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Un centro-derecha electoral es posible

Foto: Joan Monfort | AP

Fuentes demoscópicas menos interesadas que las que dirige ese Tezanos que jamás ha falsificado un dato en su vida –es lo que ha declarado a El Mundo– han corregido la cocina del último y tan nombrado sondeo del CIS: la intención real de voto sería del 31%, no del 42%, al PSOE y 15% a cada uno de sus oponentes a la derecha, PP y Ciudadanos. Aun con esa rectificación que hemos visto avalada en las redes sociales por personas solventes, como Narciso Michavila, y suponiendo que el trabajo de campo haya sido correcto, las perspectivas a principios de agosto de cara a una posible convocatoria de elecciones en noviembre siguen siendo bastante espinosas para quienes desearían salir de este desliz hacia el populismo desmadrado y la disgregación nacional.

El experimento con el multipartidismo fruto del descrédito que PSOE y PP se han labrado solitos durante un cuarto de siglo no está siendo nada alentador en España porque no existe una cultura de la negociación y la unión de fuerzas. El pacto PSOE-Ciudadanos de hace tres años fue un atisbo esperanzador quizá, pero pronto se impuso el pánico de los socialistas al crecimiento de Podemos a su izquierda y su ruptura con una tradición de centro-izquierda casi olvidada que el nuevo presidente aragonés, Javier Lambán, acaba de recordar… suponemos que sin grandes esperanzas.

Mientras las leyes electorales sigan como están y los pequeños partidos nacionalistas adquieran un papel desmesuradamente poderoso, el riesgo seguirá ahí. Y la atomización del conjunto de los partidos de ámbito nacional no ha hecho sino acentuar la vulnerabilidad del sistema nacido de la Constitución de 1978.

Esta pasada semana se cumplía un siglo de la proclamación de la República de Weimar en la Alemania recién derrotada en una guerra mundial. Un buen conocedor de aquel país y de su historia como es el veterano periodista Manuel Piedrahita trazaba algunos paralelismos desasosegantes en su columna del diario Córdoba:

“Se sucedían los ‘putsch’ de uno y otro signo: al ‘golpe’ conservador de Kapp se opuso el del ‘Ejército Rojo’ en la cuenca industrial del Ruhr. Eran continuos los asesinatos de importantes políticos. Pero el proletariado alemán no estaba por la revolución y los ciudadanos se iban haciendo a la idea de que la Alemania romántica y espiritual había cometido con la república un acto de traición. Muchos alemanes no olvidaron el papel tan indigno al que, por ambición y oportunismo, se prestó el político Franz von Papen contribuyendo al ascenso de Hitler. Hay que preguntarse si la actualidad política española, con la resurrección del ‘guerracivilismo’, tiene algún parecido con las turbulencias que sufrió Alemania en aquellos años (1918-1933). En la actitud de von Papen sí que atisbamos similitud con la actualidad española. Se actúa por ambición de poder con los que alardean de ‘progreso’, cuando lo que está en juego es la unidad de España”.

Frente a ese panorama más que incierto es difícil no coincidir con Cayetana Álvarez de Toledo cuando afirma que un reagrupamiento de los partidos políticos hoy dispersados, aunque no acabe en un retorno a aquel bipartidismo puro y duro –fuente de estabilidad… y, lo hemos visto, a veces fuente también de corrupción-, es necesario para poder contemplar un futuro con mayorías suficientes de gobierno que enderecen España y pongan coto a su ruptura.

Una forma de reagrupamiento factible, no puramente hipotético, sería una alianza preelectoral entre Ciudadanos y PP, al modo de la presentada recientemente en Navarra, que tendría un potencial significativo ante las urnas, en particular porque sería una fuerza de genuino centro-derecha, mientras que lo único que puede buscar el PSOE desde que Sánchez dio la espantada hace tres años, son alianzas izquierda-extrema-izquierda.

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