Daniel Capó

Una Europa en decadencia

«Una Europa menos relevante significa más paro y menos oportunidades para los jóvenes, menor calidad de vida y más inseguridad»

Opinión

Una Europa en decadencia
Foto: Christian Lue| Unsplash
Daniel Capó

Daniel Capó

De la biografía me interesan los espacios habitables. Creo en las virtudes imperfectas y en la civilizada inteligencia de la moderación

En ocasiones los pequeños datos iluminan la realidad. Un buen ejemplo nos lo proporciona el reportaje aparecido recientemente en la revista británica The Economist. Hace veinte años, en 2001, cuarenta de las principales cien empresas del mundo eran europeas. Dos décadas después, en 2021, este número se ha reducido a quince: un descenso de más del cincuenta por ciento. Las causas son diversas y muchas de ellas se solapan.

El crash de 2008 –que se originó en los Estados Unidos con las subprime– ha castigado a la zona euro de forma más severa que a otras regiones del globo. La estructura económica de la Unión –con su énfasis en el sector financiero, por ejemplo, o en las grandes telecos– no ha sido precisamente la triunfadora en la contienda empresarial de este siglo. Las corporaciones tecnológicas más señeras –de Alphabet a Facebook, de Microsoft a Amazon, por mencionar sólo las americanas– parecen haber pasado de largo por nuestro continente, con la única excepción de la alemana SAP. Algo que, por otro lado, no ha sucedido en China. La falta de músculo de Europa puede asociarse también al triunfo de la globalización –entran en escena nuevos actores–, a los errores de diseño del euro –con la pérdida de confianza implícita–, a la respuesta equivocada que se dio a la crisis de 2008, a la excesiva burocratización de la economía de la UE y a su exagerado énfasis en un dirigismo de arriba abajo. Finalmente, cabe subrayar que muchas de nuestras grandes corporaciones se concentran en sectores maduros, con menor crecimiento a futuro; pensemos, por ejemplo, en las eléctricas, los seguros o las empresas de servicios.

En todo caso, la reducción del número de empresas nos habla de un desenganche sintomático. De un modo u otro, nos alejamos de la centralidad de la globalización, nos hacemos menos relevantes, participamos menos en el juego. Lo sugería Bruno Maçães al comentar la reunión del G-7 en Cornualles: ¿cuántos de estos países (Canadá, Italia…) seguirán formando parte de las veinte naciones más ricas del mundo dentro de una o dos décadas? ¿Cuál será el peso real de la Unión de aquí a veinte años? Sin trascendencia alguna en el campo de la Inteligencia Artificial o el Big Data, con una población extremadamente envejecida y un mercado laboral que ha cronificado el desempleo en niveles inaceptables, uno se pregunta cómo se revierten las tendencias globales. La respuesta comunitaria parece sugerir que el futuro del continente pasa por la economía verde, sector puntero que incide en uno de los grandes temas de nuestro tiempo: el cambio climático. Pero ni siquiera ahí nuestra ventaja es realmente significativa.

Por supuesto, un país –o un área geográfica– puede optar por el desenganche: gestionar meramente en lugar de liderar, narcotizar en lugar de emprender. El problema es que los errores de la inteligencia –las «malas respuestas», por decirlo en palabras de Marc Bloch– tienen consecuencias. Una Europa menos relevante significa más paro y menos oportunidades para los jóvenes, menor calidad de vida y más inseguridad. El primer objetivo de la Unión, a día de hoy, debería ser volver a crecer con fuerza, con más intensidad, con una mayor productividad y valor añadido. Entre otros motivos, porque sólo enriqueciéndonos podremos afrontar los desafíos del presente, se llamen como se llamen.

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