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El peligro nuclear no es ninguna película

Las amenazas de Putin, Irán y Corea del Norte, así como la modernización de arsenales son un aviso del riesgo atómico

El peligro nuclear no es ninguna película

Explosión nuclear de la bomba estadounidense Castle Bravo. | Wikimedia Commons

Ojos azules. Mirada fija. Hace una pausa. Piensa sus palabras con precisión. Gira la cabeza y con un cigarro en su mano derecha, contesta: «La probabilidad es casi nula». «Casi nula…», repite un incrédulo general Leslie Groves (representado por el actor Matt Damon) que le había interrogado sobre la posibilidad de que al pulsar el botón rojo destruyeran el mundo. «Qué quieres, solo tenemos la teoría», agrega sin inmutarse el físico Robert Oppenheimer (Cillian Murphy en la gran pantalla), llamado el padre de la bomba atómica. Groves replica con displicencia: «Nula, estaría mejor». El momento se produce poco antes de que Estados Unidos haga estallar la primera bomba atómica en el desierto de Nuevo México, exactamente a las 5.30 de la mañana del 16 de julio de 1945. Es uno de los momentos más impactantes de la película Oppenheimer del director Christopher Nolan, que algunos aspiran a que pueda contribuir a cambiar la concepción que tenemos sobre el papel que deben jugar las armas nucleares en nuestro presente y futuro.

La primera prueba de este siniestro ingenio diseñado expresamente para matar de forma más rápida y exponencial, conocida como Trinity, efectivamente cambió el mundo o al menos la guerra, la forma en que podemos matarnos unos a otros, como el propio físico norteamericano reconoció en entrevistas posteriores, con cierta autocrítica, pero poco remordimiento. En declaraciones a la prensa narró lo que sintió en esos momentos: «Recordé un verso de la epopeya hindú Bhagavad-gītā en la que Vishnú intenta convencer al príncipe de que debe acometer su labor y, para impresionarlo, aparece con muchos brazos a su alrededor y dice: ‘Me he convertido en la Muerte, el gran destructor de los mundos’. A todos se nos pasó algo así por la mente». 

La película Oppenheimer es una de las revelaciones de este verano y se ha convertido en la película ambientada en la Segunda Guerra Mundial más taquillera de la historia, con cerca de los 600 millones de dólares. Con esta cifra, supera a Dunkerque (527 millones), también dirigida por Nolan, y a Salvar al soldado Ryan (482 millones). El debate ético, que debería estar en el corazón de la cinta, se pierde en efectos y secuencias de suspense. La película evita la glorificación de la bomba atómica, pero sí la justifica.

Modernización de arsenales

La bomba, como se temía Oppenheimer, dio lugar a una carrera por fabricar y almacenar armas nucleares, que llegó a su cénit durante la Guerra Fría —más de 50.000 ojivas atómicas—. Pero, tras la desaparición de la Unión Soviética y los acuerdos de desarme, el arsenal atómico mundial se redujo sustancialmente, aunque no así el número de países que buscan tener el conocimiento científico para construirlas. A principios de este siglo se incentivó un esfuerzo a nivel global para aprovechar el momento y concienciar a la opinión pública mundial con el objetivo de presionar a los gobiernos para su abolición. Un importante espaldarazo a este esfuerzo fue la concesión del Premio Nobel de la Paz a la Campaña Internacional para Abolir las Armas Nucleares (ICAN), una alianza formada por más de 450 organizaciones de la sociedad civil de más de cien países. El ICAN abogaba y sigue proponiendo desde entonces el desarme, la paz y la proscripción de las armas nucleares, aunque con poco éxito más allá de declaraciones políticas en foros internacionales.

La realidad es que los países que la tienen se niegan a renunciar a ella —Ucrania es el único caso que se deshizo de las ojivas atómicas que había en su territorio— aunque, eso sí, presionan intensamente, con más o menos éxito, para que las otras naciones renuncien formalmente a su posición —en la actualidad 191 países se han adherido al Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares (TNP) que entró en vigor en 1970—. En los últimos años, según el último informe del Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI), el arsenal nuclear mundial en vez de reducirse se incrementa, a medida a que los países avanzaban en los planes de modernización y expansión a largo plazo de sus fuerzas. Los nueve Estados con armamento nuclear —EE UU, Rusia, Reino Unido, Francia, China, India, Pakistán, Corea del Norte e Israel— acumulan un total de 12.512 cabezas nucleares, de las cuales 9.576 se encuentran en arsenales para su uso potencial, un 86% más que en 2022.

