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Szymborska contra el aburrimiento

Foto: Soren Andersson | AP
Cuando al ‘running’ se le llamaba ‘footing’ o, más fácil, salir a correr, se hablaba de lo políticamente correcto. Ahora a lo políticamente correcto lo llamamos poscensura, por aquello de que antes se puso de moda la posverdad y hay que inventarse palabras para sonar más convincentes. Lo políticamente correcto, la poscensura… en definitiva: el aburrimiento. En la era del aburrimiento está prohibido ofender. Que se lo digan a la escritora Keira Drake, que unas semanas antes de publicar su primera novela, para la que había firmado un jugoso contrato, tuvo que reescribir el libro al ser acusada de racista. ¿Su pecado? Escribir una historia con “magos negros, ninjas asesinos e iletrados y salvajes nativos que se emborrachan y tratan de violar a una preciosa niña blanca”, según sus detractores: “basura racista incendiaria”. Que se lo digan al periodista de ‘El País’ Íñigo Domínguez, a quien le acusaron de machista –con la venia de la defensora del lector– por titular una crónica, de forma más que justificada: ‘Cifuentes se hace la rubia’. “La prensa está en manos de gente de 20, 30 o 40 años, que salió de la universidad con una mentalidad políticamente muy correcta”, dijo Talese recientemente en una entrevista por la publicación de su libro ‘El puente’. Hunter S. Thompson lo advirtió mucho antes, en 1997: “El ‘New York Times’ [periódico que alababa siempre que podía] se ha transformado en un bastión de corrección política”. En la promoción de su nueva novela, protagonizada por perros, Pérez-Reverte no ha parado de repetir que la autocensura “está tapando la boca” a periodistas y escritores. “A un perro no le preocupa lo que al día siguiente salga en Twitter”, y así dice haber encontrado el modo de “contar la realidad de una forma que no podría hacerlo con seres humanos” y que no se le echen encima todo tipo de colectivos.
Qué suerte, en este pozo de aburrimiento, que Nórdica se haya atrevido a publicar el ‘Correo literario’ de Szymborska. El libro selecciona las respuestas de la premio Nobel a los aspirantes a escritores que enviaban sus manuscritos a la revista en la que ella trabajó. Szymborska era ingeniosa y mordaz, y desde luego nada complaciente. “El talento literario no es un fenómeno de masas”, se atrevía a decir. “Cuando uno tiene cuarenta años, no puede escribir como si tuviera diecisiete”. “El autor debe ser algo más maduro que sus protagonistas”. “Primero, debería preocuparse por saber si tiene algo que decir”. “Quiere ser usted poeta, pero no se fija en las cosas”. “‘Mi novio dice que soy demasiado guapa para escribir buena poesía. ¿Qué piensan de los poemas que adjunto?’. Creemos que es usted, efectivamente, una chica muy guapa”. ¿Despiadada yo?, se defendía Szymborska: “Yo también empecé con poemas y con relatos malos. Yo sé que eso de que te echen un jarro de agua fría en la cabeza tiene efectos terapéuticos”. A Szymborska lo políticamente correcto, si es que en los años 60 y 70 se hablaba de eso, le aburría.

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