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Voy a hablar de nuestra patria

"Voy a dar cinco razones de andar por casa para defender la causa noble e imperfecta del patriotismo"

Foto: Henry Griffin | AP

Pero advierto, para prevenir a los entusiastas, que voy a poner menos pasión en este empeño que el que puso el PCE en 1938. En cuanto los comunistas se percataron de que la retórica de la lucha de clases no bastaba para llenar las trincheras de combatientes, dejaron de lado la retórica revolucionaria para hacerse propagandistas de «la guerra nacional», “la guerra de independencia” e, incluso, de «una guerra santa». Ya no pararon de hablar de los héroes del 2 de mayo, del Cid, de Agustina de Aragón, de Sagunto y de Numancia. En el Mundo Obrero aparecían titulares como este: «Como el dos de mayo de 1808, ¡Todos en pie por la independencia de la Patria!». «Sentimos nuestras venas inflamadas de entusiasmo por el orgullo de ser españoles», escribía Jesús Hernández.

Yo no me atrevo a tanto porque sé que, como en el hombre todo es cuestión de grados, la sacralización de la patria tiene tantos riesgos como la “oikofobia” de la que hablaba Scruton. No hay causa humana que no sea imperfecta. Pero es noble comprometerse con causas nobles e imperfectas, porque la conciencia de su nobleza nos impedirá caer en el derrotismo y, la de su imperfección, en el fanatismo… Aunque, bien mirado no parece haber un peligro inminente de exageración del patriotismo español en España.

Voy a dar cinco razones de andar por casa para defender la causa noble e imperfecta del patriotismo.

Primera: El patriotismo es el término medio entre las posiciones políticas divergentes de un país. Si falta el patriotismo, lo que queda es la divergencia sin término medio. “¿En una guerra civil en qué lado están los patriotas?”, se preguntaba Platón. La respuesta es clara: si hubiera habido patriotas, no se habría roto la paz. El patriotismo es el consenso que legitima los disensos.

Segunda. Sin patriotismo, no hay “We, the people”. Cuando Platón se propuso construir una ciudad justa, en la República, comenzó señalando que el sentimiento colectivo de fraternidad es la condición de posibilidad de la vida en común. Por eso insiste en que los ciudadanos deben considerarse hijos de la misma madre tierra. El patriotismo es, al mismo tiempo, la virtud política que está al alcance de todos y el soporte de las demás. Ahora bien, si, como decía Cela, el nacionalista cree que el lugar donde nació es el mejor del mundo, el patriota cree que el lugar donde nació se merece todo el amor del mundo. Hay que apreciar lo que se tiene para querer mejorarlo.

Tercera. Todo régimen político necesita sus mitos patrióticos. Por eso en el ágora ateniense se erigió, a la vez, una estatua a la diosa Persuasión y un monumento a los tiranicidas Harmodio y Aristogitón. No había persona culta en Atenas que no supiera que estos dos jóvenes habían muerto por razones que tenía más que ver con los celos que con el amor a la democracia. Pero su simbolismo contribuyó a persuadir a los atenienses del valor de su régimen político.

Cuarta. No hay causa con más poder movilizador que la patriótica. Orwell fue el primero en observar que cuando Hitler mandó sus tropas contra Moscú, Molotov no se dirigió a sus camaradas, sino a sus «queridos hermanos» y cuando Stalin necesitó movilizar al pueblo, no recurrió al vocabulario de la lucha de clases, sino a la imagen de la Madre Rusia. De ahí el nombre de Gran guerra patria.

Quinta. El patriotismo modera la creencia del ciudadano moderno de que no debe nada a nadie, pero que el Estado se lo debe todo a él. El estado de bienestar contemporáneo es un Estado de ventanillas y formularios en el que se hace más publicidad del beneficiario de un derecho que de quien lo hace posible con sus impuestos. La burocracia actúa como una maquinaria impersonal que administra nuestros derechos como si ella fuese quien los crea y mantiene, ocultando que, detrás de cada derecho disfrutado, hay una solidaridad ejercida. La patria es una institución moral, no un hotel en el que tenemos derecho a estar bien servidos por el mero hecho de haber llegado.

Podría ofrecer muchos más argumentos, pero no sería patriótico que me dejarais solo en el intento de convertir a España en un motivo de celebración colectiva.

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