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'Degenerado': La mañana que cacé conejos con Ariana Harwicz

Conversamos con Ariana Harwicz sobre el libro “bomba” que acaba de publicar con Anagrama, ‘Degenerado’, la historia de un hombre sentado en el banquillo de los acusados, un “perverso”, “un loser”, “un fracasado”, “un frustrado sexual”, “un criminal”.

‘Degenerado’: La mañana que cacé conejos con Ariana Harwicz

Ariana Harwicz | Cedida por la editorial

(Esta entrevista puede herir la sensibilidad del lector. Nos gustaría que así fuera).

La autora argentina, una de las voces más personales de la narrativa actual, encarna en su última novela, “Degenerado” (Ed. Anagrama), a un hombre acusado de pederastia. “Un facho”, “un mamero” que odia y desprecia a la sociedad –y es recíproco-. Una historia brutal, tan monstruosa como lírica, que pone en jaque los prejuicios del lector, el valor que otorgamos a la palabra, el peso de la culpa y la moralidad pegada a los cuerpos. “Era buen vecino…”, decían. Lo era. Tan buen vecino como nosotros.

Estamos sentadas en la salita de su hotel como un par de culpables, bebiendo agua y hablando sobre pederastas. Sobre el libro “bomba” que acaba de publicar Ariana Harwicz con Anagrama, Degenerado, la historia de un hombre sentado en el banquillo de los acusados, un “perverso”, “un loser”, “un fracasado”, “un frustrado sexual”, “un criminal”, dice Ariana, y por ahí que le dispara con la palabra y el protagonista salta como un conejo y corre hacia el lobby con el rabo hecho un pompón. La autora argentina, para mí un espejo, habla como escribe, con un torrente emociones sin censura, un caballo desbocado que cocea, una cosa que te araña y suena.

Como sus novelas anteriores, como Matate Amor, Precoz o La débil mental, solo que en esta hay un Él, sus hombres ya dejaron de ser fantasmas, les regaló una envoltura de carne, un cuerpo del que cuelga el sexo de un asesino. “En mis anteriores obras los hombres eran obsesiones omnipresentes, sin cuerpo… Encarnaba a las mujeres, las madres violentas. Podía sentir el odio, la bronca, y descargarlo como se descarga un arma en la escritura. Pero encarnar a un hombre… Alguien que quizás cometió un crimen, que está en el corredor de la muerte. ¡un chivo expiatorio! –dice y se pregunta–: ¿Cómo es entrar en otro cuerpo, en otra conciencia? Porque las mujeres tenemos muy claro cuál es nuestra causa política, tras tantos siglos buscando la justicia, con los feminicidios, la violencia vivida y la lucha por la igualdad. Pero, ¿qué está haciendo el hombre mientras?”.

– ¿Qué está pasando, que los hombres no saben ya cómo actuar? –le pregunto.
– Ser hombre en una sociedad capitalista debe ser muy difícil, porque el foco no está puesto en ellos y a la vez sí. He visto reuniones de hombres que en confianza hacen chistes sobre las feministas, pero no se animan a decirlo en público. Temen el peso de las redes. Se sienten incómodos con ese sexo colgando que tienen. Ese “pene”, “pito”… ¿Cómo le dicen ustedes?
– Yo, “rabo”.
– Ah, se sienten incómodos con su “rabo”. ¿Y ahora qué hago con este “rabo”? Están totalmente perdidos, escondidos para no hacerse ver, no sea que en Twitter los maten y caiga todo el peso de la denuncia. A nivel general, está todo desbocado, como en el caso de La Manada.
– Al menos el Supremo los ha condenado por agresión sexual, en lugar de abuso. Pero costó. Costó mucho.
–  En Argentina las violaciones en grupo pasan todo el tiempo y la mujer es lo de menos. Es el espectáculo grupal, ver cómo ser macho con el otro. Y ese “perverso” de mi novela, ese “degenerado”, igual si hubiera cometido el mismo crimen en Argentina el pueblo habría reaccionado de manera diferente, habrían hecho justicia por mano propia, le hubiera cortado el cuerpo allí mismo. Pero la ley francesa es diferente.

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Ariana Harwicz. | Foto de Yuli Gorodinsky.

Cuidado no levantes la liebre

Ariana Harwicz lleva doce años viviendo en Francia. En diminutos pueblos a unos pocos kilómetros de París donde no hay más latinos que ella o, si los hay, no los ha visto. “Tal vez un asiático, o un trabajador rumano”, dice. La gente habla bajito, cada casa tiene un ojo puesto en la del vecino y hasta la señora que vende el pan, una viejecita modosa, te mira con recelo.

