Juan Manuel Bellver

Sorkin for president!

«El discurso de Sorkin sobre lo justo y lo injusto, la verdad y la mentira, el bien y el mal, resulta en estos momentos especialmente necesario»

Opinión

Sorkin for president!
Foto: MARIO ANZUONI| Reuters

En plena recta final de las elecciones estadounidenses se ha colado un espontáneo para tratar de inclinar la balanza del duelo Trump-Biden. ¿Quién? ¿El ex presidente Barack Obama, que hizo su aparición estelar hace unos días para apoyar obviamente al candidato demócrata? Para nada.

El intruso no es un político profesional, aunque sus ideas calan en buena parte de los norteamericanos y sus valores le han granjeado la admiración de millones de seguidores, no solo en el país de las barras y las estrellas, sino en gran parte del primer mundo. No nos estamos refiriendo al chef José Andrés, merecido candidato al Nobel por sus campañas solidarias para alimentar a los desfavorecidos, sino a un dramaturgo, guionista, productor y director de cine y televisión que atiende al nombre de Aaron Sorkin.

Si no han estado ustedes secuestrados en la selva amazónica o hibernados en una cápsula espacial, seguramente sabrán de quién hablamos: el creador de la legendaria serie televisiva El ala oeste de la casa blanca que, entre 1999 y 2006, supuso un verdadero fenómeno mediático que aún se estudia en las universidades. ¿Les suena?

Sólo por aquellas siete temporadas de la política ficción más inteligente que hemos conocido, este neoyorquino del 61 pasaría a la historia de la creación audiovisual; por no hablar del récord de 9 premios Emmy en un su primer año de emisión. Poco importa que Sorkin abandonara el timón en la quinta temporada por desavenencias con la NBC. Su huella impregna cada episodio con esa aproximación didáctica a los tejemanejes de Washington y la empatía con que retrata a los habitantes y trabajadores de una Casa Blanca idealizada: las mentes más brillantes del país que han sacrificado sus carreras profesionales en aras del servicio público y muestran en cada escena su envidiable capacidad para debatir a gran altura y lidiar con los más variados problemas del mundo actual recurriendo a la elocuencia y poniendo por encima de todo esos valores universales –no por manidos menos importantes– del bien común, la libertad y la justicia para todos.

“El comportamiento importa, el carácter importa. Debemos devolver los valores al centro de nuestra vida pública”, dijo Obama el pasado 21 de octubre en un discurso pronunciado en Filadelfia para solicitar el voto por Biden. “Estados Unidos es un lugar bueno y decente, pero sencillamente hemos visto tantas sandeces y tanto ruido que a veces resulta difícil de recordar. Os pido que recordéis lo que puede ser este país”. Palabras que parecían directamente extraídas de un script de Sorkin.

“EEUU no es el mejor país del mundo. No hay una sola prueba que apoye la afirmación de que somos el mejor país del mundo. Somos el séptimo en alfabetización. El vigésimo segundo en ciencia, el cuadragésimo noveno en esperanza de vida, el 178 en mortalidad infantil, el tercero en ingresos por hogar, el cuarto en mano de obra y el cuarto en exportaciones. Somos líderes mundiales en sólo tres categorías: número de encarcelados per cápita, número de adultos que creen que los ángeles existen y en gastos de defensa…”, explica el periodista Will McAvoy –interpretado por Jeff Daniels– en el inolvidable monólogo que abre el primer episodio de The Newsroom (2012-2014).

“Claro que lo éramos”, prosigue McAvoy respondiendo vehementemente a la pregunta de una alumna tras una mesa redonda celebrada en una Escuela de Periodismo. “Defendíamos lo que era justo. Luchábamos y establecíamos leyes por razones morales. Librábamos guerras contra la pobreza, no contra los pobres. Nos sacrificábamos. Nos preocupábamos por nuestro prójimo. Poníamos dinero en lugar de hablar y nunca nos jactábamos de ello. Construíamos grandes cosas. Realizábamos avances tecnológicos increíbles. Explorábamos el universo, curábamos enfermedades y cultivábamos los mejores artistas del mundo y también teníamos la mejor economía. Nos dirigíamos a las estrellas. Actuábamos como hombres, aspirábamos a la inteligencia, no la despreciábamos, no nos hacía sentirnos inferiores. No nos identificábamos por a quién habíamos votado en las últimas elecciones, y no, no teníamos miedo. Éramos capaces de ser y hacer todas esas cosas porque estábamos informados por hombres reverenciados. El primer paso para resolver un problema es reconocer que existe. Así que América ya no es el mejor país del mundo”. ¡Menudo speech! Podría haberlo formulado Obama con palabras y conceptos similares en algún discurso de su mandato (2009-2017), pero el idealista Sorkin se le adelantó.

Nuestro héroe lleva la política en su ADN narrativo no como una pesada carga ideológica ni como una adhesión inquebrantable a los colores de un partido –aunque los conservadores le tildan de peligroso liberal–, sino como un ciudadano implicado que se preocupa por su país y por las necesidades de sus compatriotas. Ese trasfondo humanista está presente de un modo u otro en la mayoría de sus guiones, desde Algunos hombres buenos (1992) hasta El juicio de los 7 de Chicago (2020), estrenada este mes en salas y disponible en Netflix desde el 16 de octubre.

El añorado Francisco Casavella, que durante algunos años escribió por encargo mío una columna de opinión en la última página del suplemento semanal de tendencias La Luna del Siglo XXI –¡menuda última página, compartida con el cómic de Matt Groening!–, describía a Sorkin como un moralista, en el sentido de que practica en sus historias “cierto moralismo exento de moralina, o mejor dicho, la presentación de un ideal sin ruborizarse, porque se posee la conciencia de que uno no debe avergonzarse del propio talento”.

