Miguel Ángel Quintana Paz

Tres ejercicios místicos para ateos

«Este es el tipo de experiencias que Wittgenstein llama místicas: las que sentimos que tienen una enorme importancia, un valor absoluto, pero no pueden en realidad comunicarse»

Opinión

Tres ejercicios místicos para ateos
Foto: M. Á. Francisco| Flickr
Miguel Ángel Quintana Paz

Miguel Ángel Quintana Paz

Director académico y profesor en el Instituto Superior de Sociología, Economía y Política (ISSEP) de Madrid.

Al oír la palabra «mística» será fácil que se nos vengan a las mientes santos en arrebato, ojos en blanco, cabezas aureoladas. Bernini y su Transverberación de Santa Teresa mucho habrán contribuido a ello.

Ahora bien, con permiso (que no nos lo darán) de estos nuestros tiempos emotivistas, osaré decir que si nos fijamos demasiado en la parte sentimental de lo místico, ello acarrea un peligro: el de acabar equiparándolo a cualquier emoción intensa que a uno le embargue. Ya sea por la victoria de tu equipo deportivo, por ese baño tan relajante que acabo de consentirme o por consumir una droga (precisamente llamada «éxtasis») de enfervorizantes efectos, si lo místico se redujera al embeleso de unos cuantos sentimientos agolpados podríamos confundirlo con cualquier euforia prosaica.

Una vía para esquivar parejo riesgo, claro está, reside en exigir a la experiencia mística, para ser mística de verdad, el beneficio de llevarnos hasta un mejor conocimiento de la Divinidad. Y, a ser posible, justo bajo la figura (Yahvé, Dios, Alá, la Pachamama) de nuestra religión concreta. No recorreremos ese camino confesional, sin embargo, aquí. De hecho, exploraremos justo la senda contraria. ¿Es posible hablar de mística no solo con quienes no hayan gozado efusivos dones espirituales como los concedidos a Teresa de Ávila o Juan de la Cruz, sino incluso con agnósticos o ateos?

Dado que conmemoramos este año el primer centenario de uno de los hitos de la filosofía más reciente, el Tractatus Logico-Philosophicus, a la vez que se cumplen 70 años del fallecimiento de su autor, el austríaco Ludwig Wittgenstein, tal vez sea buena ocasión esta de retomar algunas reflexiones suyas al respecto.

Bien es verdad que el citado libro concluía con una frase lapidaria, que ha servido para sepultar a menudo cualquier intento de discurso místico, religioso o simplemente profundo: «De lo que no se puede hablar se debe guardar silencio» (Tractatus Logico-Philosophicus, parágrafo 7). Pero sabemos que el propio Wittgenstein era escéptico ante cierta conclusión que muchos extrajeron, errados, de su obra: la conclusión de que solo importen, a la postre, las cositas científicas o ramplonas en nuestra vida.

En una carta a su amigo Von Ficker afirmaba, de hecho, lo siguiente: «Mi libro consiste en dos partes: la aquí presentada, más lo que no escribí. Y es justamente esta segunda parte la más importante». La parte que se calló. Porque había que guardar silencio.

Ocho años después de publicado su libro, y de haber pasado por múltiples peripecias vitales (prisionero de guerra en Italia, arquitecto para su hermana en Viena, maestro de primaria en tres pueblecitos alpinos), Wittgenstein volvería a Cambridge. Le recibió en la estación su viejo amigo John Maynard Keynes, que escribiría ese día a su amante: «Bueno, ya llegó Dios. Fui a recogerlo del tren de las 5 y cuarto».

Este retorno a Inglaterra es importante para lo que nos ocupa no tanto por la irónica referencia teológico-keynesiana, ni porque haya cierta mística de la familiaridad en imaginarse a Dios bajando de un tren. Lo es por una de las primeras cosas que hará Wittgenstein al verse de nuevo en su vieja universidad: impartir una lección. Su «Conferencia sobre ética».

