Vicente Vallés pasó su juventud en un piso de protección oficial en una zona obrera de Madrid: «Era un palacio»
El presentador, se crio en el barrio de Vallecas, y su vida cambió cuando pudo abandonar la chabola junto a su familia

Vicente Vallés, en una imagen de archivo. | Gtres
Vicente Vallés ha contado ya en varias ocasiones que pasó los primeros momentos de su infancia en el barrio de Vallecas. Allí vivió en «una chabola» que construyó su padre con sus manos, algo que marcó, sin duda, su futuro. Esto hizo que Vallés —ahora uno de los presentadores más reconocidos de nuestro país— se criara en un ambiente humilde, valorando cada una de las cosas que le dieron sus padres y, sobre todo, interesándose por un oficio que, con el paso del tiempo, comenzó a interesarle. Y es que, aunque en sus casas había pocas cosas, nunca faltaba un libro o un periódico, con los que le dieron la capacidad a Vallés de poder soñar.
Su ‘adiós’ a esta especie de chabola, en un barrio en el que las calles estaban cubiertas «de barro», fue un gran cambio, tanto a nivel personal como familiar. «Pasamos de la chabola a un piso de protección oficial. Tenía baño, agua corriente y habitaciones separadas. Para nosotros aquello era un palacio», ha contado en varias ocasiones. Allí, además, se siguió forjando su personalidad y, sobre todo, su inquietud por seguir formándose como periodista, ya que «el estudio era la única salida».
La juventud de Vicente Vallés: de una chabola a un piso de protección oficial
«El primer recuerdo que yo creo tener de mi infancia es el de, siendo muy pequeñito, estar en mi barrio, que era Vallecas, en una calle llena de barro porque no estaba asfaltada», contó en una entrevista en Antena 3. Esos primeros años de su infancia, se sucedieron en una zona próxima al estado del Rayo Vallecas. «Me acuerdo de salir a la puerta y jugar con otros niños en una calle sin asfaltar que, cuando llovía, se llenaba de barro», añadió. Fueron sus abuelos los que llegaron a este humilde barrio de Madrid, procedentes de Andalucía y La Mancha.
«En el caso de mi madre, emigrante de Andalucía, eran seis hermanos que se vinieron en los primeros cincuenta a Madrid, desde un pueblecito de Jaén», especificó. Ellos se instalaron «en la calle que estaba al lado de la que vivía mi padre, hijo de un conquense y una murciana, y allí se conocieron». Así, Vallés confesó que había nacido en una familia con «pocas posibilidades». «En los años 60, no era una circunstancia extraordinaria vivir en un barrio como ese. Por desgracia, la España de la posguerra, los años 40, 50 e incluso gran parte de los 60 es una España con muchas dificultades económicas para muchas familias y la mía era una de ellas», apostilló.

Esta parte de Madrid —casi a las afueras de la capital— formaba parte de una red de infraviviendas que se desarrollaron durante los años 50 y los 60. Ahora, este lugar lo ocupa la zona de Palomeras Bajas, que sigue manteniendo ese espíritu obrero, pero cuya calidad de vida ha mejorado con el paso del tiempo. La juventud de Vicente Vallés es el relato de un ascenso social cimentado en el esfuerzo, la disciplina académica y una transformación urbana radical en el Madrid de los años 70 y 80. Su historia personal es la de muchos niños de la periferia madrileña que vivieron el paso del chabolismo a la clase media trabajadora.
Cómo eran los pisos de protección oficial de la época
El punto de inflexión llegó cuando su familia pudo acceder a un piso de protección oficial dentro de los planes de remodelación de barrios de la época. Como él mismo relató con emoción, en El novato, el programa de Joaquín Sánchez, el cambio fue tan drástico que aquel piso, por humilde que fuera, representaba para él un «palacio» al contar finalmente con agua corriente, luz eléctrica y habitaciones propias. Estos pisos fueron el motor de miles de familias para poder abandonar el chabolismo o el hacinamiento en las «casas de vecinos» del centro. Cuando se construían, no buscaban la estética, sino la rapidez y la capacidad. Eran bloques lineales o torres de ladrillo rojo o gris. La distribución era muy similar en todos: un pasillo central que distribuía a las habitaciones para aprovechar cada metro cuadrado.

