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Alfonso Basallo

Lo que el mundo debe a España

«Es irrefutable la riqueza y universalidad del legado de la cultura de España a la humanidad»

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Lo que el mundo debe a España

'Las meninas', de Diego Velázquez.

Un personaje de la película Un, dos, tres, de Billy Wilder, le espeta la siguiente frase a un joven comunista que pretende poner el mundo patas arriba: «Tranquilo, chico, la humanidad no será tan mala cuando ha sido capaz de crear el Taj Mahal, Shakespeare y la pasta dentífrica». La observación se podría aplicar a España si sustituyéramos esos tres inventos por El Escorial (o la mezquita de Córdoba), Cervantes y los descubrimientos de Ramón y Cajal. Lo sublime y lo práctico, lo artístico y lo científico, decisivas aportaciones del genio español a la civilización, que no solemos valorar hasta que alguien no enumera el catálogo de contribuciones y le da para un tomo de medio millar de páginas.

Retrato de Miguel de Cervantes.

Eso es lo que han hecho el catedrático de literatura y exdirector del Instituto Cervantes y la Biblioteca Nacional, Jon Juaristi, y el historiador y editor Juan Ignacio Alonso en El canon español, subtitulado El legado de la cultura española a la civilización (La Esfera). Han recogido lo mejor y más universal que ha dado al mundo la arquitectura, la pintura, la ciencia, el pensamiento y la literatura, y han trazado una línea que empieza en Altamira y termina en el boom de la literatura hispanoamericana. Por el camino analizan la relevancia de Isidoro de Sevilla, Isabel la Católica, Velázquez, Goya, Teresa de Ávila, Galdós, Gaudí, Ortega y Gasset, García Lorca…; se detienen en los monumentos del arte mudéjar; glosan las grandes obras del castellano –Mío Cid, La Celestina, Lazarillo de Tormes-; incluyen a los heterodoxos –Miguel Servet-; el Descubrimiento con mayúsculas, pero también la odisea de Magallanes y Elcano, y las expediciones científicas del Dieciocho; y junto a personajes de carne y hueso destacan a arquetipos de ficción como el Quijote o Don Juan Tenorio. 

Lo han hecho con un doble criterio. Una parte de esas figuras constituyen la columna vertebral del libro, seleccionadas por su universalidad y su influencia en la cultura mundial, con textos más extensos y una bibliografía. Es el canon propiamente dicho, elaborado por Jon Juaristi. Y otra parte, de carácter enciclopédico, a cargo de Juan Ignacio Alonso, referida al arte y a la literatura.

En este sentido, se puede consultar como una enciclopedia, una especie de Wikipedia, con mucho dato pero en absoluto impersonal, sino todo lo contrario, más bien como una Wikipedia de autor. Pero también se puede leer como un ensayo. De hecho, las semblanzas de personajes como Ramón Llull, Alfonso XI, Juan Luis Vives o Picasso, resultan ser pequeños ensayos. El propio Juaristi desvela que «la obra más útil y más sugerente» que le ha servido de referencia ha sido El legado de Europa, de Stefan Zweig, compilación de semblanzas, encabezadas por Montaigne.

Los autores dominan el terreno que pisan. No es fácil, en efecto, recopilar sin dejarse fuera nada relevante y que el catálogo desafíe el paso del tiempo, ya que civilización implica continuidad, pero a la vez que la selección esté ajustada y justificada. Han demostrado ser abiertos de miras, sin incurrir en exclusivismos -como los de Harold Bloom y su conocido canon literario-, ni en tics hispanocentristas, para lo cual no han perdido de vista el lugar relativo que la cultura española ocupa en el devenir de la humanidad.

«Llama la atención, al ver reunidas tantas aportaciones durante tanto tiempo, la variedad de ámbitos en los que lo español ha dejado huella en la civilización»

Llama la atención, al ver reunidas tantas aportaciones durante tanto tiempo -si nos remontamos hasta el paleolítico, con las pinturas de Altamira-, la variedad de ámbitos en los que lo español ha dejado huella en la civilización. Incluidas contribuciones que en el imaginario colectivo -o en la propaganda negrolegendaria– parecen asociadas al mundo anglosajón. Es el caso de los derechos humanos, con la defensa de los indios americanos por parte de Francisco de Vitoria. O el de las instituciones democráticas, con dos hitos notables: las cortes de León (1188) y las de Cádiz (1810). Las primeras fueron convocadas por Alfonso XI y sus decretos (Decreta) han sido considerados por la UNESCO como «la primera manifestación documental del sistema parlamentario europeo». 

