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Morante, 46 años: «Mi infancia fue el río, los caballos y el aire de la Puebla; ese paisaje te marca»

El torero se refugia en su pueblo de Sevilla que siempre fue su lugar en el mundo y donde pasa sus baches de salud

Morante, 46 años: «Mi infancia fue el río, los caballos y el aire de la Puebla; ese paisaje te marca»

Morante, en una imagen de archivo. | Gtres

Morante de la Puebla es todo un referente en el mundo taurino. El torero recibió, hace unos meses, la Medalla de Andalucía, un reconocimiento que hizo muy feliz a aquel niño que correteaba por las calles de La Puebla del Río, en Sevilla. José Antonio Morante Camacho nació en esta pequeña localidad de Andalucía hace 46 años. Su pasión por el toreo comenzó cuando era muy joven, concretamente a los cinco años. Es más, en su familia, ninguno se había dedicado a lo que hoy es su profesión. Es más, comenzó a coger el capote en casa, no en escuelas taurinas y lo hizo, además, a campo abierto.

«Yo de pequeño no quería juguetes, yo quería un capote. Recuerdo que me ponía delante de los perros, de las sillas… cualquier cosa me servía para imaginar que estaba en la plaza», contó en una ocasión. Esto hizo que no tuviera la cabeza centrada en el colegio y es que su mente estaba siempre en el campo, en los toros. Dibujaba toros en los cuadernos y esperaba que terminara la hora para irme a entrenar. Sentía que el tiempo en la escuela era un tiempo que le robaba a mi verdadera vida». Con apenas 9 o 10 años ya se ponía delante de las becerras con una quietud que asustaba a los adultos. Sobre su primera vez vestido de luces —un traje prestado que le quedaba grande— dijo que le hacía sentir «importante».

La infancia de Morante en La Puebla del Río

Morante de la Puebla encuentra su refugio en Sevilla. | Gtres

«A la vez sentía una responsabilidad que no correspondía a mi edad. Pero cuando sentía el olor del toro y el silencio de la gente, sabía que ese era mi sitio», comentó. La Puebla del Río fue un lugar indispensable, para desarrollarse tanto personal como profesionalmente. «Mi infancia fue el río, los caballos y el aire de la Puebla. Ese paisaje te marca una forma de ser, una lentitud que luego intento llevar al ruedo. Yo soy lo que soy por donde me crié», contó. Creció en una familia especialmente humilde, por lo que sus ganas por dedicarse al toreo tuvo que ser financiada por sus padres. Su progenitor fue el hombre que más creyó en él. «Él veía cosas que ni yo mismo veía. Me llevaba en el coche de un lado a otro, siempre apoyando ese sueño que a veces parecía una locura para un niño tan chico», ha explicado.

Morante fue un niño que aprendió a mirar antes que a hablar. Su infancia se resume en una frase que él mismo suele repetir cuando se pone nostálgico: «Fui un niño que buscaba la belleza en un mundo de hombres». Como decíamos, Morante creció en La Puebla del Río, en Sevilla. Sus padres, Rafael y Mari, cuentan que no fue un niño de juegos convencionales. Mientras otros niños jugaban al fútbol, él se pasaba horas mirando las láminas de los toreros antiguos (Gallito, Belmonte). Se puso delante de una vaca por primera vez a los 7 años. Con solo 9 años, ya asombraba por una quietud impropia de su edad. A diferencia de los toreros atletas de hoy, Morante buscó su inspiración en el pasado. Se convirtió en un arqueólogo del toreo, rescatando suertes olvidadas. Es más, su estética es una especie de homenaje a la Edad de Oro del toreo.

«Yo soy lo que soy por donde me crié»

Su confirmación en Madrid y sus faenas en la Maestranza de Sevilla lo encumbraron como el torero de toreros. Su capacidad para detener el tiempo con el capote es considerada hoy, en 2026, una de las cimas del arte español. La vida de Morante no ha sido un camino de rosas. Su extrema sensibilidad le ha pasado factura en forma de depresión y agorafobia. En varias ocasiones ha tenido que retirarse de los ruedos para tratarse de «trastornos de la personalidad» y estados depresivos. Ha sido muy valiente al hablar de ello: «El toreo me da la vida, pero a veces también me la quita. La presión de ser ‘Morante’ es una carga muy pesada». Actualmente, vive retirado de la gran urbe en su finca de La Puebla.

Allí vive rodeado de caballos, libros de arte y sus recuerdos. Es un hombre de gustos sencillos pero refinados: le apasiona la música clásica, la pintura y la historia. Es extremadamente introvertido y prefiere la compañía de su círculo más íntimo —su familia y sus amigos de la infancia en el pueblo— que los grandes eventos sociales. A sus 46 años, Morante es visto como el último romántico. En una época de tecnología y rapidez, él sigue representando la lentitud y el rito. Como decíamos, La Puebla del Río siempre ha tenido un lugar especial en su corazón, desde que comenzó en el mundo del toreo, como en su niñez como en su vida actual.

Su vida actual: su refugio en Sevilla y sus baches de salud

Morante junto a Macarena Olona.

Su finca, Huerta de San Antonio, se ha convertido en su cuartel general y su obra de arte personal. No es la típica finca ganadera de explotación industrial, sino un retiro que parece sacado de un grabado del siglo XIX. La casa está llena de azulejos sevillanos, muebles antiguos, cabezas de toros históricos y una biblioteca taurina inmensa. Todo en la casa tiene un porqué histórico. Es donde pasa horas en soledad absoluta. Se dice que Morante puede estar una mañana entera simplemente andando a caballo o toreando de salón, sin que nadie lo vea. El río es la espina dorsal de La Puebla y el refugio espiritual de Morante.

Una de sus grandes pasiones es navegar por el río en su barca. Allí, en mitad del agua y rodeado de la vegetación de la marisma, es donde encuentra el silencio que no tiene en Madrid o Sevilla. Esa luz horizontal y melancólica del atardecer en el río es la que él intenta plasmar en sus faenas. Textualmente ha dicho que «el río te enseña a esperar, a tener el ritmo que el toreo necesita». Cuando pasa por sus baches de salud mental o depresiones, el pueblo se cierra en banda para protegerlo. Existe un pacto no escrito de discreción absoluta. Los vecinos saben cuándo está allí y cuándo necesita que no lo molesten; actúan como un escudo contra la prensa y los curiosos.

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