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Sobre erizos y zorros

Foto: CloudVisual | Unsplash

Uno comienza el año con alma de erizo. Es inevitable.

“¿Para qué salimos?”, preguntaba el maestro Eckhart a sus monjes. “Para encontrar el camino de vuelta a casa,” les respondía. Así iniciamos enero. Pero está bien que, al ponernos a andar, soñemos con grandes aventuras y amores inéditos. ¿Cómo, si no, nos iban a resultar creíbles los buenos propósitos que nos hacemos ante la soledad ubicua del espejo?

“¡Este año sí!”, nos decimos, iluminados por el aura de lo inaugural.

Hay que ser erizo en las primeras semanas del año para llegar como un zorro esquilmado a las postreras. Y así estar en condiciones de añorar de nuevo ser erizo.

Lo propio del erizo es agavillar y agavillarse, andar recogiendo lo disperso en un haz, dejarse arrastrar por la pasión de la unidad y la presbicia hacia la diferencia. Todo erizo contempla la vida con un gran angular y por eso se cree en condiciones de ofrecer la unidad del año en sacrificio a la unidad de su vida.

A medida que van transcurriendo las semanas, se van desmoronando las defensas de nuestras buenas intenciones y nuestra cotidianeidad de héroes triviales va redescubriendo lo obvio, como cada año: que la vida no cabe íntegra en ningún buen propósito, que no vivimos en participio, sino en gerundio. Con la erosión de los días, los grandes propósitos se van deshilachando como las banderas en los balcones catalanes, y acabamos por abrirle de par en par las puertas al zorro.

El zorro es un animal que sabe muchas tretas. La más importante es el perdón, que le sirve para reparar sus fidelidades quebrantadas. El perdón es la montura que le permite cabalgar sobre el erizo. El zorro también padece su ceguera selectiva: anda tan pegado a los detalles que ve cada certeza parcial con suma nitidez, pero no sabe abrir el objetivo a las unidades del año o de la vida. Hace de cada huella un mundo, pero no sabe hacer del mundo una huella.

Así nos van pasando los años, entre sístoles de erizo y diástoles de zorro.

Quien caritativamente haya llegado hasta aquí, quizás esté pensando en Isaiah Berlin y aquellos versos de Arquíloco: “el zorro sabe muchas cosas, pero el erizo sabe una cosa importante.” Pero no voy por ahí.

Normalmente se da por supuesto que los humanos nos dividimos en zorros y erizos, pero mirándome en el espejo que conserva el vaho de mis eneros, me digo que soy una cosa u otra según la época del año en que me encuentro, que me paso la vida basculando entre el dogma y el escepticismo, el propósito y el propósito de enmienda. No acaba enero sin que me comience a ser difícil andar de erizo todo el día y con la llegada de la primavera, se me insinúa el rostro de vulpeja.

A veces pienso que necesito un mes para subirme al pedestal de los nobles propósitos y once para llenar el pedestal de notas a pie de página.

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