Miguel Ángel Quintana Paz

Una encíclica mediocre de un papa sesgado

«Un hecho curioso: lo sobreabundantes que son las referencias al «pueblo» en los discursos de Francisco, y siempre en tonos positivos. Un rasgo, por lo demás, típico del populismo»

Opinión

Una encíclica mediocre de un papa sesgado
Foto: MAX ROSSI| Reuters
Miguel Ángel Quintana Paz

Miguel Ángel Quintana Paz

Profesor de Ética y Filosofía en la Universidad Europea Miguel de Cervantes. Mi sueño es conocer (a) Alaska. Charro y wittgensteiniano.

En los últimos tiempos, varios obispos católicos residentes en China se toman, de forma repentina y a veces frecuente, «períodos de vacaciones». O al menos así es como las autoridades de aquel país explican sus súbitas desapariciones.

Todos saben, eso sí, que las actividades vacacionales que el régimen comunista impone a tales prelados son cualquier cosa salvo lúdicas. Torturas, reclusión en campos de adoctrinamiento, arrestos domiciliarios o en las cárceles del país… A veces ni siquiera se conoce muy bien el paradero de tales pastores. Es el caso de Cosme Shi Enxiang: tras pasar la mitad de su vida en prisión, se cree que probablemente ya haya fallecido, y así se anunció de hecho en enero de 2015. Pero poco después el Gobierno chino negó tal extremo (quizá para evitar que sus restos fueran venerados). Y a día de hoy ni sus parientes ni sus fieles saben muy bien a qué atenerse.

¿Por qué persigue la República Popular China a tantos obispos? Su delito: aceptar la tarea episcopal que les han encargado los papas romanos, pero hacerlo sin el permiso del Gobierno de Pekín. En efecto, este ansía, como cualquier gobierno ansioso de controlarlo todo, tener la última palabra sobre quién dirige a los católicos de su nación. En las diócesis en que no lo logra, China crea una iglesia «católica» paralela, consentida, gubernamental, mientras que a cuantos continúan bajo la disciplina de Roma los hostiga. O, por decirlo en lenguaje comunista, los envía a frecuentes «períodos de vacaciones».

No sabemos, como hemos referido, si Shi Enxiang sigue vivo en alguna celda china; tampoco si, en caso de estarlo, habrá podido llegar hasta él alguna copia de la última encíclica del papa Francisco, Fratelli tutti («Hermanos todos”»). Tampoco podemos cerciorarnos (dado el citado trajín vacacional) de si todos los obispos maltratados por el Partido Comunista de Xi Jinping habrán podido ya leerla. Ahora bien, lo que es seguro es que ni esos obispos sufrientes, ni ningún lector de la encíclica, habrá podido hallar en ella la menor crítica a regímenes, como el chino, que acaparan un poder totalitario para el Estado «en pro del pueblo”», o se reservan el control de la economía «en nombre del proletariado». No podrán hallar tales críticas, pues el papa Francisco no ha incluido ni un solo pero al socialismo ahí.

Sí que se prodiga, no obstante, en las críticas a la economía de libre mercado y a las sociedades democráticas en que esta florece. De hecho, se prodiga de modo un tanto desmedido. La encíclica Fratelli tutti es una encíclica larga, repetitiva, que incluso sus más firmes partidarios reconocen que no posee novedad reseñable alguna con respecto a lo que el papa Francisco ya ha ido proclamando durante su pontificado.

Y, ojo, tampoco es ninguna novedad (como hacen bien en reclamar los defensores de Francisco) que la Iglesia católica critique el capitalismo. Es normal para los cristianos creer que todo sistema económico, al ser humano, está sujeto a imperfecciones o pecado. Así lo llevan entendiendo los obispos de Roma al menos desde León XIII: su encíclica Rerum novarum se remonta a nada menos que 1891. Y ya entonces detectó problemas en un orden capitalista que, por otra parte, ningún autor serio ha defendido nunca (contra lo que parece creer a veces Francisco) que sea una utopía inatacable.

Ahora bien, como buenos conocedores de Aristóteles (y a diferencia del papa Bergoglio), todos los pontífices que desde León XIII han hablado de estos temas han mantenido un saludable equilibrio entre dos vicios opuestos: no por criticar la libertad económica han olvidado los perjuicios que causa ese control obsesivo de la economía al que aspira el socialismo. No por señalar los defectos de nuestras democracias han pasado por alto los males de los regímenes totalitarios. No por recordar los problemas del capitalismo han prescindido de la crítica a la alternativa comunista.

Es más, si nos fijamos en uno de los pontífices que más textos dedicó a estas cuestiones, Juan Pablo II, nos encontraremos con otra joya intelectual que solo cabe añorar en Francisco. El polaco Wojtyla (que bien conoció en su patria las opresiones a que se nos puede someter en nombre del pueblo o del socialismo) subrayó una y otra vez las virtudes que cabía ver en las democracias liberales. Nos enseñó a ver lo bueno que podía tener la libertad de mercado desde el punto de vista católico. Habló de virtudes suyas como apostar por la libertad de cada persona, por ejemplo, algo esencial para cualquier cristiano que se precie. O destacó también el modo en que aprenden a cooperar esas libertades personales en una empresa, cuando esta obedece a su vocación más auténtica. O elogió su impulso hacia la creatividad y la innovación constantes, algo que reflejaría en el hombre, siempre según Juan Pablo II, ese hálito creativo que, en última instancia, solo pertenece al Creador.

