José María Albert de Paco

Solo de plancha para convictos

«Ni el crimen de pareja se ha extinguido ni la mayoría de los individuos que incurren en él habrían estado entalegados a finales de los setenta»

Opinión

Solo de plancha para convictos
Foto: Eva Blanch
José María Albert de Paco

José María Albert de Paco

De pequeño, en la playa, solía entretenerme yendo y viniendo de lo hondo con algo que demostrara que había estado allí. Fue aquella mi primera escuela de periodismo.

En noviembre de 2019, mi amiga Patricia Jacas interpretó el monólogo La mujer sola, de Franca Rame y Dario Fo, en las nueve prisiones que hay en Cataluña. La gira formaba parte de la batería de actividades reeducativas que venía propiciando el Pacto de Estado contra la Violencia de Género, gracias al cual, en la cresta del verano, Patricia había paseado esa misma obra por nueve pueblos de la comarca de Olmedo, en Valladolid. Nuestra diva estaba curtida, por así decirlo, en plazas turbulentas, si bien en esta ocasión la postfunción no iba a consistir en una velada bajo el cielo de la España desierta, dispuesta con la templanza chic que caracteriza a su agente, la periodista y activista cultural Inés García-Albi, sino en una charla-coloquio. Como quiera que no podía acompañarla como reportero ni tan siquiera como aventurero, lo hice como presentador, atrezzista y, en general, mozo de espadas. Conocía el paño. Mi primo Gabino de Paco, durante su encierro en la Modelo, había llevado las riendas del grupo de teatro del penal, que al filo de San Juan solía dar una sesión para internos y familiares. Recuerdo con agrado (y lo digo sin ápice de conmiseración) su montaje, a principios de los 2000, de Cómeme el coco, negro, de La Cubana, pieza memorable del teatro popular de la escena barcelonesa, perteneciente a una época, finales de los ochenta, en que todas y cada una de las palabras del sintagma fueron verdad.

El texto de Rame y Fo, que data de 1977, tiene como protagonista a María, un ama de casa que, plancha que te plancha, rinde un soliloquio disfrazado de cháchara vecinal, y en el que desgrana en clave de humor la abisal infelicidad que le ha deparado el matrimonio. Su marido la maltrata, su cuñado, con el que conviven, la acosa, y sus hijos la ignoran. María, como ella dice, tiene de todo: olla exprés, batidora, picadora, licuadora, trituradora… Pero se sabe un electrodoméstico más.

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Mi marido me ha dicho [acaba de hablar con él por teléfono, y vuelve a dirigirse a su interlocutora] que nada más llegar me va a inflar a tortas. […] ¿A mí? ¿Que si mi marido me pega? ¿A mí? Pues claro. Pero dice que lo hace porque me quiere, ¡que me adora! Que soy como una niña, y él tiene que protegerme… ¡Y para protegerme mejor, el primero en jorobarme es él! Me encierra en casa, me da de hostias, y luego pretende que hagamos el amor. Y le importa un bledo que a mí no me apetezca. Yo tengo que estar siempre dispuesta, a punto, como el Nescafé: lavada, perfumada, depilada, pintada, cálida, voluptuosa, sensual… ¡pero callada! Basta con que respire, y suelte de vez en cuando un gritito, para que él crea que me gusta. Y a mí, con mi marido, no me gusta nada. Bueno, es que no siento…, no consigo alcanzar…  (Muy incómoda, no encuentra la palabra adecuada. La vecina se la sugiere.) Eso es…, esa palabra…, ¡es que hay que ver qué palabra! Yo nunca la digo. ¡Orgasmo!

 El progreso de la humanidad ha convertido La mujer sola en una pieza de museo. (Empiezo a oír el griterío.) Pero la generalidad adolece de fisuras. Los reos ante los que María exclamaba ‘¡orgasmo!’, los reos ante los que María, evocando un fugaz adulterio con un joven inglés, entornaba los párpados, mimaba su cintura y se alborotaba el cabello, esos reos eran, en cierto modo, prueba de ambas afirmaciones. Ni el crimen de pareja se ha extinguido ni la mayoría de los individuos que incurren en él habrían estado entalegados a finales de los setenta.