Solían tener entre 60 y 90 metros cuadrados. Para familias que venían de chabolas de 20 metros, esto era una inmensidad. Casi todos tenían pequeñas terrazas —muchas acabaron cerrándose con aluminio años después para ganar espacio al salón—. Lo que hoy nos parece básico, en aquel momento era revolucionario para la clase obrera. Acceder a agua corriente y a un baño compartido fue un gran cambio; tener un inodoro propio y una bañera —el famoso baño de roca— en lugar de compartir letrina o lavarse en un barreño era lo que definía al «palacio». Además, la mayoría de viviendas poseían unas cocinas pequeñas, pero funcionales, que contaban con un pequeño lavadero anexo.
No todas las casas tenían ascensores, pero en los bloques de más de cinco plantas empezaron a ser la norma, lo que supuso una liberación para los mayores. Estos pisos no venían solos; formaban parte de grandes polígonos dirigidos por el Estado —como el Plan de Absorción de Chabolismo—. Se dejaban espacios entre edificios que, aunque al principio eran solares de tierra, acabaron siendo plazas con bancos de cemento y parques infantiles. Al ser todos los vecinos de un perfil social similar —es decir, trabajadores, familias jóvenes con muchos hijos—, se generaba una solidaridad de barrio muy fuerte. Las puertas de las casas solían estar abiertas y los niños crecían jugando en los rellanos y las plazas.
Un Vicente Vallés dedicado, buen estudiante y muy trabajador
Los pisos, además, a menudo se construían igual; con suelos de terrazo, muebles de madera oscura y papel pintado en las paredes con motivos geométricos o florales antes de que se impusiera el gotelé. Eran viviendas con precios tasados y condiciones de financiación muy ventajosas. El Estado o las cooperativas permitían pagarlos en cuotas mensuales que eran asumibles con un sueldo de obrero, aunque a menudo requerían el esfuerzo de toda la familia. En barrios como Vallecas, estos pisos se entregaban a través de la Obra Sindical del Hogar o el INV (Instituto Nacional de la Vivienda). Muchos vecinos recuerdan el día de la entrega de llaves como el momento más importante de sus vidas, marcando el fin de la precariedad.
Como decíamos, para Vicente, esta mudanza marcó un antes y un después en su vida. Creció en un ambiente donde la cultura del esfuerzo no era una opción, sino una necesidad de supervivencia. Sus padres, conscientes de que no tenían un patrimonio que dejarle ni contactos en las altas esferas, le inculcaron una idea fija: la educación era el único ascensor social. En varias ocasiones, se ha descrito a sí mismo como un estudiante aplicado y disciplinado. Además, creció rodeado de otros hijos de trabajadores en un ambiente de barrio donde se valoraba la superación personal a través del trabajo. Aunque hoy es uno de los rostros más conocidos de la televisión, su pasión original no fue la imagen, sino la radio. Durante su juventud, era un ávido consumidor de información y deportes, fascinado por la inmediatez del medio radiofónico.

En su etapa universitaria, se matriculó en la Universidad Complutense de Madrid, en la Facultad de Ciencias de la Información. Fue en esos años de juventud donde empezó a foguearse en el oficio, demostrando una curiosidad insaciable por la actualidad política y nacional. Su juventud terminó de definirse cuando logró entrar en la Cadena SER para realizar prácticas. Allí comenzó en la sección de deportes, una de sus grandes pasiones —es conocido su ferviente apoyo al Atlético de Madrid, como ya contamos en THE OBJECTIVE—.