Como yo, Casavella consideraba la serie Studio 60 on The Sunset Strip (2006-2007) como su mejor logro, por tener un argumento “libre de corsés patrióticos”. Pero incluso en una trama dedicada a escudriñar lo que se cuece entre las bambalinas de un night show televisivo, el autor de Lo que sé de los vampiros (Premio Nadal 2008) hallaba sus personajes “inteligentes, brillantes, dinámicos, incansables”. Una constante en los repartos del amigo Aaron: “Todos son conscientes de su talento y todos saben la fragilidad de ese talento cuando se somete a las fuerzas absurdas pero bien reales de este mundo”.

“Se puede hacer un gran show de televisión, se puede dignificar el medio, darle significado, elegancia, elevación y entusiasmo, si se cumplen los requisitos adecuados, si se salvan los obstáculos, si se lucha –prosigue Casavella–. Todo vuelve a ser poco menos que imposible ¡pero qué ganas de que la realidad se parezca sólo un poco a eso! ¡qué hambre de cierta grandeza, de ser competentes y hacernos libres y poder decir: ‘¡esto lo hicimos nosotros!’ ‘¡este es nuestro legado!’”.

En eso consiste fundamentalmente el mérito de Sorkin, en presentarnos a individuos sobresalientes cuya principal victoria, parafraseando a Séneca, es la de aguantar con dignidad las múltiples y severas demoliciones de la vida. Este estoicismo intelectualizado con barniz posmoderno está latente bajo capas de sano entretenimiento en largometrajes tan recomendables como El presidente y Miss Wade (1995, cuya trama sentó las bases para El ala oeste…)La guerra de Charlie Wilson (2007), La red social (2010, Oscar al Mejor Guión), Moneyball (2011), Steve Jobs (2016) o Molly’s Game (2017).  Y por ello resulta tan oportuno el lanzamiento reciente de El juicio de los 7 de Chicago en plena recta final de los comicios presidenciales estadounidenses.

¡Pero si era un guión que escribió para Spielberg en 2007!, dirán algunos.  Ocurre que Sorkin no da puntada sin hilo o eso nos gusta creer a sus fans. De ahí que, once años después, haya decidido asumir él mismo la dirección de este proyecto semi-olvidado –tiene siempre infinidad en cartera; el próximo quizá un musical–, con el propósito de que estuviera listo para el periodo electoral.

Se trata de un drama judicial donde se cuenta el proceso a los cabecillas de unos cuantos grupos pacifistas contraculturales, que habían acudido a la ciudad de los lagos en agosto de 1968 para manifestarse contra la Guerra de Vietnam coincidiendo con la convención nacional del Partido Demócrata. Aquellas protestas degeneraron, por culpa de la represión policial, en altercados callejeros con numerosos heridos y detenidos y los líderes terminaron acusados de conspiración e incitación a la violencia.

Sólo habían pasado unos meses del asesinato de Martin Luther King y las fuerzas del orden chicaguenses estaban calentitas tras los durísimos disturbios de abril impulsados por los Black Panthers, que se habían saldado con 11 muertos, 48 heridos y 2.150 detenidos. Así que, cuando Abbie Hoffman, Jerry Rubin, David Dellinger y sus 15.000 seguidores llegaron al  Grant Park para manifestarse con flores en el pelo, las autoridades no dudaron en aplicar a aquella inofensiva pandilla de estudiantes concienciados y hippies pasados de vueltas la misma dureza que unos meses atrás, con pésimos resultados, como cuenta estupendamente la canción Chicago (1971) de Graham Nash. Como alguien tenía que pagar el pato, un Nixon recién llegado al poder presionó para llevar ante la corte federal a los principales líderes.

“El momento de hacer la película era ahora”, ha declarado Sorkin en un encuentro organizado en el American Film Institute. «La película habla sobre la celebración de la protesta, sobre la libertad de protestar cuando el poder te oprime”, añade el actor Jeremy Strong, que da vida a Jerry Rubin, co-líder del Partido Internacional de la Juventud. “¿Cuál es el precio de la revolución?”, le pregunta al controvertido Abbie Hoffmann otro de los encausados durante un receso de las sesiones. Y el socio de Rubin, magníficamente interpretado por el polifacético Sacha Baron Cohen, responde: “mi vida”.

Pero no se crean que El juicio de los 7 de Chicago es una apología de las revueltas callejeras ni por asomo. Con su pulcritud habitual, el autor logra evitar  muchos tópicos ideológicos, sin caer en el buenismo o el cinismo, centrando la narración en una serie de historias cruzadas con saltos temporales y los habituales diálogos inteligentes en busca de las razones de lo sucedido y la  verdad de los hechos. En el trasfondo, la diferencia de forma de ser y de pensar entre los activistas moderados y los exaltados, siempre deseosos de acción.

Con la cita del 3 de noviembre marcada en rojo, tanto en el calendario político norteamericano como en el de tantísimos otros países que pueden verse afectados por un nuevo mandato del extravagante Donald Trump, el discurso de Sorkin sobre lo justo y lo injusto, la verdad y la mentira, el bien y el mal, resulta en estos momentos especialmente necesario. No se trata únicamente aquí de inclinar la balanza hacia el candidato que encarna ciertos valores de tolerancia y bonhomía, sino de recordarnos una vez más que otro mundo es posible.

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