La historia de amor de Sabina y 'Chispa' que marcó su infancia en Jaén: «Sus padres se oponían radicalmente»
El icónico cantante empezó a escribir al amor gracias a una novia que tuvo durante sus primeros años en Úbeda

Joaquín Sabina, junto a su pareja actual, Jimena Coronado. | Gtres
Si hablamos de Joaquín Sabina, no podemos dejar de mencionar Jaén y, sobre todo, Úbeda. Una ciudad que le vio crecer, tanto a nivel personal como profesional pero que, sobre todo, le vio dar sus primeros pasos en la música. Mucho antes de eso, de saber a ciencia cierta a lo que quería dedicarse, Sabina fue un niño con una infancia «normal» en la que no le faltó de nada, pero que estuvo marcada por su espíritu rebelde, aventurero y, sobre todo, por una gran ansia de romper los moldes. Esto le llevó a, cuando ya era un adolescente, ser detenido por su propio padre, quien era policía. Un momento que, sin duda, marcó su paso y su presente.
En muchas ocasiones, el propio Sabina ha bromeado con que sus primeros años de vida fueron especialmente «aburridos». Una tónica que, sin duda, cambió cuando se marchó a estudiar a Granada y cuando emprendió su carrera como músico en Madrid. En esos años su eje no fue solamente su familia sino, también, las calles de Úbeda —una ciudad que, llegado a un punto, se le comenzó a quedar pequeña—. Para Joaquín, Úbeda no era solo una ciudad, sino un «universo de sacristía y cuartel».
La infancia de Joaquín Sabina en Úbeda

En su música describe esa época como una España gris, de «pan negro», donde el cine era la única ventana al mundo. Además, el Renacimiento de su ciudad —la Plaza de Vázquez de Molina— le dio un sentido de la belleza y la proporción que luego aplicaría a la métrica de sus sonetos. Él dice que vivir allí era como «vivir en un museo que olía a incienso». La relación con sus padres fue fundamental y, sorprendentemente, libre de traumas graves, lo que Joaquín llama su «pecado de clase media». Su padre, Jerónimo, era comisario de policía y poeta aficionado. Le enseñó a rimar y a amar la literatura. Joaquín dice de él: «Era un policía que no parecía un policía».
Por su parte, su progenitora, Adela, fue su ancla emocional. De ella heredó el sentido del humor y cierta «chispa» andaluza. Antes de ser el «canalla de Malasaña», Sabina fue un niño aplicado y muy ligado a las instituciones religiosas. Estudió en Los Salesianos y aunque luego fue muy crítico con la Iglesia, reconoce que allí aprendió la musicalidad de los salmos y la retórica. A los 14 años ya devoraba a Fray Luis de León, Manrique y, sobre todo, a Antonio Machado —andaluz como él—. Esta base clásica es la que permite que sus letras actuales tengan una estructura tan sólida. De ello ha hablado en alguna que otra ocasión: «A los 14 años ya había leído a Fray Luis de León, a Manrique y, sobre todo, a los machados. Yo no quería ser astronauta, yo quería ser poeta».
Suele citar a su novia de la adolescencia, Chispa, como la musa de sus primeros versos: «Escribía poemas de amor infames, imitándolos a todos pero sin voz propia todavía». Sabina ha confesado que su infancia fue, en realidad, bastante feliz y «normal», algo que casi parece lamentar por su falta de épica dramática. «He tenido una infancia tan normal que me da vergüenza contarla. No me faltó comida, ni cariño, ni libros. Por eso tuve que inventarme una vida más canalla después, para compensar tanta paz doméstica», ha explicado alguna vez. En la adolescencia tardía en Úbeda, Joaquín empezó a romper el molde.
Su historia de amor con ‘Chispa’ que le cambió la vida
Formó su primer grupo, los Merry Youngs, donde versionaban a Elvis y Chuck Berry. Era el choque cultural: el rock and roll americano aterrizando en una ciudad de olivos. Su relación con Chispa, la hija de un notario, marcó sus primeros poemas. «Sus padres se oponían radical y frontalmente, los míos estaban encantados, porque era subir de nivel, ella era la hija del notario del pueblo», contó el cantante en Canal Sur. Fue un romance de «balcón y callejuela» que terminó cuando él se fue a estudiar a Granada, marcando el fin de su infancia ubetense. «Yo nací en una ciudad donde el viento se paraba a descansar en las esquinas. Mi infancia fue un largo verano de siestas obligatorias donde no me quedaba más remedio que leer para no morir de aburrimiento», ha escrito sobre esos primeros años de vida.

