The Objective
Internacional

Todas las guerras —incluido el ‘No a la guerra’— de la guerra de Irán

Demasiados frentes abiertos sobre las consecuencias del choque y demasiadas cuestiones sin aclarar por EEUU

Todas las guerras —incluido el ‘No a la guerra’— de la guerra de Irán

Ilustración de Alejandra Svriz.

En el conflicto que todo el mundo —excepto Washington— llama guerra de Irán, y que empezó hace casi dos semanas, hay varias guerras. Están la de Israel, la de EEUU, la de los ayatolás, la de los países del Golfo Pérsico y la de Europa, además de las de Rusia y China. Y está la guerra del ‘No a la guerra’ en España, que el Gobierno confía en que le dé buenos resultados en las próximas citas electorales, aunque la realidad de los hechos desmienta la propaganda de Sánchez.

La guerra de Israel. Desde hace dos años y medio, desde la matanza del 7 de octubre de 2023 —la masacre perpetrada por Hamás cerca de la Franja de Gaza en la que el grupo terrorista mató a 1.200 personas, la mayoría civiles, y secuestró a más de 250, además de atacar con miles de cohetes—, el país cambió radicalmente su estrategia y pasó a la ofensiva. A la espera —llegará el momento, y los responsables pagarán— de que debatan sus propios errores previos al 7 de octubre, la respuesta al día más letal para los judíos desde el Holocausto es neutralizar o destruir las capacidades iraníes y dar un golpe mortal a su franquicia libanesa de Hezbolá, como hicieron en la guerra de Gaza con Hamás. Son intereses de supervivencia como nación que no coinciden exactamente con los de EEUU, y eso se empezará a notar más pronto que tarde, porque afecta al ritmo, la duración y el desenlace de la guerra.

La guerra de EEUU. Este capítulo es más complicado. Aparte de la solidaridad de partida con Israel, su mejor aliado en Oriente Medio, los objetivos de Washington son variados, y no necesariamente coherentes. El primero pareció ser el cambio de régimen: tomad el control de vuestro Gobierno, les dijo Trump a los iraníes el 28 de febrero. Pero ninguna dictadura ha caído nunca por bombardeos selectivos, e Irán, por el momento, no es una excepción. Así que después vinieron otros objetivos: «la rendición incondicional» del régimen; la ayuda a las mujeres iraníes; la posibilidad de una salida a la venezolana y la búsqueda —estéril por ahora— de una Delcy Rodríguez con barba y turbante; la destrucción de los arsenales de Teherán; la demolición definitiva de su programa nuclear… El problema es que, si el objetivo no está claro —y la volatilidad de Trump permite todas las variables—, tampoco estará claro qué tipo de guerra es la que hay, ni qué se va a considerar victoria, ni cuánto tiempo hará falta para ello. Es posible que esta vez no ocurra, pero es frecuente que las guerras en las que los objetivos no están claros no acaben bien.

La guerra de los ayatolás. La dictadura que desde hace 47 años castiga a los iraníes no ha parado de equivocarse en los últimos años. Independientemente de que no ha parado tampoco de matar a todo el que quería libertad y democracia en lugar de represión y fanatismo, se ha equivocado con la estrategia de externalizar a sus franquicias en el Líbano, Gaza y Yemen las hostilidades contra Israel. La respuesta israelí al 7 de octubre de 2023 y todo lo que ha ocurrido desde entonces demuestra el error.

Ahora el régimen comete otro no menor: su reacción a los bombardeos. Tiene sentido que lancen misiles y drones contra Israel, al que tratan de borrar literalmente del mapa. Pero otra cosa es apuntar a Chipre -que pertenece a la Unión Europea- y a Turquía -miembro de la OTAN-, además de atacar las bases estadounidenses en Catar, Kuwait. Baréin, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí y Jordania, y la embajada de EEUU en Bagdad. Además, han sido alcanzados objetivos civiles en Azerbaiyán, Baréin, Israel, Kuwait, Omán, Catar, Arabia Saudí y los Emiratos. El objetivo de extender el pánico y forzar el alto el fuego se vuelve en contra. Todos esos países eligen, de grado o por fuerza, lo que consideran un mal menor: con EEUU y contra Irán.

