¡Vamos a tomarnos un Martini!
Pocos cócteles han generado tanta literatura, tanta discusión y tanta mitología como este

Martini. | Pexels
«¡Vamos a tomarnos un Martini!», proclamó Paul Thomas Anderson tras recoger el Oscar a la Mejor Película por Una batalla tras otra, el filme triunfador en esta última edición de los premios de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas (AACC). Un largometraje inspirado en Vineland (1990), cuarta novela del enrevesado y genial Thomas Pynchon, que terminó alzándose con seis estatuillas.
Tras 14 nominaciones previas sin victoria, Anderson ganó por fin esa noche en el Dolby Theatre sus primeros tres galardones de la AACC: Mejor Guion Adaptado, Mejor Director y Mejor Película. La invitación al dry martini se convirtió rápidamente en un momento viral y en el lema de la velada para los asistentes y fans en redes sociales. El comentario reflejaba el alivio y la euforia del cineasta, consolidando el citado cóctel como el símbolo oficial de su gran triunfo. Pero no hemos venido aquí a hablar de cine, sino de tragos.
¿Ese brebaje anticuado que pedía James Bond?, dirá algún lector despistado. Efectivamente. Pero lejos que haber pasado de moda, como demuestra el jovial anuncio del autor de Boogie Nights, el martini está viviendo un verdadero resurgimiento.
No es de extrañar, puesto que hay algo casi cinematográfico en este combinado. No tanto por su presencia recurrente en la gran pantalla como por su cualidad de objeto simbólico: una copa en la mano que condensa carácter, estilo y cierta forma de entender la vida. Como los mejores planos, el martini funciona por economía: dos ingredientes principales, un gesto preciso, una temperatura exacta. Todo lo demás es ruido.
Ya José Luis Garci le dedicaba todo un capítulo en su recomendable libro Beber de cine (1996), explicando su evolución hasta nuestros días y su presencia casi protagonista en algunos filmes memorables, desde El apartamento (Billy Wilder, 1960), donde Jack Lemmon lo adopta como radical consuelo para el amor no correspondido, hasta El mundo de George Apley (Joseph L. Mankiewicz, 1947), donde Ronald Colman explicaba a un camarero el ritual para preparar el trago perfecto, enfriando las copas previamente en un bol repleto de hielo.
El bueno de Garci recuerda igualmente, en su tratado, la fascinación de Luis Buñuel por este bebercio, que preparaba metiendo en la nevera la víspera del evento copas, ginebra y coctelera. «Cuando la tarde siguiente llegaban los amigos, Buñuel introducía un tercio del hielo en la coctelera y vertía dentro seis gotas de Nouilly Prat blanco, el mejor vermut seco conocido, y media cucharadita –de las de café– de angostura. Agitaba la coctelera un minuto y después tiraba el líquido, conservando el hielo que, lógicamente quedaba perfumado por los dos ingredientes. Sobre el hielo, derramaba la ginebra, movía de nuevo la coctelera 30 segundos y, finalmente servía», resume el director de El crack.
Esta, amigos, es mi receta favorita de cuantas he probado del dry martini. Y solo se me ocurre mejorar la fórmula añadiendo otra enseñanza que le debo al séptimo arte. Me refiero a una escena inolvidable de La cena de los acusados (W.S. Van Dyke, 1934), fascinante comedia romántica en la cual un flemático vividor interpretado por William Powell ilustra al barman de turno sobre el ritmo más adecuado para agitar la coctelera en función de cuál sea la mezcla deseada: «un Manhattan se agita a ritmo de foxtrot, un Bronx a ritmo de two-step y el dry martini siempre a ritmo de vals». ¡Qué grande!
Y es que pocos cócteles han generado tanta literatura, tanta discusión y tanta mitología como este. El martini es, en realidad, una suma de versiones contradictorias que conviven sin molestarse demasiado, como si la ambigüedad formara parte de su encanto.
Su origen, por ejemplo, sigue siendo un terreno resbaladizo. La leyenda más persistente nos lleva a la California de mediados del siglo XIX, a una barra polvorienta en la que Jerry Thomas —figura fundacional de la coctelería moderna— habría improvisado un combinado para un viajero con destino a la ciudad de Martínez. Aquel trago, mezcla de ginebra, vermut, algún bitter y un leve dulzor, habría terminado adoptando el nombre del lugar hacia el que se dirigía el cliente. Con el tiempo, el Martinez devino Martini, como si la historia misma se hubiera afinado.
Pero hay otras hipótesis menos narrativas y quizá más verosímiles. Algunos historiadores apuntan a la marca italiana Martini & Rossi, cuyo vermut se expandió por medio mundo en la segunda mitad del XIX. Otros insisten en que el martini no es sino la evolución de aquel Martinez original, progresivamente despojado de azúcar y ornamentos hasta alcanzar la sequedad que hoy lo define. Como suele ocurrir, probablemente todas estas teorías contengan una parte de verdad.
Lo que sí sabemos es que los primeros martinis poco tenían que ver con la fórmula actual. Las recetas de finales del siglo XIX, recogidas en manuales como The bon vivant’s companion or how to mix drinks (1862) de Jerry Thomas –traducido en 2024 al español por Siruela–, describen combinados más amables, elaborados con ginebras Old Tom, de perfil más dulce, y vermuts italianos que aportaban volumen y redondez. Era un cóctel más cercano al Manhattan que al filo cortante del dry martini contemporáneo.
El giro hacia lo seco se produce de manera gradual a comienzos del siglo XX. El término dry empieza a utilizarse en torno a 1904, cuando se impone el vermut blanco seco y la ginebra London Dry gana protagonismo. Pero conviene no proyectar nuestras obsesiones actuales sobre aquel momento: un martini «seco» de 1910 podía ser perfectamente un 50/50. La radicalización vendría después.
