Andrés Ortiz Moyano

Tecnofobia: la quinta ola del terror

«El terrorismo que viene, el nuevo que asoma, se define por acciones violentas motivadas por el miedo a las nuevas tecnologías»

Tecnofobia: la quinta ola del terror
Foto: John Sibley| Reuters
Andrés Ortiz Moyano

Andrés Ortiz Moyano

Periodista, consultor de comunicación y escritor especializado en yihadismo y propaganda terrorista.

Recuerden este nombre: Anthony Quinn Warner. Recuérdenlo bien porque, algún día, quizás hoy, será aupado al altar de los profetas. Un profeta de la verdad y la luz, adorado por acólitos de un credo perverso. «El mundo no me olvidará», decía. Tan grandilocuente epitafio emerge ya por abyecta sublimación. En efecto, ninguno olvidaremos a Anthony Quinn Warner… aunque todavía casi ninguno tengamos la mínima idea de quién es Anthony Quinn Warner.

Vecino de Nashville (Tennessee), a sus 63 años Warner es un tipo solitario, soltero, siempre rodeado de sus muchos perros, que se ha dedicado profesionalmente a la instalación de alarmas de seguridad. Según sus vecinos, por lo poco que han podido hablar con él, se revela como un auténtico obseso de la seguridad y las teorías conspirativas: está convencido de que los avances tecnológicos se usan para que el gobierno y las grandes corporaciones controlen a los buenos norteamericanos como él. Por supuesto, el 5G es una de sus más hondas preocupaciones.

Warner, no obstante, podría encajar a la perfección en el molde del arquetipo de patán redneck que últimamente, verbigracia, asalta capitolios. Pero es algo más. No en vano, Warner decidió saltar por los aires su caravana-bomba en el centro de su ciudad el pasado día de Navidad, muriendo él mismo en el acto y reventando un edifico de comunicaciones de la empresa AT&T. Afortunadamente, no hubo que lamentar otros daños personales de gravedad.

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Foto: Aly Song | Reuters

Así, Anthony Quinn Warner ha pasado a ser, muy a nuestro pesar, un mártir de una causa abyecta que acecha en el horizonte. Y es que el terrorismo que viene, el nuevo que asoma, se define por acciones violentas motivadas por el miedo a las nuevas tecnologías. Bienvenidos a la era de la tecnofobia.

Investigadores, expertos y estudiosos como Manuel R. Torres Soriano, Mario Toboso Buezoc, o David Rapoport, ya han vaticinado que, en una o dos décadas, la nueva oleada de terrorismo estará marcada por acciones como la de Warner.

¿A qué obedece tanta precisión? El terrorismo, aun en su gran complejidad, genera píldoras reveladoras que facilitan a los expertos establecer patrones. Así, desde su origen, se consideran cuatro las principales oleadas de terrorismo: el anarquista, el anticolonial, el de extrema izquierda y el islamista (yihadismo). Todas las oleadas se desarrollan por una secuencia que comienza en un germen o nacimiento, prosigue por un notable y prolongado pico de actividad, y desemboca en un paulatino descenso de la misma hasta su disolución. Sufrimos todavía los estragos de la cuarta ola, esa suerte de yihad digital definida por la proliferación de ataques low cost y por una extraordinaria maquinaria propagandística. Y la quinta ola se aproxima inexorable.

Como señalan Torres Soriano y Toboso Buezoc en un reciente estudio, este terrorismo tecnófobo «será trasversal porque incluirá a seguidores de extrema derecha o izquierda a ateos y creyentes. A medida que los cambios avancen, crecerán los sentimientos nostálgicos por un pasado idealizado. Las armas que se utilizarán serán las mismas contra las que lucharán». ¿Paradójico? Sin duda, pero ésta es otra constante en la historia del terrorismo.

Así pues, partiendo desde nuestra década (el germen), en las de los 2030 y 2040 se multiplicarán los ataques informáticos y una oposición violenta. En cuanto al enemigo, desde gobiernos hasta gigantes tecnológicos que personificarán el descuelgue social de multitud de individuos, incapaces de subirse al tren tecnológico por falta de medios, de aptitudes o por mera aversión a la modernidad y al progreso. Ese cultivo de descontentos, como en todas las anteriores oleadas terroristas, será el vivero ideal de los criminales para captar adeptos con la particularidad de que, en esta ocasión, las ideologías de cada uno converjan y se forme un frente común frente al gran satán.

Todavía, empero, nos cuesta imaginar que los tecnófobos alcancen el estatus y organización de los OAS, ETA o Al Qaeda, entre muchos otros.

Eppur si muove.

Los índices de insatisfacción personal estaban por las nubes ya antes de la pandemia y por el auge de los populismos. «La desigualdad, el desempleo estructural, el cambio climático, el surgimiento de ciudades estados y las nuevas tecnologías se combinarán para incrementar la inestabilidad política y tendrán como consecuencia una mayor afinidad a tesis violentas y extremistas y, por tanto, al terrorismo», señalan los expertos.

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Foto: Brendan McDermid | Reuters

Ese mismo descontento es utilizado y vehiculizado por los criminales para presentar sus propuestas como soluciones reales y casi mesiánicas, ya que facilita explicaciones, identifica enemigos y propone líneas de acción. Más aún, las necesidades estructurales de una organización terrorista ya no son tan costosas como antaño, dadas las facilidades que ofrece el mundo digital.

Por otra parte, el desarrollo de la propaganda terrorista ha alcanzado una madurez, tanto en fondo como en formato, una madurez extraordinaria que, a buen seguro, seguirá profesionalizándose y multiplicándose con aportaciones de nuevos grupos. Un relato manipulador que ya cuenta con uno de los factores clave en cualquier: la mitología. El Antiguo Testamento de la tecnofobia está protagonizado por el celebérrimo Unabomber (Theodore Kaczynski ‘Unabomber’, quien en los 90 envió cartas bomba como protesta por las consecuencias del desarrollo tecnológico); o los más románticos luditas, trabajadores textiles ingleses que en siglo XIX decidieron destrozar las nuevas hilanderas de las fábricas por miedo a ser reemplazados en sus puestos de trabajo.

¿Es hora de dejarnos llevar por el pánico? Desde luego que no. También «los buenos» tenemos nuestras propias armas. Este conocimiento previo puede y debe servir para que estudiosos y expertos para plantear medidas preventivas útiles. No en vano, nunca antes se ha contado con tanta información, análisis y herramientas antiterroristas que ahora.

Una política de prevención exhaustiva e integral que urge aplicar sobre los futuros Anthony Quinn Warner, grupos violentos y movimientos terraplanistas, antivacunas, conspiranoicos, supremacistas, negacionistas de todo lo negacionable (el holocausto judío, la llegada a la Luna, el revisionismo histórico arbitrario…), que campan a sus anchas tanto por plataformas tan accesibles como YouTube hasta foros de debate.

Por ello, es necesario un esfuerzo global para generar conciencia, formar y educar en un ecosistema que demuestra los inmensos beneficios de una tecnología cada vez más sensible y limpia, pero, lógicamente, en ocasiones en las manos equivocadas.

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