Rusia y EEUU poseen conjuntamente casi el 90% de todas las armas nucleares, mientras que China aumentó su arsenal atómico de las 350 ojivas de 2022 a 410, con la certeza de que seguirá creciendo. El Reino Unido mantiene estable su arsenal de armas nucleares (260) mientras que Francia (290) continuó el desarrollo de un submarino nuclear con lanzamisiles balísticos de tercera generación y un nuevo misil de crucero lanzado desde el aire. India y Pakistán, los países que obtuvieron la tecnología atómica militar en los años 70 por medios secretos y clandestinos, siguen ampliando sus arsenales nucleares (164 y 165, respectivamente).

Por su parte y aunque no lo reconoce públicamente, Israel tiene en marcha un plan de modernización de su arsenal nuclear que se estima alcanza las 90 ojivas. Por último, tendríamos que situar a Corea del Norte que sigue dando prioridad a su programa nuclear militar como elemento central de su estrategia de seguridad nacional. El SIPRI estima que ha ensamblado ya unas 30 cabezas nucleares y posee suficiente material fisible para un total de otras 50-70 como parte de su intenso plan de investigación. A estos países habría que añadir aquellos que se conoce que cuentan con programas clandestinos con fines militares como Irán o naciones que, aunque oficialmente no buscan construir la bomba atómica, sí quieren controlar todo el proceso tecnológico para poder hacerlo si llega el momento (Japón o Brasil).

Amenazas de Putin

Al poco de comenzar la «operación especial» en Ucrania, en febrero de 2022, el presidente ruso Vladimir Putin declaró a la prensa internacional que estaba dispuesto a usar armas nucleares para defender territorio ruso y puso sus fuerzas nucleares en «estado especial de combate», reviviendo el valor político y militar de su arsenal militar, hasta entonces un tanto opacado.

La reacción de Estados Unidos y sus aliados no se hizo esperar. La Administración Biden señaló que la utilización de armas nucleares tácticas representaría el agravamiento militar más importante desde el final de la Segunda Guerra Mundial, y actuarían en consecuencia. Washington había puesto un alto «precio» a la amenaza (aunque fuera poco creíble) nuclear. 

La razón quizá pueda estar en que, incluso para los planificadores militares estadounidenses, la utilización de armas nucleares tácticas no necesariamente conduciría a una guerra nuclear atómica total. Patricia Lewis, responsable del programa de Seguridad Internacional de Chatham House, mantiene incluso que, en este sentido, los rusos estarían más inclinados a utilizarlas que los estadounidenses. «Ellos entienden que su utilización no representaría cruzar un gran umbral nuclear. Para ellos, es parte de sus fuerzas convencionales no nucleares».

Las armas nucleares tácticas llevan ojivas atómicas pequeñas para uso limitado en el campo de batalla o para ataques quirúrgicos. Normalmente son de un kilotón o menos (equivalente a mil toneladas de TNT) pero pueden llegar a los 100. En comparación, las armas nucleares estratégicas son mucho más potentes, hasta 1.000 kilotones, y pueden ser lanzadas a grandes distancias, intercontinentales, por ejemplo. Como referencia, basta señalar que la bomba atómica que EEUU lanzó sobre Hiroshima en 1945 fue de unos 15 kilotones.

Tanto Washington como Rusia cuentan con armas nucleares tácticas en suelo europeo y sus tácticas de uso contemplan su utilización para detener ofensivas muy agresivas, romper líneas de defensa bien defendidas o destruir objetivos «duros» como búnkers o centros de mando protegidos. Según fuentes estadounidenses, Rusia cuenta con más de 2.000 armas nucleares tácticas que pueden ser lanzadas desde misiles o piezas de artillería, así como diferentes tipos de aviones y buques (torpedos o cargas de profundidad). Ningún Ejército las ha utilizado en conflicto hasta el momento.

Si Putin cumpliera su amenaza de trasladar o usar ojivas atómicas, lo que, por el momento, parece poco probable, sería la primera vez desde la desintegración de la Unión Soviética que Rusia desplegara este tipo de armas fuera de su territorio —bien sea en las zonas ocupadas de Ucrania y en su aliado Bielorrusia—, y una desestabilización completa de la rivalidad nuclear entre Moscú y la OTAN. Desde 2018 está confirmado, por ejemplo, que Moscú cuenta con misiles tipo Iskander-M, capaces de transportar armas nucleares tácticas, en Kaliningrado, entre dos miembros de la OTAN, Polonia y Lituania, y, más recientemente, cerca de la frontera con Ucrania.

