Miguel Ángel Quintana Paz

¿Son algunas vidas más valiosas que otras? Respuesta corta: sí y no

«A la postre, cuando discutimos sobre qué es una vida buena no debemos olvidar algo: que muchos de los altavoces de nuestro espacio público los poseen personas con vidas un tanto maltrechas»

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¿Son algunas vidas más valiosas que otras? Respuesta corta: sí y no
Foto: Corina Arranz
Miguel Ángel Quintana Paz

Miguel Ángel Quintana Paz

Profesor de Ética y Filosofía en la Universidad Europea Miguel de Cervantes. Mi sueño es conocer (a) Alaska. Charro y wittgensteiniano.

Hace pocos días, un tuit de Pedro Herrero (conductor del recomendable podcast Extremo Centro) desató una de esas tormentas aún más frecuentes en Twitter que en los trópicos. El tuit rezaba así:

“Cuidar a tus padres o a tus hijos es una vida que tiene más valor que una vida dedicada a verse el catálogo de Netflix. Es así”.

Las airadas críticas, denuestos y exabruptos que suscitó esta declaración incidían a menudo en lo mismo. Su autor, Pedro, había de algún modo roto un consenso esencial de nuestras sociedades democráticas: que todas las vidas valen igual. Que no existen vidas que puedan considerarse de mayor importancia que otras. Todos somos iguales: no vale más la vida de un aristócrata que la de un campesino, la de un blanco que la de un negro, la de un hombre que la de una mujer.

Por tanto, siguiendo ese mismo razonamiento, tampoco posee más valor vivir criando a tus hijos que engullendo series de una u otra plataforma de televisión. Cuidar a tus mayores o a tus menores es una elección libre que no eleva tu vida por encima de la de quienes, en vez de tal cosa, se dedican a la cocotología, el cotilleo o la costura.

¿Tienen razón quienes creen que hay vidas más valiosas que otras o quienes lo niegan tajantes? Creo que esta discusión alberga ciertas verdades capitales entremezcladas con algunos líos conceptuales; es decir, es la típica discusión en la que un poco de filosofía nos puede ayudar.

Fue de hecho un filósofo, Ludwig Wittgenstein, quien afirmó que su tarea era batallar contra el embrujo que a veces ocasiona el lenguaje en nuestras inteligencias. ¿Ante qué embrujo nos encontraríamos aquí? Me parece que hay, ante todo, un hechizo causado simplemente por cómo usamos las palabras. Este es poco importante y lo resolveremos enseguida en las líneas que subsiguen.

Pero también hay un ensalmo que va más allá de aclararnos con las palabras; un sortilegio debido a qué nos está pasando en Occidente durante este siglo XXI. Este encantamiento no podremos resolverlo con este simple artículo: nos conformaremos simplemente con señalarlo. A veces insistir en que ese oasis que ves delante en realidad es un espejismo puede ayudar a ir dejando de creérnoslo (aunque la última prueba definitiva, bien es cierto, se te dará cuando llegas a él y carezcas de agua que beber).

Empecemos con el malentendido verbal en todo este asunto, que reside sencillamente en que podemos entender el término “vida” de dos maneras diferentes dentro de la frase “Hay vidas más valiosas que otras”. En efecto, por vida nos podemos referir al mero hecho de estar vivos, en asertos como “este cuerpo tiene vida, ese otro no” o “el emperador Valente perdió su vida en batalla contra los godos”. Vida, en este sentido, tienen todos los seres vivos, desde una bacteria a un chimpancé, incluida tu vecina del tercero o el director de Merril Lynch.

Pero también podemos entender por vida la manera concreta en que hemos configurado nuestra biografía, en enunciados como “Zalacaín el aventurero tuvo una vida muy agitada” o “Tienes que cambiar de vida, Antonia, que esta que llevas te trae a mal traer”. La vida entendida de esta manera nos la vamos configurando nosotros mismos, con todas las limitaciones que se den (según el entrecomillado anterior, es probable que Antonia tenga varias). La vida en el primer sentido que hemos explicado no nos la damos nosotros mismos; pero en este segundo sentido sí que tenemos bastante mano.

Y bien, hecha esta distinción, podemos explicarnos parte del encono que se produce en los debates a que antes aludimos. (Aunque no todo ello, como veremos después).

Si entendemos la vida en el primer sentido, como “estar vivo”, está claro que resulta problemático afirmar que vale más que unas personas estén vivas en lugar de otras. Como mencionamos antes, una intuición moral muy robusta en nuestras democracias es que el rico y el pobre, el fuerte y el débil, quien piensa como yo o quien discrepa, tienen todos idéntico derecho a la vida. Y a una vida digna. Hacer jerarquías entre personas que valen más vivas y otras que importaría menos que estuviesen muertas repugna a nuestro sentido ético.

