El tonto útil del golpe
«Tejero nunca ha querido revelar los detalles más jugosos de aquella frustrada intentona dirigida a cambiar para el país»

El teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero en el Congreso de los Diputados el 23 de febrero de 1981. | Europa Press
Ni siquiera la historia le ha hecho justicia. Cuando se equipara al teniente coronel Tejero —entonces, 1981— con los generales Miláns del Bosch o Armada se comete un error descomunal, no una injusticia de similar cuantía, porque Tejero participó en la asonada de febrero del 81 con gran entusiasmo. Pertenecía a esa especie de espadones, muy del XIX, que siempre se creyeron depositarios de una labor ingente, indispensable: salvar a España. Antes del 23 de febrero de 1981 ya había participado en otra intentona: la llamada Operación Galaxia, que tomó el nombre de la cafetería donde se había perpetrado un asalto que tenía como primer objetivo el Palacio de la Moncloa, la recién estrenada morada del presidente Suárez. Como en algún momento posterior aclaró el teniente general Saénz de Santamaría, el militar que nunca se sabía dónde realmente se hallaba: «Tejero era un presunto héroe que siempre levantaba la mano para las misiones más inútiles». Bien es cierto, sin embargo, que de su tránsito por diversas escalas de la Guardia Civil nadie guardaba mal recuerdo: actuaba siempre como leal servidor del fundador, del Duque de Ahumada.
Pasado el golpe del 81, pregunté a un capitán de la Benemérita que no había participado en aquel desmán: «¿Qué papel protagonizó Tejero aquel día?». Me respondió sin dudar: «El de tonto útil». Se supone que quiso fotografiarle como un tipo aguerrido, de pocas lecturas y gran valor, que elevaba sus valores, el del honor desde luego, a la condición de dogma. Eso llevado a la intemperie de la intervención política explica que, cuando los auténticos perpetradores de aquel aquelarre, excesivo incluso desde el punto de vista militar, le sumaron a los facciosos, él se incorporó desde el primer sin demasiadas preguntas. Tanto quiso participar en la preparación que, por lo menos, se encargó personalmente de dos cuestiones: la participación de sus subordinados en el asalto al Parlamento, y su insistencia en que «aquello», como lo denominaba él mismo, no era una peripecia para expulsar del poder a Suárez y consecuentemente a la UCD, sino para hacer una revolución en toda regla al mando de «un militar, por supuesto». Él se agrupó con el verdadero autor de la involución, al que denominó el «Elefante Blanco», es decir, de eso ya no quedan demasiadas dudas, con el general Armada.
Él sabía, de antemano, que «sus» guardias, sin interesarse realmente por nada, iban a acudir a su llamada sin matiz alguno. No supo, o si lo supo lo disimuló, que en el acuartelamiento de Automovilismo, desde donde partieron los autobuses del orondo falangista García Carrés, con destino a la Carrera de San Jerónimo, pulularon en los días anteriores dos o tres agentes del CNI, a la sazón llamado CESID. Estos le calentaban el triconio a Tejero y él, a su vez, se presentaba ante sus hombres exigiéndoles en tono castrense: «Un paso al frente». Este cronista puede dar fe de que alguno de aquellos números de la Benemérita o no sabía cuál era su destino o creía, los más informados, que se trataba de contrarrestar un atentado terrorista que había efectuado ETA contra la sede de la soberanía nacional.
Con el grupo de guardias viajaba un sujeto, «el hombre del anorak», que se erigió, ya dentro del Congreso, como el más brutal de los asaltantes, el que ordenó a todas las personas que ocupaban estancias y pasillos vecinos del hemiciclo que se echaran sin rechistar al suelo. Tras el fracaso del golpe, un militar, teniente coronel como Tejero, a la vera misma de la Puerta del Parlamento, le espetó así a su colega: «¿Quién era ese tipo?». Respondió Tejero, al lado del marino Vives y del propio Armada, jefe de la implosión: «¿Y yo qué sé?».
Tejero, como casi todos los hombres de su condición, mezclaba el amor a la patria con una indeclinable fe religiosa que transmitió a su descendencia, tanto que uno de sus hijos fue ordenado sacerdote. Para él todo era un mix que justificaba la intromisión en la vida política, en una democracia que había subvertido (era su creencia) todos los valores en los que él había sido educado. Durante el golpe se mostró como un militar tosco, casi salvaje, distante, frío y de indeclinable lealtad a sus decisiones. Nunca, tras el fracaso del 23-F, llegó a reconocer que aquel día pudo causar una masacre indescriptible en el Congreso de los Diputados cuando, sin ton, ni son disparó su pistola y las metralletas de sus asistentes hacia el frontal superior del Palacio. Tras su arresto, fracasado el golpe, fue enclaustrado en El Ferrol (él le denominaba «del Caudillo») donde recibió, en una operación nunca explicada, a un grupo de periodistas a los que entregó un artículo, que insólitamente se publicó, en el que ensalzaba la paella y el cocido como elementos cruciales de nuestro ser español.
Tejero, tras sus años carcelarios, nunca ha querido revelar los detalles más jugosos de aquella frustrada intentona dirigida a cambiar para el país su rumbo democrático. Nadie le ha seguido en su retiro, a nadie le ha confiado nada, quizá porque tarde se había dado cuenta de que él no era el héroe que había ensayado la jugada de devolvernos a la dictadura, sino un militar equivocado que había arrumbado su carrera en pro de una idea planteada por otros, los más listos de la clase. Del golpe al que todos pudimos sobrevivir de milagro. Hoy, 44 años más tarde, ha entregado su alma al Señor (eso decía él) Antonio Tejero, el brazo armado de un golpe que pudo acabar en tragedia. A eso estaba destinado.
