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Opiniones libres de algoritmos

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Somos lo que leemos

La noticia de que el gobierno británico va a regalar a todos los alumnos de su país, que tengan entre once y doce años, un microordenador coincide con otra información –esta vez de la BBC– en torno a la crisis soterrada de las bibliotecas públicas. Sólo en los últimos cinco años han sido despedidos 8.000 bibliotecarios en el Reino Unido y han cerrado unos 350 establecimientos. El desplazamiento hacia lo digital acelera las transformaciones con el consiguiente declive de los oficios tradicionales. Pero, si pensamos en el espacio estricto de nuestra cultura, nos daremos cuenta de que ésta depende en gran medida de los libros que hemos leído. La lectura amplía el ámbito de nuestros conocimientos y abona con creces el campo de cultivo de la sensibilidad. Al leer, nos insertamos en una tradición que confía en la experiencia humana y sabe que el auténtico valor de cualquier tradición, como señala Coetzee, consiste en ser sometida a prueba diariamente. En este sentido, el cierre de las bibliotecas nos habla de otros eclipses: para empezar, el de la capacidad de atención, el del diálogo con el pasado y, en última instancia, el de todo aquello que vagamente podemos denominar “inteligencia lingüística”.

De todos modos, lo curioso es que, mientras se arrinconan las bibliotecas públicas a favor de las nuevas tecnologías, el fracaso escolar se agrava. Como han advertido los sociólogos de la educación, las palabras importan. De hecho, se puede afirmar que las bibliotecas constituyen las grandes niveladoras sociales en el ámbito académico. Se sabe desde los lejanos estudios de Hart y Risley que, si a un niño se le lee con frecuencia en voz alta a edades tempranas, sus posibilidades de terminar el bachillerato resultan mucho mayores. Los ordenadores y la informática pueden ser la última moda, pero vaciar las bibliotecas públicas nos deja desprovistos de defensas. Y quienes más lo van a sufrir, no lo duden, son los niños y las familias de las clases más desfavorecidas.

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