Para entender al Sabina que hoy le escribe al desamor, hay que viajar a la Úbeda de los años sesenta y buscar a una chica llamada Chispa. Su verdadero nombre era Virtudes Atero, una joven de la burguesía local —hija de un notario— que se convirtió en el primer gran incendio emocional de un Joaquín adolescente que todavía no sabía que iba a ser estrella, pero ya ejercía de poeta. Lo de Chispa no fue un simple romance de verano; fue el bautismo de fuego de su literatura. Por aquella época, la joven representaba ese ideal de belleza inalcanzable y sofisticada de la provincia. La historia tuvo todos los ingredientes de un drama romántico clásico: paseos bajo los soportales renacentistas, cartas manuscritas cargadas de adjetivos y esa intensidad que solo se tiene a los dieciséis años, cuando crees que el mundo se acaba en la esquina de tu calle.
Fue por ella por quien Sabina comenzó a profesionalizarse en eso de la escritura. No escribía para publicar, escribía para conquistar. Aquellos poemas primerizos, que él mismo ha calificado de «infames y ripiosos», eran imitaciones de Bécquer y de los machados, intentos desesperados de un joven por estar a la altura de una musa que parecía de otra liga. Como decíamos, la ruptura llegó cuando la familia de ella se marchó hasta la localidad catalana de Granollers; Sabina, por su parte, se marchó a estudiar a Granada, lo que significó el fin de una era. Aún así, siguieron mensajeándose y manteniendo el contacto: «Él iba a Barcelona a verme haciendo autostop, no tenía un duro. Yo estaba en la clase de la facultad y él abría la puerta y decía: ¡Bichiiito! y era una maravilla», contó ella.
«Joaquín era muy rebelde, tenía el pelo largo, llevaba la guitarra. A mi padre le gustaba regular, pero tampoco es todo lo que se cuenta, no me prohibían nada», apostilló Virtudes. Ella terminó casándose con un abogado, cumpliendo el guion que la sociedad de la época esperaba, mientras Joaquín iniciaba el camino de su propio exilio. En canciones como Una canción para la Magdalena o incluso en las referencias de sus sonetos a la «hija de un notario», se percibe esa sutil indirecta.
Sabina ha confesado en alguna ocasión que, de no haber existido Chispa, quizá no habría sentido esa necesidad urgente de usar las palabras para recuperar lo perdido. Lo más curioso es que, décadas después, se reencontraron. El Sabina ya consagrado volvió a Úbeda y se vio con ella. El encuentro fue, según cuentan, un ejercicio de nostalgia civilizada: ya no quedaba el fuego, pero sí el reconocimiento de que ella fue la que le puso los primeros folios en blanco delante.
Actualmente, Joaquín Sabina comparte su vida con la fotógrafa peruana Jimena Coronado, quien ha sido su compañera sentimental durante más de treinta años y con quien contrajo matrimonio de forma civil y privada el 29 de junio de 2020 en Madrid. Se conocieron en los 90 en Lima, Perú, durante una sesión de fotos en el Hotel Sheraton. Jimena no es solo su esposa; es la gestora de su agenda, el filtro ante el mundo exterior y la persona que organiza su ritmo de vida. El propio Sabina ha declarado recientemente: «Hace tiempo que no quiero ir a ningún sitio donde no esté ella».

En este círculo íntimo también están presentes sus dos hijas, Carmela y Rocío (fruto de su relación anterior con Isabel Oliart), con quienes mantiene una relación muy estrecha y que forman parte fundamental de su apoyo emocional en esta etapa de retiro de los escenarios.