Su protagonista, ese ¡mamón!, esa ¡liebre destripada!, vive en un lugar que bien podría ser su casa, en un micro estado policial donde rige otro tipo de ley y de censura diferente a la de la ciudad. “Yo intento parecer normal y no lo logro. Siempre digo algo distinto de lo que hay que decir. Vigilancia y castigo, todo el mundo quiere castigarte y juzgarte y todo el mundo quiere ser normal. Y yo no encajo. Imaginá él, es eso al extremo. Su odio a la sociedad, a la ley, que es algo muy común en los criminales. Se olvidan de su delito o tiran mierda a la sociedad. Ustedes tiene la culpa, sabotearon mi vida. Hicieron esto de mí”.

– Sentí empatía por ese degenerado y me picaban los codos de culpabilidad –le digo.
– Eso sería un milagro… Yo quisiera eso, aunque fuera una página.
– Creo que pasa porque en tu novela el crimen no es claro, no sabemos en qué medida miente o inventa y eso hace que armes en tu cabeza una escena violenta. Y si puedes armarla, puedes cometerla. Te conviertes en cómplice.
– Todos mentimos –me asegura–. Las mejores personas que conozco mienten. Y luego esto de no encajar, igual todo el tiempo me digo Qué raro que no soy una criminal. Yo mismo me asombro. Ah, no me vinieron a buscar, no maté a nadie. Tengo ese asombro y ese estado de sospecha sobre mí misma. Siempre que me miran raro digo ¿Qué habré hecho?
– Cada vez que voy a El Corte Inglés pienso que las dependientas me vigilan por si robo algo –confieso con cierta vergüenza. Me ocurre desde niña, algún día tendría que atreverme a ver qué pasa.
– Es que todos estamos a un paso de la ilegalidad, y en sociedades como la argentina, donde se transgrede más, es una cosa. Pero en Francia… En Francia siempre tengo la impresión de que se infringe la ley por cualquier cosa.

«La escritura no es la Bolsa, hay que escribir con la mayor libertad posible, sin atender ni al mercado ni a cómo te van a ver quienes te lean» -Ariana Harwicz

En Degenerado, el peso de los genes no exonera de la culpa al condenado, pero crea hipótesis, invita a la pregunta. A una infinidad de ellas… Enredándose en una enloquecida verborrea durante un juicio de apenas un centenar de páginas angustiosas, con un alegato y una defensa “afantasmados”, llenos de falsedades, de memoria reconstruida, de mitomanías, de voces que se cuelan bajo las puertas que abre la lectura: El padre de este “hombre en el banquillo”, de “esta barbuda de circo” fue un abusador que lo expuso al sexo violento de bien pequeño. ¿Influyó? Eso debió influir. El dedo del pueblo que acusa y duda –“Era un buen vecino”–. Y él mismo, mintiéndose como todos hacemos, narrándose. “Hay que desconfiar de la lengua siempre”, concluye Ariana, que escribe con un lenguaje extraño, un español roto y expatriado. Sospechoso. Que no se ajusta a la normalidad.

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Portada vía Anagrama.

El escándalo de todo y nada

Qué fuerrrrrte. Qué fuerrrrte. Hay gente que viendo la portada del libro en Argentina no podía dejar de repetir estas palabras. Qué fuerrrrte. Echándose las manos a la cabeza. Como si estuviera viendo una abominación. En la cubierta, la reproducción de una pintura de caza del siglo XVII o XVIII, quizás; una liebre colgando medio destripada. “¿Y se escandalizaron?” –le pregunto sorprendida–. ¿Es que no han ido nunca al mercado?”. Asiente. Las dos asombradas. Las dos sospechosas, ahí sentadas bebiendo agua y hablando sobre un pederasta como si fuera una persona, ¿tú crees?

– ¿Hay temas sobre los que no se puede escribir? Quiero decir, es evidente que la sociedad te juzga y lo hace igual que antes. O peor.
– Estamos dominados y entregados, sí. Pero no quisiera que me pasara a mí. La escritura no es la Bolsa, hay que escribir con la mayor libertad posible, sin atender ni al mercado ni a cómo te van a ver quienes te lean. Todo lo demás tiene que ser destruido como la mayor de las violencias, sin rigores. Hay una ética del escritor y hay que ir donde incomoda. A mí me cuesta releer mi novela y hablar sobre ella, pero la zona de confort mejor dejarla para los lobby de hotel.
– No nos escandaliza ver un muerto en televisión, pero una liebre destripada nos asquea. ¡Qué fuerrrrte! –repito–. ¿Existe entonces el tabú o podemos bromear de cualquier cosa?
– Tenemos la sensación de haberlo visto todo ya, nos hemos reído de los campos de exterminio, visto a los soldados norteamericanos tener a los iraquíes con correas como perros… Y sin embargo, estamos en la época de lo políticamente correcto, de las dobles morales. Quizás lo que ocurre es que lo que no podemos ver todavía, lo negamos. Siento, por ejemplo, que los atentados en Europa están aún en un estado de negación y estos procesos se tardan años hasta que es posible hablar de los temas.
Degenerado se publicará en Iraq, eso he leído.
– Así es… Es un azar maravilloso que no acabo de comprender. Un pedófilo que le tira todo su asco a la sociedad, que reivindica que el deseo es incontrolable. Un mamón.