Y esa disertación es a su vez relevante porque sí que explica un poco más en qué puede consistir eso de lo místico. Y de un modo, como hemos avanzado, que no limita su alcance a cristianos, sufíes, mormones o budistas. Un modo que puede resultar iluminador incluso para un ateo.

¿Significa esto que Wittgenstein por fin se puso a hablar de lo que en su Tractatus había aseverado que no se debía hablar? No exactamente. De hecho, por ahí va la caracterización que hará Wittgenstein de lo místico. Para nuestro filósofo, son experiencias místicas aquellas que en realidad no tiene sentido expresar, pero aun así sentimos imperiosa la necesidad de expresar.

¿A qué se refiere con esto? No a sentimientos tan elevados como la citada transverberación teresiana, sino a otras vivencias mucho más asequibles para cualquiera (si bien es verdad que no frívolas: jamás las encontraremos de oferta en nuestro supermercado).

Wittgenstein da en concreto tres ejemplos de esto místico. Tres ejercicios de los que seguro que cualquiera de nosotros puede que ya conozca al menos uno, tal vez incluso dos o los tres. Tres experiencias que nos gustaría expresar, porque vemos que tienen cierto valor absoluto; pero que, si nos fijamos, en realidad no podemos sensatamente expresar.

La primera la relata el propio Wittgenstein así: «El mejor modo de describirla es decir que, cuando la tengo, me sorprendo ante la existencia del mundo. Y entonces me veo inclinado a usar frases como ‘qué extraordinario que exista algo’ o ‘qué extraordinario que el mundo exista’». ¿Por qué existe el mundo, la realidad, yo mismo en ella, en vez de no existir nada? ¡Qué raro es esto!, ¿no? ¡Qué curioso, esto de andar por un mundo que existe!

Quien haya pensado alguna vez estas cosas, quien haya sentido algún día esta sorpresa, notará algo: es una impresión que no se puede transmitir a quien no la haya sentido también, a quien no se haya hecho asimismo esas preguntas. Si algún día nos topásemos con alguien en tal situación y quisiésemos transmitirle esa nuestra sorpresa ante el mundo como totalidad, la respuesta que podría devolvernos él sonaría, de hecho, de lo más lógica: «¡Claro que existe el mundo! Si no, ¿cómo ibas a estar tú aquí para sorprenderte? ¡O yo para aguantarte!».

«Todos entendemos lo que quiere decir que yo me sorprenda ante el tamaño de un perro que es mayor que cualquier otro que haya visto jamás», explica Wittgenstein. «Puedo sorprenderme ante la existencia de una casa cuando la veo tras no haberla visitado desde hacía largo tiempo, porque había imaginado que habría sido demolida mientras tanto». Me sorprendo ante un hecho (el perro gordo, la casa aún en pie) porque puedo imaginar (de hecho, era lo que yo tenía en la cabeza) la situación contraria: el perro de un tamaño normal, la casa derruida. Pero eso no pasa cuando digo que me sorprende que el mundo exista. Porque no puedo imaginarlo como algo no existente. No sé lo que quiero decir, no entiendo bien, qué sería eso de que no existiéramos ni yo, ni el mundo. Porque en todos mis pensamientos está, de trasfondo, la idea de que hay un mundo (sobre el que versan) y un yo (que los piensa). Que exista el mundo (y yo en él) es el presupuesto de todo lo demás. No puedo pensar cómo sería el mundo si no existiera el mundo. Es absurdo.

Y, aun así, quien haya sentido sorpresa ante lo más obvio (que el mundo existe), concluirá que, aunque el lenguaje no le permita expresarlo bien, se trata de una experiencia de cierto empaque. Y es este el tipo de experiencias que Wittgenstein llama místicas: las que sentimos que tienen una enorme importancia, un valor absoluto, pero no pueden en realidad comunicarse. Se trata según nuestro autor, además, de lo que algunas religiones intentan expresar cuando nos hablan de la Creación: tratan de decirnos que antes del mundo hubo una nada, aunque tampoco podemos ni de lejos imaginarnos qué es eso de que no haya nada (y luego ya sí haya algo: el mundo). Intentan hablarnos de la sorpresa de que el mundo exista, aunque el mundo sea en realidad lo más cotidiano de todo, lo menos sorprendente de todo, lo que más damos todo el rato por supuesto.

