Joseba Arguiñano descubrió la clave de su felicidad en su obrador de Zarauz: «Soy el dueño de mi tiempo»
El hijo más rebelde de Karlos Arguiñano no encontró su camino profesional hasta que cumplió los veinte años

Joseba Arguiñano, en una imagen de archivo. | Gtres
Joseba Arguiñano no siempre supo que quería dedicarse a la cocina. Es por eso que, hasta que encontró su camino, fue dando tumbos hasta que encontró la felicidad de la mano de la pastelería. Aunque eso sí, el culmen llegó con la apertura de su propio obrador en la pequeña localidad de Zarauz donde encontró el refugio que siempre ansió. Fue en esta ciudad donde Joseba se crio, al igual que lo hicieron sus hermanos y, también, donde su padre, Karlos Arguiñano, ha crecido profesionalmente. Pero ¿cuándo se dio cuenta Joseba Arguiñano de que había encontrado la felicidad?
Para Joseba Arguiñano, el hijo mediano del mítico Karlos Arguiñano y actual estrella de la repostería y la cocina en televisión, la clave de la felicidad no es una fórmula mágica, sino una combinación de libertad, sencillez y movimiento. Joseba ha confesado, en muchas ocasiones, que su felicidad reside en no sentirse «esclavo» de su apellido y de la fama. Para él, amasar pan o trabajar el chocolate es casi una meditación. «La felicidad es poder dedicarte a lo que te gusta, pero teniendo tiempo para disfrutar de lo que de verdad importa», contó en una ocasión.
La clave de la felicidad de Joseba Arguiñano

Además de la pastelería como forma de meditación, Joseba también suele despejarse a través del deporte y de su familia. Es un apasionado del surf y de las motos. «Cuando me subo a la moto o cojo una ola, me olvido de todo. Ese chute de adrenalina es lo que me da energía para luego estar diez horas en el obrador», ha relatado. Sí que es cierto que, a pesar de tenerlo ahora todo claro, lo cierto es que Karlos siempre fue concebido como el más rebelde, ya que tardó su tiempo en encontrar su verdadera vocación. De Karlos ha heredado el sentido del humor. Joseba dice que la felicidad es reírse de uno mismo. Valora las comidas largas con sus hermanos y sus padres, sin pretensiones, donde el centro es el cariño y no solo el plato.
Joseba huye de la sofisticación innecesaria. En sus propias palabras, la felicidad es «un buen pan, un buen queso y estar con gente que te quiera. No hace falta más. A veces nos volvemos locos buscando el éxito y el éxito es simplemente estar a gusto con quien eres». Sí que es cierto que, como decíamos, Joseba tardó en encontrar la clave de su felicidad. Cuando tenía 20 años, el hijo de Karlos Arguiñano estaba especialmente perdido. Ser «el hijo de Arguiñano» le generaba una presión invisible. No quería ser un clon de su padre y el mundo de la cocina le agobiaba. «Hubo una época en la que no sabía qué hacer con mi vida. Estaba rebelde, no quería estudiar ni meterme en la cocina familiar de cabeza», contó en su momento.
«Descubrí que era feliz cuando dejé de intentar ser lo que los demás esperaban»
La clave la descubrió cuando se fue a Pennsylvania a trabajar en una pastelería. Allí, lejos de la sombra de Karlos Arguiñano, donde nadie le conocía, descubrió dos cosas; su propio talento y, también, se construyó su propia soledad. Uno de los momentos que marcaron un antes y un después en su vida fue su accidente de moto que le obligó a estar parado un tiempo. Se dio cuenta de que la vida es un suspiro y que quemar etapas por obligación es un error. Decidió que su felicidad pasaba por combinar el obrador con sus pasiones (surf y motor). Si el trabajo le impedía surfear o viajar, no era el trabajo adecuado. Aunque, sin duda alguna, las clave definitiva llegó con su propio proyecto de panadería y repostería, JA Zarautz.
Al tomar las riendas de su propio negocio, descubrió que la felicidad era «ser el dueño de su tiempo». Entendió que no necesitaba ser una estrella Michelin, sino un artesano que por la tarde pudiera coger su tabla de surf y meterse en el Cantábrico. «Descubrí que era feliz cuando dejé de intentar ser lo que los demás esperaban. El día que me puse el delantal por placer y no por herencia, y supe que después de amasar me iba a ir con la moto al monte… ese día encontré mi sitio», apostilló. Como decíamos, su obrador es su remanso de paz. Su idea siempre fue recuperar el oficio de panadero artesano pero con la técnica de un repostero de vanguardia. Utiliza harinas molidas a la piedra y, sobre todo, su propia masa madre, a la que cuida casi como a un hijo.
Un obrador moderno en el centro de Zarauz
El obrador está a la vista. A Joseba le encanta que la gente vea el proceso: el amasado, el formado de las hogazas y el olor a pan recién horneado que inunda la calle. Además, ha conseguido que se le distinga por varias señas de identidad. Cuentan con hogazas de pan crujiente y miga alveolada que aguantan varios días perfectas. Dice Joseba que «el buen pan no necesita nada más que buena harina, agua, sal y mucho tiempo». Sus croissants son especialmente famosos al igual que sus bombones y sus creaciones de chocolate. El obrador tiene un aire moderno, industrial y surfero. Esto hace que Joseba haya podido combinar su pasión por los deportes. Aunque Joseba colabora en el hotel-restaurante de su padre y en la televisión, JA Zarautz es su territorio soberano.
«Mi obrador es mi gimnasio, mi taller y mi templo. Entro de noche con el silencio y salgo cuando el pueblo despierta con el olor a pan. Esa rutina es la que me mantiene los pies en el suelo», ha contado. El obrador se encuentra en una de las zonas más céntricas de Zarauz, muy cerca de la playa. Los fines de semana, debido a la fama de los Arguiñano, el local suele estar totalmente lleno.
