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Cristina Aranda, fundadora de Mujeres Tech: “Hay que hackear los estereotipos”

Doctora en lingüística y cofundadora de la asociación sin ánimo de lucro @MujeresTech, Cristina Aranda se ha propuesto acabar con la brecha digital y la brecha de género en el sector tecnológico.

Cristina Aranda, fundadora de Mujeres Tech: “Hay que hackear los estereotipos”

Doctora en lingüística y cofundadora de la asociación sin ánimo de lucro Mujeres Tech, Cristina Aranda se ha propuesto acabar con la brecha digital y la brecha de género en el sector tecnológico.

En España menos del 20% de los trabajadores del sector tecnológico son mujeres, solo el 15% son ingenieras y desarrolladoras, y apenas un 11% son expertas en ciberseguridad. Para Cristina Aranda, una de las excepciones en estas cifras, la principal razón son los estereotipos, entre ellos los de género, y su objetivo es hackearlos.

“Aunque las mujeres empezaron desarrollando software y tenían un valor protagónico, esto a día de hoy no ocurre”, cuenta Aranda, doctora en lingüística y directora de marketing en Intelygenz. “En mi empresa no me pasa, pero en el sector vas a eventos y todo son paneles de hombres, estás en reuniones y te interrumpen más, expones una idea y después tu compañero dice lo mismo y le felicitan a él, a la hora de ser promocionadas se nos ve más como ejecutoras que como estrategas y se invierte menos en nuestras start-ups”, enumera. 

Aranda defiende que detrás de todos estos comportamientos se encuentran todos los sesgos inconscientes asociados al género que vamos mamando desde la infancia. Cuando, por ejemplo, se recrimina a una niña con liderazgo llamándola mandona y el mismo comportamiento en un niño es premiado. Los referentes femeninos en los libros de texto son un ridículo 8% y un escasísimo 11% en la Wikipedia. Y en las películas o las series no hay mujeres con poder o altamente cualificadas a las cuales se respeta y se escucha. Por no hablar de que las relaciones románticas suelen ser el motor de sus historias.

“Los sesgos cognitivos son aquellas decisiones que tomamos basadas en prejuicios y juicios no racionales adquiridos por la cultura, la educación, la interacción con la sociedad, las cosas que vemos en los medios de comunicación, en nuestra casa o en nuestro entorno cercano”, explica Aranda mientras recuerda el experimento de Wolfgang Köhler, donde la mayoría de los sujetos asignaba el nombre de bouba a una figura redondeada y kiki a otra puntiaguda. “Esto los lingüistas lo llamamos fonosimbolismo, que es la representación visual del fonema. Estas asociaciones se dan en todas las áreas, también en el género. El problema es que se segmentan las tareas, los trabajos y las capacidades”. Y se atribuyen los cuidados o la familia a las mujeres y la iniciativa o el riesgo a los hombres.

“Una vez naces mujer, te ponen el rosa, pendientes y te hablan de otra manera. Como dice Mary Beard en su libro Mujeres y poder, la estructura social es netamente masculina y hay que hackear esta estructura”, continúa diciendo Aranda, que se apoya en un escalofriante estudio: según la revista Science, ya desde los seis años las niñas no se ven capaces de desarrollar una carrera científica o tecnológica. “Es muy importante que entre todos tomemos conciencia de que esto nos pasa y desaprendamos todos estos estereotipos”. Porque su influencia llega incluso a las máquinas, que lógicamente aprenden de nuestra realidad. 

Las máquinas también absorben nuestros prejuicios

“Vivimos en el momento de la Historia de la Humanidad en el que mayor número de contenidos se producen al segundo. Millones de mensajes, publicaciones en redes sociales, imágenes o fake news. Todo ese contenido lo generan personas y viene sesgado. Pero es que luego se compila y se pone en bases de datos que son utilizadas por equipos formados mayoritariamente por hombres, con lo cual a la hora de coger esos datos no se cuestiona la fuente, la calidad o qué dicen”, explica Aranda con otra lista de ejemplos.

La versión beta de Google Fotos etiquetaba a las personas negras como gorilas. Las voces de los asistentes de voz son mayoritariamente femeninas, género asociado al servicio y la atención. Tay, un programa de inteligencia artificial de Microsoft que aprendía con las interacciones de los usuarios de Twitter, tuvo que ser desconectado en menos de 24 horas. “Se volvió nazi, machista, invitaba a quemar a los judíos, hacer cosas horribles a las feministas, burradas siderales”, cuenta Aranda. Y más recientemente: una doctora e investigadora decidió cambiar el sexo de su currículum en un portal de empleo y dejó de recibir ofertas como secretaría y administrativa para acceder a puestos de mayor responsabilidad y más remuneración.