La guerra del Golfo Pérsico. Los países de mayoría suní, agrupados en el Consejo de Cooperación del Golfo y enemigos mortales de Irán y de los grupos chiíes como Hezbolá y los hutíes de Yemen, están encantados —lo digan públicamente o no— de la desestabilización y el destrozo de sus enemigos, los chiíes. La rivalidad entre unos y otros —y esto es fundamental al hablar de esta guerra y de los últimos años en la zona— dio un salto de gigante después de 2020 con el Acuerdo de Abraham, la normalización de relaciones entre Israel y Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Sudán y Marruecos, apadrinada por EEUU, vista con buenos ojos por Arabia Saudí y no protestada por la Liga Árabe. Fue una revolución —el reconocimiento de Israel como un Estado y su derecho a la soberanía— que Irán y los chiíes no perdonaron nunca, y que atacaron desde el principio para que no se extendiera el pacto a otros países o a los palestinos.

La guerra de Europa. Francia, Reino Unido y Alemania, críticos con la intervención, han entendido desde el primer momento que su papel no es estar en contra de EEUU, a pesar de la tensión creciente por los enfrentamientos políticos, comerciales y de seguridad con la Casa Blanca de Trump. El presidente francés, Emmanuel Macron, ha puesto a disposición de los aliados europeos un paraguas nuclear y ha movilizado sus fuerzas para proteger a Chipre —y a quien lo necesite— de los misiles iraníes. Lamentablemente, el conflicto coincide con el gran debate sobre la autonomía europea en materia de seguridad y el cuestionamiento de la OTAN por EEUU, y coincide también con una guerra europea, la de Ucrania. En esta situación, no es de extrañar el nerviosismo que ha llevado al enfrentamiento público entre la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el presidente del Consejo Europeo, António Costa, a propósito de los grandes cambios en el escenario internacional y el papel de Europa. Ha habido matizaciones y rectificaciones, pero las grietas están a la vista.

Las guerras de Rusia y China, en este panorama, son también distintas: desde el burladero, Pekín y Moscú miran sobre todo a Washington, se entretienen con el debate sobre las violaciones del derecho internacional —a ellos les van a contar— y se congratulan sin disimulo de las tensiones entre europeos y estadounidenses. Particular celebración la de Putin, por la caja que está haciendo con la subida del precio del petróleo y por la distracción que hay sobre su fracaso en Ucrania, aunque no puede enfrentarse a Donald Trump si quiere sacar partido al tira y afloja que hay para acabar esa guerra.

Y por fin, el ‘No a la guerra’ de España. Sánchez juega desde hace tiempo a utilizar la política exterior como arma en el juego político nacional. No es el único que lo hace, pero lo hace a fondo. Su apuesta es que enfrentarse con EEUU e Israel movilizará a parte de la sociedad y le reportará ventajas electorales, factor vital con unas perspectivas poco halagüeñas como las que tiene. Que la escalada de enfrentamientos con EEUU tenga probablemente malas consecuencias económicas, políticas y de seguridad a medio plazo no preocupa demasiado a La Moncloa. Las pancartas, la movilización en vísperas de unas elecciones como las de Castilla y León, montajes como el del Foro contra el Odio —ahí sí que este Gobierno puede presumir de expertise y postureos similares ayudan a salir del paso y hablar menos de la corrupción, del tráfico de influencias, de la ausencia de presupuesto y de la colonización de las instituciones.  

¿Cuánto va a durar una guerra en la que hay tantas guerras distintas y, sobre todo, cómo acabará? Si se le pregunta a Donald Trump, depende del día: puede decir que está a punto de acabar —y cuando lo dice, baja el precio del barril de petróleo y suben las bolsas— y a las pocas horas puede hablar de semanas o meses. Pese a la desorganización que muestra su Gobierno y a la aparente ausencia de un plan serio, todavía los sondeos no le son adversos. Pero lo serán, si la guerra empieza a afectar seriamente a los precios del petróleo –está por ver que salga adelante la gran operación internacional de liberar reservas para contener la subida causada por la alta tensión– y a la inflación. Las elecciones legislativas de medio mandato de noviembre son muy importantes, y el electorado que votó a Trump se creyó su compromiso de retirada del mundo. Si las cosas se alargan —y aquí puede estar el choque con Israel— o van mal, puede ocurrir cualquier cosa.

«Las guerras no se juzgan por cómo comienzan, sino por cómo terminan, y por si el país que inició el conflicto sale fortalecido o debilitado cuando finalmente se silencian las armas», escribe en Foreign Affairs Colin H. Kahl, que fue subsecretario de Defensa entre 2021 y 2023. Esta es la gran cuestión que tiene delante Washington. Hasta el momento, lo que hay son demasiadas guerras a la vez, demasiados frentes abiertos sobre las consecuencias actuales y futuras del choque y demasiadas cuestiones sin aclarar por parte de EEUU.

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