De las Cortes gaditanas salió la Pepa, «una constitución adelantada a su tiempo y pionera en España, que consagraba los principios de la libertad, la igualdad, instauraba la separación de poderes, a lo que Montesquieu había aludido tiempo antes». Como apostillan los autores, «era una constitución absolutamente progresista, sin igual en cualquier país de la Europa occidental. Por eso duró muy poco».

El libro pone de manifiesto algunas paradojas. Por ejemplo, la figura del jesuita Baltasar Gracián, genio del conceptismo, escasamente conocido a este lado de los Pirineos, y sin embargo muy citado en Europa, gracias a sus colecciones de aforismos. Contribuyeron las traducciones francesas del siglo XVII, y que Gracián fuera uno de los autores favoritos de Schopenhauer y Nietzsche. No es raro encontrar en las librerías de los aeropuertos su obra Oráculo manual y arte de prudencia -escrita en 1647-, en las estanterías de management, como se subraya en estas páginas.

O el carácter problemático de incluir en el canon español a Séneca, Marcial, Quintiliano o Prudencio, autores romanos nacidos en Iberia. Del primero advierten los autores que «forma parte del canon clásico europeo, pero no del legado español». No obstante, recogen la huella de todos ellos, y en el caso del filósofo estoico cordobés se remiten a Bertrand Rusell, que en su Historia de la filosofía señala: «Séneca fue un español, cuyo padre era un hombre culto residente en Roma».

«Es irrefutable la riqueza y universalidad del legado de nuestra cultura a la humanidad»

No podía faltar en el Canon español, «uno de los legados más importantes, si no el que más, a la cultura universal»: la lengua, a la que se dedica un capítulo entero. En apretada síntesis recogen la biografía del castellano, desde sus orígenes en un territorio oriental del Reino de León «una forma dialectal del latín vulgar, que parecía destinada a desarrollar una trayectoria poco significativa» y que, sin embargo, «experimentaría una expansión mundial de magnitud incomparable en la historia de la humanidad». Y llegan hasta la era de internet, pasando por su aventura (y enriquecimiento) en América, dando por el camino noticia de sus grandes estudiosos (Nebrija, Sebastián de Covarrubias, María Moliner). Y subrayan su salud frente a quienes piensan que está siendo contaminado por el inglés, «la lengua franca de nuestros días». Argumentan que la lengua «es algo vivo y cambiante» y que el español no ha dejado de nutrirse de «germanismos, arabismos (…) indigenismos, galicismos» y no por ello ha perdido «su esencia y su excelencia, sino que por el contrario se ha enriquecido».

Vicente Blasco Ibáñez.

Por su propia naturaleza, todo canon es «subjetivo», «basado en gustos y preferencias» admiten los autores, aunque la lista tenga el aval de «hechos sólidos y casi irrebatibles». No hay que olvidar tampoco el efecto devastador del tiempo, e incluso de las modas o de la popularidad coyuntural. Azorín, por ejemplo, fue un autor primero glorificado y luego semiolvidado. Gironella gozó de fama, avalada por los millones de ejemplares de su célebre trilogía sobre la Guerra Civil, pero es casi desconocido para los lectores actuales. Y a Blasco Ibáñez, que pasaría con nota la prueba de la «universalidad», a raíz del éxito en Estados Unidos de Los cuatro jinetes del apocalipsis, el tiempo lo ha puesto en su sitio, y los autores solo le dedican cuatro líneas, al final de la semblanza de Clarín, junto al padre Coloma y Armando Palacio Valdés

Habrá lectores que echen en falta supuestas lagunas. Que en la ciencia se hable de Ramón y Cajal, pero se deje en el tintero al otro Nobel de Medicina, Severo Ochoa; que no haya referencias a músicos (e indiscutiblemente universal fue la proyección de Falla, Granados, Casals o el maestro Joaquín Rodrigo); o a cineastas (Buñuel, Berlanga, Almodóvar). Los propios autores admiten que su Canon «puede ser refutado en alguna medida por sus lectores».

Pero hay dos cosas que son irrefutables. Primera, el mérito de emprender y elaborar un canon de esta magnitud, inestimable documento repleto de información, y -lo que es más excepcional- dotado de un hilo conductor perfectamente trabado y servido con una prosa muy cuidada, amena y expresiva.

El segundo aspecto irrefutable es la riqueza y universalidad del legado de nuestra cultura a la humanidad, que este libro pone de relieve. No hay, en efecto, peligro de chovinismo, porque como apuntan Juaristi y Alonso: «La grandeza del legado español se sostiene por sí misma sin necesidad de exégetas o propagandistas».

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