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Un día sin cólera

"Un día sin cólera. Sólo hacía falta un día sin cólera para salvar Cataluña, y con ella el mundo"

Foto: Jesus Diges | EFE

Me contaba Álex Ramos, vicepresidente de Societat Civil Catalana y uno de los más esforzados artífices del éxito de la convocatoria del pasado domingo en Barcelona, que el 8 de Octubre de 2017, aquella primera gran epifanía del constitucionalismo, cuando el constitucionalismo poco tenía que ofrecer más allá de mala sangre, sudor y lágrimas, se les ocurrió de repente. Que a él le estaban dejando hablar en un programa de televisión y por las buenas va y lo suelta: el llamamiento a juntarse todos y a salir a la calle. Inés Arrimadas estaba a su lado, y Álex recuerda que se lo quedó mirando con hermosos ojos como platos, a la vez que le susurraba: “Pero, ¿y si no sale bien, y si no se atreve a ir nadie?”

El resto es Historia. Se atrevió a ir muchísima gente. Fue un gran primer aviso. De que el Procés tenía fecha de caducidad, lo primero. Y segundo de que en cuanto el constitucionalismo catalán saliera al fin y en tromba del armario, muchos que le habían hecho pasar las de Caín se lo iban a rifar…

Es difícil confiar en la Historia cuando se tienen muchas dudas, para empezar, del periodismo. Una mentira repetida muchas veces o muchos siglos no sólo no se convierte en verdad sino que la puede llegar a hacer inviable. La verdad, digo. ¿Todos aquellos que llevan la intemerata pidiendo “diálogo” en Cataluña, se bajarán al fin de la burra? ¿Admitirán que el falso, nunca existente conflicto entre Cataluña y España, era un cínico envoltorio de papel de plata del diálogo que de verdad urgía entre unas exélites catalanas que se resistían a serlo, a reconocer su propia obsolescencia programada, y el sufrido pueblo catalán real al que tomaban de escudo humano y de rehén?

Nací catalana de pura cepa, convencida de haber mamado en la cuna una especie de ética premium, de estar en condiciones de dar lecciones de modernidad y de cintura democrática a gran parte de España. Y de repente menos mal que esa España, mi España, estaba ahí para salir pitando del infierno moral en que Cataluña, mi Cataluña, se estaba convirtiendo. ¿Se acuerdan de Samuel Beckett, el peculiar escritor irlandés que desertó de la lengua inglesa y se pasó a escribir en francés sólo para huir de la apabullante influencia de James Joyce? Algo así me ocurrió a mí cuando a finales de los noventa, principios de los dos mil, empecé a sentir un ahogo moral espantoso con el establishment político y cultural catalán. Menos mal que me asistía la milagrosa circunstancia de tener una lengua y una cultura entera de recambio.

Inciso: ahora que está tan de moda hacer burdas analogías con el Holocausto, siempre me he preguntado, un alemán horrorizado por la ascensión del nazismo en los años 30, ¿a dónde se podía ir, física y mentalmente, que no fuese al exilio o al carajo?¿Han visto la película “El hundimiento”?

Una de las inconmensurables ventajas de ser español, es decir, de participar de un tejido histórico, social, cultural y político tan rico como contradictorio -puede que incluso un poquito desesperante a veces…-, es que por las rendijas de la aparente desunión se puede llegar a colar mucha esperanza.

Que se lo pregunten si no a Fernando Sánchez Costa, actual presidente de SCC, que se ha pasado medio verano aguantando insultos de unos por pedir que a la firmeza ante el Procés siga algún proyecto de persuasión y recuperación de gran parte de sus creyentes/víctimas…y medio otoño aguantando presiones para no salir el domingo pasado a la calle al frente de la entidad constitucionalista que, teniendo que apretar a veces los dientes bajo amenazas muy feas, sigue siendo el único paraguas convincente bajo el que guarecer una respuesta sana, desacomplejada y plural a la tierra quemada y sin ley en la que algunos han intentado convertir la Cataluña post-sentencia.

Señores y señoras, lo del pasado domingo 27 de octubre en Barcelona fue mágico, fue el triunfo del amor –sí, del amor, tal cual…- sobre el miedo, fue contener la respiración hasta el último minuto. Algún día, cuando ya nada importe, hablaremos de los muchos artistas y cantantes y escritores y significados profesionales de esto y de lo otro que en privado nos dan la razón pero sin atreverse (o sin creer todavía que ya les cunde…) a decirlo en público. Los muchos periodistas que ante las cámaras te escupen a cara de perro para susurrarte en la pausa publicitaria: “no, si yo ya sé que tenéis razón”. La Guardia Urbana de Ada Colau echando las cuentas de los asistentes a unas manifestaciones con calculadora y de los asistentes a otras con ábaco. La zozobra angustiosa de total para qué, si el panorama electoral es el que es y al final habrá que pactar con, o que entender a quien pacte con, y encima…

Pero déjenme decirles que el pasado domingo, 27 de octubre, fue uno de los días más felices de mi vida. Porque lo que pasó el domingo no habría ni habrá sido jamás posible de no haber muchísima gente, muchísima más de la que dicen, yendo al revés del mundo, de la conveniencia, de esa miseria humana en la que invariablemente se apuntala todo Procés. Gracias a todos los que no habéis sido unos trepas. A los que habéis decidido que se podía y se debía vivir sin medrar, sin subvenciones, soportando arrinconamiento, indignidad, muerte civil a veces.

Un día sin cólera. Sólo hacía falta un día sin cólera para salvar Cataluña, y con ella el mundo.

Hemos resistido. Y sólo eso ya nos hace invencibles.

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