María José Fuenteálamo

Talibanes y pacifistas

«Los talibanes llevan años dominando el campo y el negocio del opio. El país es el gran suministrador del mercado mundial: produce el 90%»

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Talibanes y pacifistas
Foto: Stringer| EFE
María José Fuenteálamo

María José Fuenteálamo

María José Fuenteálamo (Albacete, 1980) es periodista. Tras trabajar en Bruselas y Euronews (Francia), ha pasado por El Mundo y EsRadio y colabora en El Español. ¿Un lema? Nunca se lee suficiente poesía ni se va a demasiadas fiestas.

El AMRAAM es uno de los misiles que utilizan, entre otros, los Eurofighter. Cuesta unos 250.000 euros. En una misión, el caza europeo puede volar con varios. El arma, mortífera y precisa, trae fecha de caducidad por lo que hay que detonarla de forma controlada cuando se queda obsoleta. Y ese suele ser el final de muchos de los misiles europeos: no utilizarse en combate. Lo saben bien los pilotos de caza. Están acostumbrados a no disparar porque su sola presencia aérea es disuasoria frente a un supuesto enemigo.

Es lo que ocurre, por ejemplo, en Lituania. Dos cazas españoles despegaron de urgencia -por un Alfa scramble- de la base de Šiauliai interrumpiendo una rueda de prensa del presidente Sánchez este mes de julio. No tenían instrucciones iniciales de disparar. Su vuelo sirve como advertencia. En ese caso, ante aviones rusos que invaden sin permiso el espacio aéreo báltico cuya vigilancia está encargada a los españoles. El caza se «exhibe» y el avión sospechoso se retira. Y así se mantiene el supuesto orden. Claro que es reduccionista concluir que un conflicto se limita a estos vuelos preventivos, pero son un ejemplo de las nuevas contiendas: en las que pesa tanto lo que se hace y lo que se tiene, como lo que se puede hacer con ello. Por eso, la retirada es todo lo contrario: la confirmación de lo que no se es capaz.

A pesar de todo nuestro arsenal, nuestra formación y nuestros equipos humanos -y sus pérdidas- las potencias occidentales no hemos sabido o querido imponer los derechos humanos en Afganistán. Los talibanes llevan años dominando el campo y el negocio del opio. El país es el gran suministrador del mercado mundial: produce el 90%. Tras una guerra y 20 años de complicada posguerra, los «estudiantes de las madrasas» yihadistas han regresado al poder. Han conquistado Kabul en un abrir y cerrar de ojos en este año COVID en el que cada país mira su ombligo. También en un momento en el que los nacionalismos «se funden» con todos los grandes valores que haga falta. ¿O no es un el «ni un soldado más por Afganistán» de Biden el «America first»?

Y, sin embargo, el clamor del mundo democrático es que hay que hacer algo. Algo. Sin nominar ni un sujeto ni asignar verbos claros a la expresión. No bastará con acoger a refugiados, porque entonces sólo ayudaremos a quienes puedan escapar. Y en ese pensar en qué hacemos, ¿esperamos a que los afganos que queden vivos o libres articulen su propia «primavera» o pensamos de nuevo en las armas? Que hay que acompañar las campañas militares con otras herramientas ya lo sabía Roma. Aquello que llamaban Pax Romana era una imposición de forma de vida. Pero que venía con desarrollo económico. Sobre cómo gestionar mal una posguerra parece que habíamos aprendido bastante del Tratado de Versalles. Pero Afganistán nos recalca que el hombre es ese animal que tropieza muchas veces en la misma piedra. Ahora, también el que termina cuestionándose creencias arraigadas hasta la médula.

La derrota en Afganistán es probablemente la primera fisura en el pacifismo más radical, porque llega a la base misma de la margarita en el fusil. Lo que hoy vemos agita los cimientos antibelicistas de cualquiera al remover su principal axioma: los derechos humanos y la vida por encima de todo. Si no, pregúntese ante las imágenes y los testimonios de lo que son capaces de hacer los salvajes inhumanos de los talibanes si a su yo más pacifista no le pide el cuerpo meterles un «pepinazo». O al menos, enseñarles una puntita de 250.000 euros.

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