Víctimas

Estados Unidos no se queda atrás. Pocos son conscientes de que el Pentágono posee un importante arsenal de armas atómicas en Europa Occidental desde la década de los años 50. Las armas atómicas fueron transferidas primero al Reino Unido y más tarde a Alemania, Italia, Francia, Turquía, Países Bajos, Grecia y Bélgica, así como España, en este caso hasta el accidente de las bombas de Palomares y la renegociación del acuerdo de bases militares por parte de Felipe González. En la actualidad, permanecen en seis bases de cinco países de la OTAN (Bélgica, Alemania, Italia, Países Bajos y Turquía), junto al Reino Unido y Francia que tienen sus propias fuerzas nucleares y ya no cuentan con armas estadounidenses. El número de armas nucleares norteamericanos en Europa es secreto y clasificado, pero, según distintas fuentes, se acercaría al centenar de bombas de gravedad B61 con una potencia de hasta 50 kilotones —la más potente detonada hasta ahora, la de Nagasaki, era de 21 kilotones—.

Se pueden lanzar desde bombarderos y cazas de combate, incluido el más moderno F-35 que España podría considerar para sustituir a los F-18. En servicio desde hace más de 50 años, han sido modernizadas en diversas ocasiones. La versión más moderna, denominada B61-12 y equipada con guiado inteligente para mejorar su precisión, es el resultado de un programa de modernización de cerca de 10.000 millones de dólares. La guerra en Ucrania ha acelerado su despliegue en suelo europeo y almacenamiento en bases aliadas.

En Japón, Oppenheimer ha causado consternación e incluso enfado, hasta el extremo de que todavía no se ha estrenado por miedo a la reacción negativa que pueda producir. Tina Cordova, cofundadora de una institución para concienciar sobre los efectos negativos en la salud que provocó Trinity, escribió en un artículo publicado por The New York Times que el filme cuenta solo una parte de la historia del Proyecto Manhattan, porque no explora las consecuencias de la decisión de probar la bomba en un lugar donde su familia y muchas otras habían vivido por generaciones.

«Al contrario del relato popular, el área del sur de Nuevo México donde se hizo la prueba no era una extensión de tierra deshabitada y desolada. Más de 13.000 neomexicanos habitaban en un radio de 80 kilómetros. Muchos de esos niños, mujeres y hombres no recibieron ninguna advertencia, ni antes ni después de la prueba. Muchos solo se pusieron de rodillas y rezaron la avemaría en español». Aunque reconoce que no conoce de nadie que haya muerto durante la prueba, cuenta el caso de su familia: «Soy la cuarta generación afectada por el cáncer desde 1945. A mi sobrina de 23 años le acaban de diagnosticar cáncer de tiroides. Está en la universidad estudiando arte. Ahora, su vida también ha dado un vuelco».

Quizá por eso la reacción al ver la película fue más intensa: «Lloré en las escenas de la película previas a la detonación y durante la misma. Apenas podía respirar, mi corazón latía a toda velocidad. Pensé en mi papá, que ese día tenía cuatro años. Su pueblo, Tularosa, era idílico en aquel entonces. Después de la prueba, luego de que las cenizas radiactivas cubrieran su hogar, siguió su vida como si nada, bebiendo leche fresca y comiendo las frutas y verduras frescas que crecían del suelo contaminado. Para cuando cumplió 64 años, ya había desarrollado tres tipos de cáncer para los que no había presentado factores de riesgo, dos de ellos eran principalmente bucales. Murió a los 71 años». 

Algunos han visto en la película un esfuerzo por justificar la utilización de las armas nucleares después de que, tras la caída del Muro de Berlín, muchos consideraran que debían ser abolidas. La invasión de Ucrania por parte de Rusia ha alejado este espejismo y, al igual que en los años 40, nos encontramos en el umbral de otra revolución tecnológica en la que la inteligencia artificial transformará nuestra forma de vida y, al igual que entonces, no existe todavía al menos un debate serio sobre hacia dónde nos conduce. 

Las amenazas de Putin y el rearme atómico de EEUU y otros países son una llamada de atención a la necesidad de no ser complacientes respecto a convivir con las armas nucleares. Oppenheimer, hombre enigmático y brillante a la vez, al que le gustaban los Martinis con ginebra como cuenta la película, se opuso al final de sus días a continuar con la carrera de armamento con armas más potentes, como la superbomba de hidrógeno, y a favor de que los humanos aprendieran a regular las nuevas tecnologías para integrarlas en una civilización sostenible y humana. La pregunta ahora es si el éxito de la película servirá para modificar conciencias y mejorar nuestro mundo.

Rafael Moreno Izquierdo es periodista, doctor en Relaciones Internacionales y profesor de la Universidad Complutense. Autor de La historia secreta de las bombas de Palomares (Crítica).

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