Por tanto, creo que casi todos podríamos concordar, a grandes rasgos, con la frase “todos tenemos igual derecho a la vida, por lo que todas las vidas son igual de valiosas”. Entendida la vida de esta forma, pues, el tuit de Pedro Herrero con que hemos comenzado se daría de bruces contra ese principio común. Pero, naturalmente, se trata de un malentendido, de un hechizo del lenguaje, creer que ese tuit hablaba de la vida en ese sentido.

Está claro (pues el mismo tuit mienta también ese tipo de cosas con que llenamos nuestra biografía, como tener niños, cuidar a nuestros padres o ver Netflix) que el tuit habla de la vida en el segundo sentido (alude a cómo configuramos nuestra existencia). Es injusto, pues, atribuirle un señalamiento de humanos que tendrían más derecho a la vida que otros.

¿Queda todo resuelto así, pues? ¿Los desquiciados contrincantes que batallaron contra esa afirmación simplemente no la habían entendido bien? ¿Se calmarían y mostrarían su aquiescencia si leyeran estas líneas?

Mucho me temo que esto no es, en absoluto, así. Pues, junto a la confusión lingüística que hemos desentrañado, hay otra de mayor calado. De hecho, mucha gente consideraría que sigue siendo fuertemente ofensivo que se considere algunas vidas más valiosas que otras incluso si las entendemos solo como “la manera en que has ido configurando tu forma de vivir”. ¿Por qué?

Mientras que la idea (correcta) de que nadie merece más la vida que ningún otro tiene raíces cristianas y liberal-ilustradas, esta segunda noción (incorrecta) de que no hay formas de vida mejores que otras responde, sin embargo, a una mala comprensión del liberalismo.

Bien es verdad que el liberalismo, ya desde su origen en los siglos XVII y XVIII, se esforzó por defender que el Estado no debía elegir, en nombre de los ciudadanos, una forma de vida antes que otra (en aquella época, esto significaba principalmente elegir una religión u otra, pues estas eran las que proveían de instrucciones sobre cómo vivir a la inmensa mayoría).

Pero si bien el Estado no debe considerar que la forma de vida del católico vale más que la del protestante, o viceversa, y por tanto no debe favorecer o perseguir ninguna, ello no implica que cada persona concreta deba pensar eso mismo. De hecho, sería absurdo: es obvio que un católico considera que una vida católica es preferible a una presbiteriana (y por eso elige, libre, la primera), mientras que presbiterianos o cuáqueros o ateos considerarán sus vidas en cambio mejores (más verdaderas, más morales, más orientadas a la salvación). Un Estado liberal no obliga a sus ciudadanos a ser indiferentes sobre las distintas formas de vida: al contario, los anima a buscar cada uno la que resulta más proficua para ellos. Y, por tanto, a tomarse muy en serio el asunto de qué vida es la mejor (nadie tomará esa decisión por ti, como sí ocurre en otros regímenes).

Hoy de hecho ya no son solo las iglesias, sino todo tipo de entidades (desde la página de tendencias de El País a las series de televisión, desde las organizaciones ecologistas a los diversos grupos feministas) los que están constantemente explicándonos qué maneras de organizar tu vida son mejores que otras. Es verdad que no abundan los que, en medio de ese vocerío, afirmen (como el tuit de marras) que “cuidar niños o ancianos” sea una vida superior; por motivos obvios, Netflix y demás agentes capitalistas prefieren que te gastes el dinero en ellos que en amar sin más. Pero una vida en que cuides a tu prole o tu progenie debe poder defenderse como otra cualquiera; y cómo vamos a defender una forma de vida antes que otra si no es explicando que eso le da a tu vida más nobleza, más fecundidad, más valor. Que eso hace tu vida superior.

Negarse, pues, a que cada cual podamos explicar qué vidas nos parecen más honorables que otras no solo socava la base de nuestras sociedades (que son democráticas porque dejamos que cada cual elija la vida que quiera: y para elegir bien hay que conocer antes las distintas ofertas). No solo va contra la libertad de expresión (ya que esta se inventó no solo para decir cuál es tu equipo de fútbol favorito, sino más bien para explicar cuál es tu vida favorita).

En realidad, el principal problema de negar que hay vidas más valiosas que otras es que impone como obligatoria una única mentalidad que no todos tenemos por qué compartir: el nihilismo. El dogma de que nada vale más que nada e igual altura alcanzó la vida de Al Capone que la de los afanosos policías que lucharon contra él.

A la postre, cuando discutimos sobre qué es una vida buena no debemos olvidar algo: que muchos de los altavoces de nuestro espacio público los poseen personas con vidas un tanto maltrechas. Resulta razonable, pues, que hallen consuelo en tratar de persuadirnos de que en el fondo eso da igual. Pero es abismal la brecha que los separa de la gente con vidas más o menos bien hechas, o de la gente religiosa, o de la gente que sí ha entendido el liberalismo. Todos ellos no podremos sino considerar este el Asunto de los Asuntos, la cosa más importante que jamás tendremos entre manos. Pues, como escribió Mark Twain, los dos días más importantes de tu vida son el día en que naciste y el día en que descubres para qué.

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