“Los usuarios tenemos que ser conscientes de que la tecnología digital ya nos rodea para todo y tiene un impacto económico y social bestial. Los algoritmos ya deciden si te dan o no un crédito, si tienes derecho a optar a una ayuda, si te pasan a la lista para ser operado. Por eso es determinante que conozcamos que existen esos sesgos, que hagamos que la gente, los equipos que trabajan con esos datos, hackeen esos sesgos e incluyan más diversidad cultural y de conocimiento, que haya personas de humanidades, antropólogos, historiadores, filólogos, lingüistas y psicólogos, para que cualquier producto o servicio que se dé a un usuario tenga el mejor impacto”, afirma Aranda. “La Historia está escrita por un hombre blanco, judeocristiano, heterosexual y sin discapacidad. Pero la mayoría somos el sumatorio de muchas minorías. Para cambiarla, es muy importante que los hombres sean partícipes de todo esto”, sentencia.

Por su parte, Aranda es una de las fundadoras, junto con Sara Alvarellos y Pablo Rodríguez, de Mujeres Tech, una asociación sin ánimo de lucro que tiene por objetivo promover iniciativas para aumentar la presencia femenina en el sector digital y establecer lazos con hombres dispuestos a generar las mismas posibilidades al talento femenino. “En 2015 lanzamos la primera edición con 28 becas y hoy somos una comunidad de 400 niñas donde se imparten talleres de robótica, programación y el internet de las cosas en Madrid, Girona, Barcelona, Valencia, Zaragoza y Santander. También hemos creado Girls Gonna, plataforma donde cualquiera pueda descargase nuestro conocimiento para realizar actividades en casa o en el colegio. Somos asesoras de muchos stakeholders, participamos en la mesa de género de la secretaría de estado para la sociedad de la información y la agenda digital. Y yo, desde la parte de emprendimiento, organizo TED Talks, talleres de design thinking o networkings”, relata.

En España menos del 20% de los trabajadores del sector tecnológico son mujeres, solo el 15% son ingenieras y desarrolladoras, y apenas un 11% son expertas en ciberseguridad. | Foto: Fundación Telefónica.

Sobre el poder del lenguaje inclusivo

Con todo, Aranda cree que es imprescindible apostar por la inclusión con políticas e integrar a los hombres en estos discursos para lograr cambios reales. “Yo soy escépticamente optimista”, confiesa. “Las personas que trabajamos en innovación social en equipos tenemos que empezar por abordar la cultura, la conducta, la predisposición. Cambiar, de repente, una estructura y pasar de ser líder y tener poder a compartirlo a nadie le hace gracia”, cuenta. “Muchos se sienten ofendidos, pero no hablamos del yo, sino del nosotras como colectivo, de todos, de la Humanidad. Y curiosamente el 51% salimos perdiendo. Pero ahora no queremos hablar de culpables, sino de que construir entre todos un mundo mejor”, asegura. “Habrá conductas machistas, retrógradas y, obviamente, será difícil hacerles cambiar porque no hay más ciego que el que no quiere ver, pero yo me centro en las personas que, aunque tienen prejuicios, hombres y mujeres, les llega este discurso y se quedan pensando”, afirma.

A modo de conclusión, Aranda aborda la necesidad de utilizar el lenguaje inclusivo con la siguiente reflexión. “Lo que más me apasiona del lenguaje es que, primero, es inherente a nuestra especie, es nuestro vínculo social y con él logras hacer muchas cosas, lo que en lingüística se llaman actos de habla. Sin el lenguaje no te podrías casar o no te podrían condenar o absolver por un delito”, afirma. “En términos sociales y emocionales, el lenguaje también empodera. Si a las niñas nos llamaran más veces listas que guapas, igual negociaríamos mejor nuestros sueldos. Es cierto que lo más fácil es reírse del lenguaje inclusivo y a algunos incluso parece que les hiere, pero la riqueza del español es que nos permite expresarnos de diferentes maneras”, sostiene. “Como soy lingüística descriptiva, creo que la lengua se adscribe más al uso y somos los hablantes quienes decidimos qué usos darle a la lengua. Obviamente debe haber un consenso tácito para entendernos. Pero sí que es cierto que necesitamos integrar en el discurso a las mujeres. Para ello, puedes utilizar terceras personas, determinadas fórmulas donde no utilices el masculino”, señala.

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