Todas estas cosas loables que contiene, junto a sus defectos, el libre mercado las había charlado antes Juan Pablo II, seguro, con quien fuera uno de sus principales colaboradores. Y uno de los intelectuales católicos más potentes de los últimos tiempos: Michael Novak, filósofo liberal fallecido en 2017, solo unos meses después, lo que son las cosas, de un líder que representó lo opuesto a su pensamiento: Fidel Castro. A algunos nos pareció ya entonces algo más que una anécdota que el papa Francisco guardara silencio ante los familiares y amigos de Novak, que sin duda hubiesen agradecido alguna palabra de recuerdo para quien tanto había colaborado con la Santa Sede. Nos pareció algo más que una anécdota que, en cambio, sí se hubiese apresurado poco antes a enviar un telegrama para expresar su tristeza tras el deceso del dictador cubano.

Tampoco parecen ser anecdóticos los vibrantes elogios que uno de los más estrechos colaboradores del papa Francisco, el también argentino monseñor Sánchez Sorondo, dedica a China siempre que puede. «Hoy los que mejor realizan la doctrina social de la Iglesia son los chinos», ha llegado a afirmar, porque «buscan el bien común, subordinan las cosas al bien general». Otras frases suyas tampoco tienen desperdicio: «Pekín está defendido la dignidad de la persona siguiendo, más que otros países, la encíclica ecologista de Francisco Laudato Si’». O también: «China está asumiendo un liderazgo moral que otros han dejado» (¿tal vez el subconsciente le traiciona aquí al monseñor, y esos otros son… los propios monseñores?).

En suma, todo apunta a que Francisco y el entorno de colaboradores que ha elegido no es que sean precisamente un epítome de equilibrio a la hora de analizar los sistemas políticos y económicos de nuestro mundo. No parece que los regímenes que asumen para sí todo el poder en nombre del pueblo le susciten tantos resquemores como aquellos que, ay, confían en la libertad. Desde hace años, de hecho, uno de los mejores estudiosos mundiales del populismo, el italiano Loris Zanatta, viene señalando a un hecho curioso: lo sobreabundantes que son las referencias al «pueblo» en los discursos de Francisco, y siempre en tonos positivos. Un rasgo, por lo demás, típico del populismo. Esta última encíclica, de hecho, corrobora tal tendencia. El término «pueblo”» aparece nada menos que en 95 ocasiones; mientras que «libertad”» solo lo hace 38 veces, y a menudo para destacar sus aspectos más negativos: es una ilusión, es solo económica, pertenece solo a los ricos, es algo que se vacía…

Hay, en todo caso, una palabra que queda aún más oculta que «libertad» en esta encíclica. Palabra que uno diría medianamente importante para los cristianos: Cristo. Solo se la menciona, junto con Jesucristo, 11 veces. Y varias de ellas aparece como mero complemento preposicional («de Cristo»). Este tono, un tanto desapegado con respecto a lo específico cristiano, ha llevado incluso a un filósofo agnóstico como Salvatore Natoli a preguntarse si la Iglesia católica ya no tiene nada especial que ofrecer a los no creyentes como él; si acaso todo va quedando subsumido, también para los católicos (como para la ONU o el progresismo mundial) en una vaga “«fraternidad universal». Fraternidad no confesional por la cual, por cierto, la Gran Logia Masónica de España se ha apresurado a felicitar al actual pontífice (no me gustaría que pareciera que no le reconozco sus éxitos en ciertos ámbitos).

El citado texto de Natoli (y su crítica a Francisco) aparece en un libro que se ha apresurado a coordinar en torno a esta encíclica uno de los más importantes teólogos católicos, y además arzobispo, de nuestros días: Bruno Forte. A fuer de sinceros, pues, parece que quedan en la Iglesia católica figuras capaces de reconocer que no solo el mercado o la libertad humana son dignas de crítica, sino también el papa (que, recordemos, según la propia doctrina católica solo es infalible cuando habla ex cathedra sobre moral y fe, no cuando habla de economía o sociopolítica). Termino pues este texto con la esperanza de que, aunque este no haya sido exactamente un ditirambo en honor a la citada encíclica, sea capaz de suscitar respuestas argumentadas por parte de todos los fans que tiene Francisco dentro y fuera de la Iglesia (a veces se diría que más fuera que dentro, y quizá eso sea un mérito).

Pues hay otra cosa maravillosa que tiene la libertad (esa que no parece provocar entusiasmos ni en China, ni en el entorno actual del papa). Que uno puede escribir cosas como esta sin tener que pedir ya permiso ni al Sumo Pontífice, ni al Partido Comunista, ni a nadie que no la quiera leer. Lo cual no quita para darte las gracias a ti, amable lector, que sí lo has hecho y acabas de llegar hasta aquí.

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