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Unas cuantas costumbres españolas

"Esa cosa tan española de echar pestes de España, que los independentistas (esos españolazos) hacen como nadie, no me sale"

Foto: @steve01 | Unsplash

Esta frase de G. K. Chesterton: "Si puedo pasar a la historia como el hombre que salvó de la extinción a unas cuantas costumbres inglesas […] podré mirar a la cara a mis grandes antepasados, con reverencia, pero sin temor, cuando llegue a la última mansión de los reyes". La leí y me dije que, si cambiábamos «inglesas» por “españolas”, yo la firmaba con mi sangre. Muy ufano, me pavoneé en Twitter.

A bote pronto, mi antiguo director en Nuestro Tiempo y, sin embargo, amigo, Ignacio Uría me preguntó qué costumbres en concreto. Para empezar, la devotio ibérica, que hace que uno permanezca leal de por vida a sus jefes. Si Uría me pedía concreción, yo dejaba ipso facto todos los artículos urgentes —criticando al Gobierno— y me ponía a contestar a mi jefe de hace siete años.

Como el ameno diálogo virtual tenía lugar a la hora del aperitivo, pensé que ésa era una segunda costumbre española que haré todo lo que esté en mi mano y mi cintura para que no se pierda, pese a los horarios insaciables del voraz capitalismo y los ceñidos corsés de la dietética. Si la siesta (oh la siesta, tercera costumbre que no morirá antes que yo) es capaz de sacar dos días de uno solo, el aperitivo nos regala dos sobremesas, que nunca sobran.

Dos sobremesas ayudan a vencer la tentación inercial de alargar la segunda. Mi abuelo, en cuanto nos levantábamos de la mesa, afirmaba ritualmente: "Mi religión me exige retirarme a mis aposentos". Espero que mis nietos aprendan esa frase sagrada de mis labios y la transmitan a los suyos, con lo que nos habremos saltado, como quien no quiere la cosa, tres siglos de nada. La siesta conlleva, en efecto, grandes exigencias morales. Si hace falta una conciencia limpia para dormir cada noche, imaginen cómo hay que tenerla de prístina para dormir por las noches y al mediodía.

Más costumbre que constructo intelectual, mi condición de súbdito fiel de la Monarquía Hispánica. Tiendo a considerar a los países hispanoamericanos comunidades autónomas de Ultramar, con todo respeto a sus independencias, que al menos tuvieron la gallardía de ganarse en el campo del honor. Pero si hay quienes se consideran ciudadanos de una república catalana que jamás existió y el PSOE les ríe las gracias o ciudadanos del mundo, contra toda evidencia, ¿por qué no voy a poder sentirme yo habitante de un reino que lo fue durante tanto tiempo y en el que todavía nunca se pone el sol en nuestro idioma ni en nuestra fe? Algo así, si les divierte ponerse dramáticos, como aquellos japoneses que salían de la selva luchando por el emperador treinta años después de finalizada la Segunda Guerra Mundial, aunque yo desde casa.

Mi quinta costumbre española es el donjuanismo. Don Juan, qué mito más edificante. Yo lo pongo en práctica diariamente y, además, con bastante éxito, todo hay que decirlo. Y no es por presumir: es la única manera de sostener un matrimonio indisoluble. Ya se sabe que todos los hombres somos iguales, pero que cada mujer es distinta a sí misma y cambia a cada rato y no sólo de estilo ni de color de pelo. Conquistar a mi mujer en cada una de sus vertiginosas metamorfosis ha sido un afán tenorio de dedicación completa y lo será. Mi catálogo, por muy monógamo que sea, no es monocolor y dejaría afónico a Leoporello.

La séptima españolada es ser más papista que el Papa, que es fácil. También me gusta mucho practicar la hiperdulía. 

De los toros, más aún que la Fiesta, y ya es decir, más incluso que el Rito, me gusta el reto, como a Blas de Otero. El personal de hacer de la existencia «una fiesta brava del vivir y el morir», esto es, arrimarme al peligro, torear al natural, ensayar el pase de pecho y saber que siempre llega la hora de la verdad, pero, mientras tanto, jugármelo todo por amor al arte.

La décima costumbre española es, quod a estas alturas erat demonstrandum, el quijotismo, muy entreverado con el caballero del Verde Gabán, sí, mas indudable. Dispuesto a perder mis dientes cervantinos en un embate contra los batanes y, sobre todo, contra los ejércitos de los rebaños.

Se me quedan atrás muchísimos hábitos (el de Semana Santa, los vitivinícolas, los indumentarios…), pero no querría acabar sin dejar constancia de que hay otras tantas costumbres españolas que no tengo, no vayan a pensarse ustedes que soy un nacionalista obtuso. A riesgo de pasar por extranjerizante, apenas hablo mal de mi país. Esa cosa tan española de echar pestes de España, que los independentistas (esos españolazos) hacen como nadie, no me sale. Parezco rumano, como Cioran, que afirmaba: "Tengo un auténtico culto por España". Otra costumbre españolísima que no transmitiré a la posteridad es pensar que los de mi pueblo son mejores que los del pueblo de arriba y los del de abajo. Por último, siento defraudar a nuestro héroe Blas de Lezo, que Dios guarde, pero a la hora de ir al baño no pienso en los ingleses. De hecho, los ingleses me hacen bastante gracia, en general y con las irremediables excepciones. Me alegra que Chesterton salvase de la extinción algunas buenas costumbres de la Merry England.

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