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Los duros años de Sabina en Úbeda: «Mi padre llegó a casa y me dijo 'hijo mío, tengo que detenerte'»

El cantante ha vivido una relación de amor-odio con la localidad que le vio crecer, donde se enamoró por primera vez

Los duros años de Sabina en Úbeda: «Mi padre llegó a casa y me dijo ‘hijo mío, tengo que detenerte’»

Sabina, en una imagen de archivo. | Gtres

Joaquín Sabina se marchó, hace muchos años, de Úbeda. Pero esta pequeña ciudad jienense nunca ha podido salir del cantante. Es por eso que Úbeda ha estado en cada uno de sus versos, en todas sus dedicatorias y, sobre todo, en su pensamiento. Aunque eso sí, no todos los momentos que vivió Sabina, en esos primeros años de infancia y adolescencia fueron fáciles, ya que allí mostró, también, su comportamiento y su faceta más rebelde. Fue con su marcha a Granada cuando Sabina comenzó a relacionarse con grupos antifranquistas. Más tarde, volvió a su tierra, donde fue detenido por su propio padre.

Sin duda alguna, la infancia y la juventud de Joaquín Sabina en Jaén son el cimiento de toda su mitología poética. Aunque él siempre ha mantenido una relación de amor-odio con su tierra natal —llegando a decir que «de Úbeda se sale, pero no se vuelve»—, sus años allí definieron su carácter rebelde y su fascinación por los márgenes de la sociedad. Joaquín nació el 12 de febrero de 1949 en el seno de una familia convencional de la posguerra. Su padre, Jerónimo, era inspector de Policía, algo siempre ha generado una ironía en la biografía de un artista con un perfil tan canalla. Era un hombre culto que escribía versos a la Virgen, lo que plantó la semilla de la rima en Joaquín.

La infancia y juventud de Joaquín Sabina en Úbeda

Joaquín Sabina, en una imagen de archivo. | Gtres

Por su parte, su madre, Adela, era una mujer dedicada al hogar. El apellido de ella terminaría siendo el nombre artístico que le daría fama mundial. Sabina fue un niño de colegio religioso —las Carmelitas y los Salesianos—. De esa etapa le quedó una mezcla de conocimiento bíblico —que usa constantemente en sus letras— y un profundo rechazo a la disciplina impuesta. Él mismo ha confesado que su infancia fue «duramente religiosa, de comunión frecuente, misa diaria, confesión frecuente. No podías tener malos pensamientos, y yo me mataba a pajas».

Tras salir de Úbeda se marchó hasta Granada donde participó en «actividades antifranquistas». «Volví a Úbeda pensando que iba a estar tranquilo, pero llamaron por teléfono diciendo que me llevaran preso y mi padre, Jerónimo, tuvo que detenerme. Llegó a casa y dijo “Hijo mío, estás detenido», ha contado, en alguna que otra ocasión el cantante. El viaje de camino a comisaría fue «espantoso» y Sabina no abrió la boda «en todo el viaje». «No te doy dos hostias porque está tu padre ahí fuera y es compañero, me decían en la comisaría de Granada», contó. Allí intentaron poner en ridículo a su progenitor, algo que hizo que le amara y lo odiara al mismo tiempo.

«Mi padre, Jerónimo, tuvo que detenerme»

Joaquín Sabina junto a Jimena Coronado. | Gtres

Estos momentos fueron forjando una personalidad irreverente y que, sobre todo, aprendió a no callarse nada. Allí cuando ya pasó la mayoría de edad se marchó a estudiar Filología Románica. Allí participó en distintos movimientos sociales y, en una de esas manifestaciones, concretamente en una contra Franco, le lanzó un cóctel molotov contra una oficina de un banco. Esto hizo que el cantante fuera llevado a la cárcel, donde finalmente no entró, ya que decidió marcharse al exilio con el pasaporte de un desconocido. Tras esto, pasó por Francia y, más adelante, se instaló en Reino Unido.

Allí ya comenzó a hacer de la música, su vida. «Cantar en restaurantes era más fácil, y ahí empecé, luego conocí a un grupo de okupas, era un movimiento magnífico, no ocupaban cualquier casa, vivíamos como Reyes. Me gustaba escribir y empecé canciones, y empecé a cantar en clubes de gente exiliada», ha explicado alguna vez. Su primer grupo se llamó Los Merry Youngs, donde imitaban a Elvis Presley y Chuck Berry en una Úbeda que todavía era gris y provinciana. Además, Úbeda fue el escenario de su primera gran pasión: Chispa, la hija de un notario de la ciudad. El padre de la chica se opuso radicalmente a la relación con «el hijo del policía que quería ser poeta», lo que obligó a la pareja a verse a escondidas. Este episodio de amor prohibido marcó su adolescencia y alimentó su deseo de escapar.

Su relación de amor-odio con Jaén

Aunque pasó años sin volver, Úbeda aparece constantemente en su obra. Tras décadas de distancia, Sabina se reconcilió con su ciudad. Fue nombrado Hijo Predilecto de Úbeda en 2017 y hoy existe un espacio cultural dedicado a él. Él mismo admite que, aunque tuvo que huir de allí para ser quien es, su forma de entender la rima y la vida no se explica sin las piedras renacentistas de su pueblo. En los últimos años, Sabina ha establecido su residencia en Madrid, donde posee una bonita casa en el centro de la capital, concretamente muy cerca de la Plaza de Tirso De Molina.

Es más, a finales de 2025, el cantante anunció que había decidido jubilarse. Sus días son ahora muy tranquilos. Se levanta tarde, lee la prensa, escribe poemas y pasa horas entre sus miles de libros y su colección de objetos curiosos. Su vida ahora está marcada por una rutina tranquila, alejada de bares y de noches en vela. Sus problemas de salud —especialmente tras el ictus de 2018 y la caída del escenario en 2020— le han obligado a llevar una vida mucho más doméstica y saludable. Su mujer, Jimena, es la pieza clave de su supervivencia. Ella es quien gestiona su agenda, cuida de su salud y mantiene el orden en su caos creativo. Sabina suele decir que sin ella ya no estaría aquí. Su relación es de una estabilidad absoluta y ella es el filtro para quien quiera llegar al artista.

Úbeda jaen
Una imagen de la ciudad jienense de Úbeda.

A pesar de no salir de fiesta, no ha renunciado a la amistad. Suele organizar cenas en su casa con su círculo más íntimo: escritores como Benjamín Prado, periodistas y algunos amigos de toda la vida. Son tertulias donde se habla de literatura, toros (aunque con menos pasión que antes) y política, siempre con un buen vino de por medio. Sus hijas, Carmela y Rocío, son una parte fundamental de su vida actual. Ambas trabajan en el mundo audiovisual y artístico, y mantienen una relación muy estrecha y discreta con su padre, alejadas del foco mediático de la prensa del corazón.

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