¿Cuáles son los otros dos ejemplos wittgensteinianos de mística al alcance de cualquiera? La segunda que menciona es quizá menos accesible que esta primera en que nos hemos detenido; pero tampoco les será a todos extraña. Consiste en algo parecido, quizá, a lo que el ateo Sigmund Freud llamó «sentimiento oceánico»: esa sensación ocasional de que uno está de tal modo fundido con la realidad, de tal modo protegido de cualquier cosa, que «uno se siente seguro pase lo que pase». Fijémonos ante todo en lo absurdo, de nuevo, de la expresión: es imposible estar seguro «pase lo que pase», ¡porque claro que podrían pasar siempre muchas cosas que nos hicieran daño, incluso matarnos!

Pero aun así, en algunos momentos, sentimos de algún modo que nada ni nadie puede quitarnos lo más profundo e importante. Las personas religiosas lo expresan diciendo que se sienten en las manos de Dios, un Dios benevolente. Pero las no religiosas también pueden experimentarlo, sin utilizar ese lenguaje. “There is a light that never goes out”, cantaban The Smiths, y cantaban una contradicción, pues todas las luces por supuesto que podrían algún día apagarse. Pero el protagonista de esa canción, que se ha quedado sin familia, sin hogar, que sabe que podría sufrir un accidente, todavía está seguro de que al menos una luz habrá que jamás se extinguirá. Y se siente, absurda pero profundamente, a salvo.

Vamos con el tercer y último ejercicio místico al alcance de todos: sentirse culpable por algo que hemos hecho. Desde luego que esto tiene poco de místico o inexplicable si «culpa» equivale aquí a que siento pena por el daño que he ocasionado, a que me invade la compasión o, como decimos ahora, la «empatía» porque otros sufren y yo soy la causa. Todos esos sentimientos de conmiseración pueden perfectamente explicarse, tanto fisiológica (neuronas espejo) como evolutivamente (a nuestra especie le conviene que no pasemos –demasiado– los unos de los otros). De hecho, se trata de sentimientos que comparten muchos animales.

Pero la culpa de la que hablamos aquí consiste en algo más profundo. Surge de la convicción de que hemos hecho algo mal, aunque (por ejemplo) las consecuencias hayan sido benéficas para mis semejantes. Quizá anoche hice más felices a quienes me rodeaban, nadie salió ni saldrá dañado por nada que yo dijera o cometiera; pero, aun así, siento que hubo algo malo o sucio o bajo en mi comportamiento. Sí, me puse contento y de igual humor puse a los demás; nadie sufrirá nunca por mi culpa tras lo que hice; pero algo estuvo mal. No debí actuar así. ¿Por qué? Porque sí. De nuevo, nos topamos ahí con un absurdo que queremos expresar. (Decir «porque sí» equivale a no dar porqué alguno). Un absurdo que nos afanamos por expresar. Lo místico.

Sabido es que las personas religiosas tienen un modo directo de referirse a esta experiencia: hice algo (no importa lo divertido, o útil, o beneficioso que fuera) contra la Ley de Dios. Pero no solo ellas la sienten. Uno puede sentirse culpable de este modo tan íntimo al que nos referimos sin estar convencido, a la vez, de que le deba algo a Dios.

¿Conoce usted, amigo lector, más experiencias como las descritas, como las que escuchó toda la plana mayor de Cambridge aquella tarde de 1929 ante un hombre atribulado por ellas, recién llegado de los Alpes austríacos? Experiencias que no acierte del todo a comunicar, pero que sabe que poseen un valor absoluto. Experiencias que, de algún modo, piden ser dichas, pero no pueden ser dichas, como si solo acertara a custodiarlas el silencio. Silencio del que tanto hemos hablado aquí, y por fin ahora vamos a ofrecer.

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