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Opiniones libres de algoritmos

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Un cuadro de Matisse o el grosor del grafeno

Foto: Drew Hays | Unsplash

¿Por qué mola más identificar un cuadro de Matisse o una sinfonía de Mahler que conocer lo que es una molécula, una célula o las aplicaciones de un material revolucionario llamado grafeno que tiene el grosor de un átomo? ¿Cuál es la responsabilidad del poder científico y del económico en la persistencia del déficit de conocimiento científico que nos aqueja? ¿Acaso este no es cultura? ¿No está de sobra demostrado que este saber tiene un valor social además de económico? Si empezáramos por ahí, por fomentar la cultura científica, quizás la ciencia en España estaría mejor financiada por el sector privado y se resentiría menos de las decisiones presupuestarias del Gobierno de turno, como se ha puesto en evidencia en los recortes aplicados a este capítulo durante la reciente crisis. Pero los datos demuestran que esa cultura y ese potencial de riqueza que representa la investigación científica ni se aprecian ni se concretan. Según los últimos datos de Eurostat, España ocupa el puesto 19 de los 28 en inversión privada destinada a I+D cuando su PIB es el quinto más alto del grupo.

¿Por qué el mundo científico y el empresarial viven de espaldas el uno al otro en España? ¿Qué se puede hacer para mejorar esa relación? Para intentar dar respuesta a estas cuestiones, un grupo de científicos nacionales, abrumadoramente premiados y publicados en las biblias del saber científico mundial, se encontró con representantes del mundo empresarial español unidos por su interés y respeto por el conocimiento científico y su voluntad de poner remedio a esta divergencia. Poder económico y poder científico. Ocurrió la semana pasada en la Universidad Menéndez Pelayo de Santander. La idea y poder de convocatoria son mérito del catedrático de Magnetismo por la Universidad Complutense, Antonio Hernando Grande. ¿Unir a científicos y empresarios en un aula pequeña y abarrotada para intentar que se pongan de acuerdo? “¡Vaya lío!”, en palabras del profesor. Juan Arena, ex consejero delegado de Bankinter y artífice de la transformación tecnológica de la entidad, fue el encargado de asegurar la representación del mundo empresarial.

Pero no hubo tal lío. Para empezar, nadie fue allí a lamentarse del vertiginoso descenso de la inversión pública en Investigación y Desarrollo en España (un 12,6% entre 2009 y 2015 mientras que en Alemania en ese periodo subió un 35,7% y en la media de la UE un 21,8%). Aunque sí se dio un dato demoledor a este respecto: de los 4.635 millones de euros presupuestados en 2017 para destinar a I+D, sólo se invirtieron 1.376 (el 29,7%). Es decir; no sólo se destina menos si no que encima llega muy poco. La razón: el exceso de burocracia. Un atasco que afecta a la ciencia y a la economía y un buen motivo para que ambos mundos unan fuerzas para dar la batalla frente a las administraciones públicas. Y que explica en gran parte el hecho de que España represente sólo el 1% de las patentes solicitadas en la oficina europea, frente al 16% de Alemania o el 7% de Francia.

Lo difícil es que ambos mundos, el de la empresa y el de la ciencia, encuentren un equilibrio entre la tendencia de la primera a pedirle soluciones rápidas a la investigación científica y la incertidumbre y los plazos más largos que caracterizan a la segunda El freedom to fail es una condición necesaria para que la ciencia avance. Esta no puede tener sólo un valor utilitario. Pues es la investigación en ciencia básica, la más difícil de financiar (y de comprender para el mundo económico), la que después trae los avances tecnológicos y brinda oportunidades al mundo empresarial para aplicarlos. En palabras del catedrático de Física y Premio Príncipe de Asturias Pedro Etxenique, director también del encuentro: “La riqueza de las naciones está relacionada con la riqueza de sus nociones”. Es una pena que nuestros gobernantes se hayan empeñado en denostar este sensato principio pese a la calidad de nuestra producción científica. Para Etxenique , un optimista que coincide con al autor de Enlightment Now, Steven Pinker, en apreciar el impacto positivo que han tenido los avances científicos y tecnológicos en el bienestar de la humanidad en el último siglo, tal y como demuestran las estadísticas, “la ciencia es la obra maestra colectiva más importante de la humanidad”.  En definitiva; una sociedad científicamente informada es más culta, más libre y menos susceptible a ser manipulada. Todos parecían estar de acuerdo. Y efectivamente, lo emocionante de la ciencia es que los misterios de la naturaleza y la física puedan ser reducidos a algoritmos matemáticos que salen de la cabeza de un científico. Pura magia.

Quizás nadie mejor que el escritor Gilbert K. Chesterton, citado por la doctora y paleoantropóloga María Martinón en la brillante conferencia que dio durante el curso, para darle la vuelta al argumento de que la ciencia sólo vale si tiene utilidad.  “Para los griegos antiguos la ciencia sólo significaba conocimiento. No buscaban más que el placer de saber; estaban particularmente orgullosos de acumular una gran cantidad de conocimiento inútil. Por ello, la ciencia preferida de los griegos era la astronomía, porque era tan abstracta como el álgebra. Y cuando un filisteo preguntaba sobre la importancia de las estrellas, el filósofo respondía: ‘Representan lo más importante porque precisamente no son nada para mí’. Se puede decir que el ideal para los griegos antiguos era no hacer uso de las cosas útiles. El esclavo era quien tenía que aprender las cosas útiles; el hombre libre era quien tenía que aprender sobre las cosas inútiles. Este sigue siendo el ideal de muchos nobles científicos; en el sentido de que buscan la verdad como los griegos la buscaban; su actitud representa la eterna protesta contra la vulgaridad del utilitarismo”. Pues eso; ¡qué viva el conocimiento inútil! Nuestro progreso depende del mismo.

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