Frente a ese público de excepción desplegó Patricia, en las tres cárceles en que la vi, un repertorio de matices de tal insolencia, maestría servida ‘al desprecio’, que me dije que sus aspiraciones eran ya, por realistas, una temeridad. Su afición al teatro, que había empezado a cultivar en el jardín de Juan Abreu y Marta Sugrañes para vengar la afrenta del tiempo, le había abierto las puertas de la Factoría Cultural Martínez, donde ofician García-Albi y Marcos Isamat; la galería Senda y el Centre Pompidou Málaga. Y tras el periplo penitenciario, iría poniendo picas en fortalezas cada vez más inexpugnables: el palacio de Can Vivot, la sala Romea, el Círculo de Bellas Artes, las Noches de Gibralfaro… La mujer sola de otoño del 19 era, de hecho, una reposición, pues por entonces Patricia ya se había encarado con otra soledad, la de la publicista rusa Alisa, cuyo testimonio recoge Svetlana Aleksiévich en El fin del Homo Sovieticus, y que sigue siendo su composición más sobrecogedora, un inquietante fenómeno de transfiguración en el que la actriz desaparece por completo para materializarse en el cuerpo y la voz (con un acento endiabladamente genuino) de una ejecutiva implacable, de las que no hace prisioneros, y alrededor de la cual se viene abajo un mundo, o acaso su decorado.

En los tres centros que llegué a pisar con Patricia y con Lidia (su otra auxiliar, que se acabaría revelando como una sobresaliente dinamizadora cultural) nos recibió el (es probable que me traicione la memoria) ‘coordinador de talleres’, personaje que respondía al arquetipo de educador animoso, baqueteado y probo con el que los presos mantienen una relación confianzuda, casi paterno-filial, mas no exenta de las sanciones de rigor. Una relación, en suma, donde el método socio-afectivo no sólo incluye el «como lo vuelvas a hacer te voy a meter un parte»; también es su premisa.

No bien llegados al teatrillo (o al salón de actos que hacía sus veces), nuestro anfitrión en jefe nos asignaba a algún recluso en trance de que le concedieran la condicional para que se ocupara de aprestar la mesa de sonido, pues el montaje incluye el ring de un teléfono de baquelita y dos canciones. En uno de los centros tuve ocasión de conversar con el técnico en cuestión, que resultó ser un eslavo con aspecto de matón de Spectra que había trabajado de camarero en Alicante («en un restaurante de primera», me dijo) y que, «por la mala cabeza», se dio al menudeo de cocaína y al cabo, «amenazado», se vio atrapado en una red de tráfico a gran escala. Fuera le aguardaba su mujer, también eslava, con la que se había casado al poco de que lo encarcelaran, y sólo al hablar de ella parecía descubrir, arrobado y temblón, un flanco de vulnerabilidad. La coordinadora del lugar, que no nos había quitado ojo, me advirtió en un aparte: «No te creas todo lo que te digan».

Mi principal y poco menos que única misión consistía en una brevísima exposición a modo de preámbulo que ayudaba al auditorio a ‘entrar en situación’. «La protagonista», les anticipaba, «es una mujer a quien su esposo tiene encerrada [un apunte necesario: María vive bajo llave] y acostumbra a pegarle, y que le cuenta sus penas a una vecina que está asomada al patio, y a la que el espectador no ve ni oye; nos la tenemos que imaginar». Dado que la inmensa mayoría de los presidiarios lo ignoraba todo acerca de las convenciones teatrales, y que entre la cuantiosa delegación magrebí no faltaba quienes apenas sabían español, mis palabras eran correspondidas con un alentador, gratificante cabeceo.

Salvo por los Jóvenes de Quatre Camins, que se alborotaron como legionarios a los que hubiera ido a ver Carmen Sevilla, las representaciones se sucedieron sin grandes incidencias, y aun, en algún caso, con gran éxito de crítica. Es cierto que, del interés que mostraban, había que descontar que tanto la asistencia como la actitud favorecían la redención de pena, en especial la que cumplían quienes se hallaban condenados por un delito ‘de género’, pero el bravísimo triunfo de Patricia se cifra, máxime tratándose del infierno, en los detalles. En la sección ‘pro’ de dicho complejo, algunos marroquíes con dificultades para seguir la función le pidieron a un compatriota que les fuera traduciendo a María, y ese redoble de atención no aligeraba la condena.

Entre los españoles que no obtuvieron ningún beneficio se cuentan los sediciosos del 1-O, que habían sido trasladados a Cataluña en junio. Sólo Carme Forcadell, en Mas d’Enric, presenció la obra. Al terminar, se acercó a Patricia y la felicitó con semblante apesadumbrado, a lo que María, desarmada, respondió con un compungido «ánimo».

El impacto del deslizamiento y golpetazo final de las verjas corredizas tendía a desvanecerse al entrar en Barcelona.

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