Degenerado: La mañana que cacé conejos con Ariana Harwicz
Ariana Harwicz. | Foto de Yuli Gorodinsky.

El disfraz de los viejos

Imagina a un hombre conduciendo a 48 Km/h por una carretera en que el límite de velocidad son 50km. No hay control de seguridad. No hay niños. No hay policía. Conduce a pleno sol y no quiere sobrepasar el límite. ¿Qué hace cuando llega a casa? ¿Cuando aparca el coche y entra? “Ese hombre esta loco –dice Ariana-, igual es que mi cabeza no funciona bien, pero… ¿Qué hace dentro de la casa? ¡Destripar conejos!”. Estamos hablando de los buenos vecinos, los peligrosos. Los ciudadanos con carné de “civilizado” que miran por el rabillo del ojo a quienes no encajan en la horma social. “Un hombre, imaginate, un hombre que abusa de una niña y la tarde anterior estuvo comiendo sandwichitos en un cumpleaños. Somos incapaces de entender esos contrastes. Nos asustan”.

«Tenés 94 años, que es lo mismo que te queden cinco meses de vida. ¿Por qué haces lo mismo que cuando tenías 24? El pan, la mantequilla, ordenando los vasos… Vas a desaparecer. ¡Andá a tener sexo con caballos!» -Ariana Harwicz

Las madres DEBEN amar a sus hijos. Los jueces DEBEN ser justos. Los viejos, oh, pobrecitos los viejos… El hombre sentado en el banquillo peina canas, está enfermo. Alguien que tal vez haya cometido un delito atroz y será juzgado por ello, pero, fijaos, si solo es un anciano. Y eso nos provoca pena; de la misma forma que incapacitamos a los viejos para el sexo y el deseo –“la sociedad calla la sexualidad de los mayores. ¡Cómo va a estar allí cuelando una señora de 88 años”, comenta Harwicz–, los incapacitamos para el mal.

– ¡Ah! La vejez es lo peor, esa es mi hipótesis. Porque no hay nada después. Cometes un crimen e igual te caen 40 años, pero no existe la perpetua para los viejos. Y están desatados, los señores grandes. Descarriados –dice.
– Yo trabajé haciendo arte en geriátricos y había muchas mujeres mayores que coqueteaban con los enfermeros, así en plan “guarro”.
– Exactamente es eso lo que me interesa de la vida, salirme de los clichés. El viejito bueno, ¿no has visto el deseo sexual fuerte y el odio fuerte? A veces los miro y los miro y me digo: “Mirá el disfraz de viejo que lleva…” La vejez es un disfraz. Mi abuelo murió con más de noventa años, muerto de deseo. Quería “coger”, “follar”, “meterla”, pero tenía el disfraz de un señor y no se podía mover. Estaba atrapado.
– ¿Cómo se hace para tener sexo en geriátricos? ¿Es lo mismo que las visitas higiénicas de las prisiones?
– Lo hacen, lo hacen. Yo siempre digo: Tenés 94 años, que es lo mismo que te queden cinco meses de vida. ¿Por qué haces lo mismo que cuando tenías 24? El pan, la mantequilla, ordenando los vasos… Vas a desaparecer. ¡Andá a tener sexo con caballos! ¡Haz algo!

El viejo protagonista de la novela, ese “perverso”, “esa liebre”, “ese despojo humano” señalado por todos, no solo está acorralado por la sociedad y el capitalismo, sino por su propio cuerpo. Un cuerpo, dice la escritora, que lleva “la moralidad y la muerte”; una vejez que nos conduce al incesto. El decrépito matrimonio de madre e hijo paseando por la calle, ella con 98, él con 78 o menos. Indiferenciados por fin. Algo tan plástico, apunta, tan delicioso y monstruoso como Degenerado.

“Nos van a cazar como a conejos cuando lean esto, ya verás”, le digo. “Ay, qué me importará a mí”, responde ella. Una maestra asalvajada, genial. Un espejo. Igual que sus novelas, que te atraviesan y te convierten en una débil mental. Que nos maten, que nos apunten con el dedo, igual se les dispara. No hay madriguera más grande que el silencio, ni mayor violencia que la del que calla de miedo, del ciudadano ejemplar…

“Cada intimidad de las casas, cada pórtico con jardín, cada decoración interior y cada cochera con cobertizo en las navidades tiene su apetencia sexual y sus derivados y cada familia es un apetito incontrolable”. DegeneradoAriana Harwicz

 

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