible, pero imprescindible.

Los toros toman la curva. El gentío y los empujones impiden a Luis hacer una buena carrera. Las multitudes han robado al corredor cualquier pequeño control que pudiera tener sobre su destino. La suerte, como dados amenazantes que no desvelan su sino hasta el final, se adueña de cientos de vidas durante unos minutos.

Las dianas, allí donde todo se funde

El cielo, de un rojo grisáceo, junta al amanecer a los que mueren cada noche con aquellos que renacen con el día. La Pamplonesa, orquesta de viento y percusión, espabila a los recién levantados y sostiene a los que todavía no se han acostado. Las dianas, nombre de las piezas musicales que bautizan este momento, mezclan el alcohol y el desenfreno con las legañas y los bostezos.

El objetivo original de las dianas –despertar a la ciudad todos los días de San Fermín a las 6:45– se invirtió hace años. Nadie se acuesta y, al mismo tiempo, todo el mundo se levanta para bailar al ritmo de La Pamplonesa. Actuar como despertador es la excusa de una tradición maravillosa.

El frío ha cambiado las camisetas por los jerséis. El suelo resbala porque los servicios de limpieza ya llenan de espuma y perfume las aceras. La decadencia de la noche y el entusiasmo del día se funden en cánticos como éste:

“El que se levante para las seis, delante de los toros correrá. San Fermín que todo lo ve, le bendecirá, le bendecirá, le bendecirá”.

La plaza de toros, discoteca y parlamento

La plaza de toros de Pamplona es el corazón político de la ciudad, una suerte de parlamento donde puede palparse el sentir del ciudadano. Las pancartas, los aplausos y los pitos al concejal presidente de la lidia se tornan un termómetro infalible. En la zona de sol, las peñas animan la tarde con su música, y los aficionados se tiran vino y comida por encima. Mientras, en sombra, el amante del toreo, con la pulcritud que acostumbra, sigue el devenir de la faena.

En la Maestranza de Sevilla nunca imaginarían a un torero rodeado de canciones de Enrique Iglesias, Barricada o Queen. San Fermín lo hace posible. El repertorio es variado, aúna la actualidad y los cánticos tradicionales de la tierra. A veces incluso suenan a la vez. Las diferentes orquestas, tostadas por el sol y repartidas por los tendidos, tocan al mismo tiempo, soplando una banda sonora confusa, envolviendo el oficio del silencio en una postal más del remolino sanferminero.

Los fuegos, la traca final

La vuelta del castillo, envuelta en murallas, es una explanada de hierba enorme, que sorprende porque aparece en pleno centro de la ciudad. Hace frío. Los fuegos están a punto de empezar. Los amigos intentan buscarse unos a otros alumbrando con los móviles la oscuridad. “¿Dónde estás? Entra en la hierba en línea recta desde el restaurante chino que está cerca de la estación de autobuses”. La explanada, hundida bajo un cielo negro a punto de encenderse, esconde incluso a los más altos, que agitan sus brazos para ser localizados.

Son las once en punto. Un cohete abre los fuegos de artificio. Hoy vienen de Suecia, o de Italia, o de Finlandia… Al final de la semana se conocerá el ganador del concurso. Los disparos alumbran la noche. Rojo, amarillo, verde, azul, aparecen y desaparecen como estrellas fugaces, dejando una brisa de pólvora, húmeda y con olor a tierra, como aquellos vientos que describía Baroja.

El tiempo pasa y los cartuchos se acaban. El aficionado mira con recelo la traca final. La intensidad de los aplausos se corresponderá con la fuerza del instante postrero. Un último disparo da inicio a la noche, una oscuridad que unos viven y otros duermen.

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