Porque si algo define la historia de este combinado es su tendencia a la depuración. A lo largo del siglo XX, la proporción de ginebra fue aumentando hasta arrinconar el vermut en el terreno de lo simbólico. Hay recetas que rozan lo conceptual: enfriar la copa con vermut y desecharlo, perfumar la ginebra con su recuerdo, mirar la botella desde lejos. La liturgia se impone a la química.
Abraham Rivera lo resume con precisión: «preparar un martini encierra muchos más secretos de los que en apariencia cualquiera pudiera entrever». Y añade el autor de Madrid Cocktail: memoria líquida de la capital (2025) una advertencia que convendría grabar en mármol: «servir helado, sin que esté aguado».
En esa tensión entre pureza y exceso se juega buena parte del atractivo del martini. Porque no es un cóctel indulgente. No admite errores ni improvisaciones. Cada decisión —la ginebra, el vermut, la proporción, la dilución— tiene consecuencias inmediatas.
Durante la Ley Seca estadounidense, el martini se convirtió en un símbolo de sofisticación clandestina. En los speakeasies, entre humo y susurros, su perfil limpio contrastaba con la tosquedad de otros destilados. Después, el cine y la literatura hicieron el resto. Fitzgerald lo integró en la coreografía decadente de la era del jazz. Chandler lo colocó en manos de detectives que navegaban entre sombras morales. Y James Bond —siempre Bond— lo convirtió en un gesto universal, aunque técnicamente discutible.
Porque lo de «shaken, not stirred» no deja de ser una licencia dramática. Agitar un martini introduce aire, altera la textura y enturbia el resultado. Removerlo, en cambio, preserva su transparencia y su densidad. Pero el cine, ya se sabe, no está para sutilezas.
Más interesante resulta observar cómo el martini ha sido adoptado por distintas generaciones sin perder del todo su identidad. En los años 60, era sinónimo de éxito y sofisticación, como bien retrata la serie televisiva Mad Men. Don Draper lo sostiene con una aceituna y una melancolía perfectamente dosificada. Antes, Hemingway había llevado la lógica de la sequedad al extremo con su célebre martini Montgomery, en proporción de quince a uno, bautizado en honor al mariscal británico que exigía superioridad numérica antes de entrar en combate.
España tampoco fue ajena a esta historia. Más bien al contrario. Como recuerda François Monti, la coctelería madrileña de principios del siglo XX ya mostraba una inclinación hacia versiones más secas que las europeas. En el Chicote de la Gran Vía —epicentro de la vida nocturna— el martini se convirtió en una bebida de referencia. Por allí pasaron Ava Gardner, que aseguraba beber mejores martinis que en Nueva York, y el propio Hemingway, que alternaba el Palace con la barra de Perico Chicote como quien cambia de escenario, pero no de ritual.
Sin embargo, la historia no es lineal. Frente a la ortodoxia seca, la coctelería contemporánea ha recuperado versiones más equilibradas, incluso el 50/50 original, reivindicado por figuras como Sasha Petraske o Audrey Saunders. El martini vuelve así a sus raíces, pero con una conciencia histórica que lo hace aún más interesante. «Para Enric González —recuerda Rivera— era la invención americana de mayor perfección estética». No es una exageración. Pocas creaciones combinan de manera tan eficaz simplicidad formal y complejidad sensorial.
Hoy, en pleno siglo XXI, el martini vive una nueva juventud. No tanto por las variaciones —que también— como por el regreso a la precisión. En un mundo saturado de estímulos, su austeridad resulta casi radical. El auge de ginebras artesanales y vermuts afinados ha ampliado el campo de juego, pero el principio sigue siendo el mismo: equilibrio, temperatura, intención.
Es habitual ver en redes sociales a aficionados que se lanzan a prepararlo con una confianza quizá excesiva. Y, sin embargo, pocas bebidas delatan tan rápidamente la impericia. El martini es una prueba de fuego. Para el bartender y para el bebedor. Porque, a diferencia de otros cócteles, obliga a definirse. ¿Cuánto vermut? ¿Qué tipo de ginebra? ¿Aceituna o limón? ¿Agitado o removido? Cada elección construye un perfil, casi un carácter. Tal vez por eso sigue fascinando. Porque no hay un único martini, sino tantos como maneras de entenderlo. Porque permite la ortodoxia y la desviación, la tradición y la herejía. Y porque, en última instancia, sigue siendo lo que siempre fue: un gesto elegante en una copa fría.
Yo, cuando quiero echarme al gaznate el trago cool por excelencia, acudo a algunos santuarios madrileños del martini más rabiosamente clásico, como Del Diego, Castellana 113, 1862 Dry Bar o los entrañablemente viejunos Mazarino y Mildford, donde ofician mayormente camareros con la reglamentaria chaquetilla blanca y sin piercing ni tatuajes. Y, si ando por Londres, nunca dejo de visitar el Dukes Bar o el bar del hotel The Connaught, que posee un fantástico trolley específico para su preparación. Y es que, como aquel chiste soez de la lubina a la sal, el dry martini siempre sale mejor fuera de casa.
Para quien insista en mostrar a sus allegados sus dotes de mixólogo, algunas marcas referenciales siguen funcionando como anclaje. Entre las ginebras –muy secas, por favor–, nombres como Tanqueray, Beefeater, Bombay, Plymouth, Sipsmith u Old Raj ofrecen perfiles fiables. En cuanto al vermut blanco seco, los franceses siguen marcando el paso: Noilly Prat o Dolin proporcionan esa nota sutil que sostiene el conjunto sin invadirlo. A partir de ahí, todo es cuestión de medida. Y de carácter. Porque un martini, en el fondo, no se bebe. Se interpreta.
